Una historia que me contaron / País de maravillas - LJA Aguascalientes
03/07/2022

Mary, la esposa de mi papá, es secretaria en una secundaria pública. Por motivos que no vienen al caso en este momento, con frecuencia le toca echar un ojo a los alumnos castigados que han sido expulsados del salón. Los castigados suelen ser adolescentes difíciles, los (y las) de peor conducta y calificaciones, más interesados en salir corriendo que en estar en clases (por lo que el castigo de expulsarlos del salón es más bien un premio). Ya se imaginarán ustedes cómo se portan cuando están junto a Mary, esperando turno para que la subdirectora decida su condena. Pues bien: me cuenta Mary que hace un par de semanas estaba ella ocupada en sus cosas cuando un muchachito esperaba entrar con la subdirectora. Estaba más inquieto que la mayoría de los que pasan por ahí y, de tanto retorcerse, no la dejaba concentrarse. Mary se hartó y lo llamó: Ven y siéntate acá. Te voy a leer un cuento.

El adolescente, imagino que de unos trece, catorce años, obedeció con más resignación que interés, y Mary sacó del cajón de su buró el libro que estaba leyendo: una antología de cuentos de Amparo Dávila. Leyó “Alta cocina” y, cuando terminó, le preguntó al chavillo si había entendido. , dijo él, aunque en su cara se veía que no era cierto. A ver, ¿qué estaba cocinando la mujer del cuento?, le insistió. Gatos, respondió el chico, luego de pensarlo un poco. ¿Cómo que gatos? Si dice “Escondidos entre las hojas, adheridos a los tallos, o entre la hierba húmeda”, le insistió Mary. Ah, entonces no sé… dijo él, y me cuenta Mary que en los ojos se le notaba el miedo a que lo regañaran o le pusieran un cero. Son caracoles. O gremlins. O gatos de hada, chiquititos, que crecen entre los tallos, intervino otra niña que estaba esperando castigo y que, por lo visto, había escuchado el cuento con atención. No, son chapulines, dijo otro castigado más, y añadió: Allá en mi tierra así los preparan. Al poco rato, los cuatro o cinco castigados del día discutían qué podrían ser los animales del cuento y si realmente eran seres que chillaban o si todo estaba en la cabeza de la protagonista: ella cree que chillan porque tiene remordimientos de comérselos, dijo alguno. La subdirectora se asomó de su oficina y les pidió que guardaran silencio.

Léanos más, pidió la niña de los gatos de hada, y Mary se acordó que traía en su bolsa Bitch doll, de Orfa Alarcón, que días antes me había secuestrado y que estaba leyéndole en voz alta a mi papá en los trayectos que hacen en auto. A ver, calladitos y atentos. Les voy a leer de este libro, miren. Los chavos quedaron encantados con la portada y más cuando les dejó ver que también traía ilustraciones con esa muñeca ¡que parece muñeca de verdad!, según pudo expresar alguno de ellos. Me cuenta Mary que leyó el primer capítulo y un poco más, y que cuando llamó la subdirectora a uno de ellos, él bromeó: le voy a decir a la sub que me regañe rápido para no perderme lo que sigue. Mejor aquí le paramos, que ya me duele la garganta, dijo Mary. La niña de los gatos de hada y otro chico apuntaron el título del libro y dijeron que iban a pedirle a sus papás que se los compraran. Yo les voy a decir que es tarea de español, bromeó, risueña, la niña (que por lo visto es una bala). El muchachito que originó todo no dijo nada más y Mary se quedó con la duda de si le habría entrado por una oreja y salido por la otra. Al menos se estuvo en paz, pensó Mary. Lo que no esperaba es que, la siguiente semana, el muchachito volviera a entrar a su oficina. Ay, contigo. ¿Otra vez te sacaron del salón?, le preguntó Mary. No, estamos en descanso, le respondió él. ¿Y qué te trae por aquí? ¿Quieres hablar con la subdirectora? El muchacho dudaba pero al fin se animó. No, vine a pedirle que me lea lo que sigue en el libro de la muñeca. A cada rato estoy piense y piense en eso, ¡ándele, léame más! Mary y mi papá ya habían terminado de leer Bitch doll, así que no lo llevaba (de hecho, ya me lo había devuelto). ¿Y no trae otro así de bueno? ¿O no me lo puede prestar luego?, insistió el muchacho. Quedaron en que sí, que Mary lo llevará de vuelta cuando yo lo termine y le dará chance de leerlo en los recreos. Lo más bonito, me cuenta Mary, fue lo que le dijo entonces el muchacho: Yo no sabía que en los libros podían pasar cosas tan chidas. Lo más triste, su frase final: La maestra de español nomás nos pone a leer cosas que ni entendemos y se enoja si le pedimos que nos explique. Da para pensar, ¿no? (Y, claro, la conclusión es que hay que leer Bitch doll: logra interesar desde señores jubilados, como mi papá, hasta adolescentes no lectores, como este chico).

 

Encuentras a Raquel en twitter: @raxxie_ y en su sitio web: www.raxxie.com

 

Foto: Roberto Guerra


Show Full Content
Previous Realizarán tercera subasta de arte contemporáneo a beneficio del DIF estatal
Next Para acordarse de abril / Cocina Política
Close

NEXT STORY

Close

Panteras de Aguascalientes vs Soles promete mucho  

15/10/2019
Close