¿Qué fue primero, el huevo o el Conejito de Pascua? / Minutas de la sal - LJA Aguascalientes
12/04/2024

Inicia la Semana Santa. El próximo domingo es Pascua. Como en toda festividad cristiana, tras el telón se oculta una festividad pagana. Lo confieso, soy una fiel seguidora del Conejito de Pascua. Lo espero con ansias, a él y a sus regalos. La gente cree que es broma, pero en algo he de creer. Lejos están ya Papá Noel, los Reyes Magos y el ingrato Ratón Pérez, el de los dientes. Pero el Conejito de Pascua perdura.

Así es, cada uno tenemos derecho a elegir cuáles personajes de la infancia seguirán con nosotros, acaso hasta la tumba. Por ello, una de mis dudas existenciales es la de ¿qué fue primero?, ¿el huevo o el Conejo de Pascua? En efecto, mi niñez y la de mis hijos disfrutaron de los huevos de Pascua. Tomaba semanas recolectar los cascarones. El menú de la casa debía incluir más que nunca huevos revueltos, pasteles o capeados. Pero también era momento de desarrollar el intrincado arte de extraer la clara y la yema sin romper el carísimo cascarón. Tras el éxito, los cascarones se lavaban y se reservaban en un lugar a prueba de golpes. Próximo el domingo de Pascua, se sumergían en una solución de agua y colorante vegetal a la que se añadía un chorrito de vinagre que aseguraba el entintado. Ya sobre esos cascarones coloridos, se procedía a pintar cuanto la imaginación y la destreza permitieran.

Además de los huevos, la Pascua pagana está llena de otros iconos: tiernos conejitos, pollitos recién nacidos, chocolates de formas variadas, dulces de azúcar y la gama completa de los llamados colores pastel, siempre asociados con los bebés. Toda esta imaginería tiene algo en común: simboliza el inicio, el nacimiento. No es gratuito; antiguamente esta celebración era la festividad de la primavera. En los pueblos germánicos, era la ocasión de halagar a Ostara, diosa de la primavera. Si se piensa un poco, había mucho que festejar: la gente había sobrevivido al invierno. En todas las culturas, la primavera es la promesa de nuevas cosechas, de un nuevo ciclo vital.

En México, el Conejo de Pascua no es una tradición, tal vez se deba a que no tuvimos una inmigración alemana significativa. En Estados Unidos fueron los alemanes inmigrantes del siglo XVIII quienes introdujeron la festividad de la búsqueda de huevos. Los años subsecuentes la transformaron en lo que es hoy. Aunque parece un festejo completamente trivial, contiene su simbología cristiana: por ejemplo, el huevo simboliza al Cristo que emerge de la tumba hacia su resurrección.

Además, previo a la Semana Santa, el huevo fue un alimento prohibido durante al ayuno ritual cristiano, por lo que se decoraba y pintaba en espera de poder saborearlo otra vez. Así se convertía en objeto de deseo. El acto de decorarlo validaba su nueva calidad de valioso. Era justo en la Pascua cuando el ayuno se levantaba y se podía comer hasta el hartazgo.

Por supuesto que los huevos suelen ser de gallina, pero nadie despreciaría un huevo de chocolate y sólo los elegidos optarían por un huevo de Fabergé. Estas curiosidades toman el nombre de su autor, Peter Carl Fabergé, quien fue un afamado orfebre nacido en Rusia en 1846. En la Pascua de 1883, recibió un encargo especial del mismísimo zar Alejandro III: un huevo de Pascua para regalarle a la zarina. El diseño consistió en un huevo de platino en cuyo interior se encontraba uno de oro más pequeño, y dentro de éste una gallina también de oro. Digamos que era como un juego de matrioskas ahuevadas. El regalo fue tan exitoso que se le encargó la elaboración de un huevo para cada Pascua. Se dice que Fabergé elaboró 69 huevos de metales preciosos, pedrería y esmalte. Los huevos imperiales Fabergé representan distintos estilos artísticos como son el barroco, el rococó, el neoclasicimo y el modernismo.

A veces resulta contradictorio lo que se celebra en una fecha determinada con lo que se hace en realidad. No soy religiosa, pero siempre me ha parecido desconcertante que los devotos se asoleen en la playa para festejar el mayor suceso de su creencia. Igual ocurre con esa fe bellamente distorsionada en los huevos Fabergé. Cierto, los famosos huevos se elaboraban para la Pascua, pero no sé qué tiene que ver el Cristo con esas primorosas redondeces de joyas, oro y demás abalorios inútiles. Tampoco sé qué tiene que ver el festín desmedido de la Pascua con la resurrección del Cristo. Por otra parte, el punto de vista pagano es más cuerdo. Creo que para un niño un huevo colorido o de chocolate puede ser una diversión, pero también es una vía para mostrarle lo vital. Sí, esperar al Conejito de Pascua me recuerda que soy pueril, pero sigo viva y lo agradezco con mucha espiritualidad.

 

 



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