A lomo de palabra / Aquellos mexicanos II - LJA Aguascalientes
30/06/2022

Hace algunos meses dejé escrita en estas páginas una proposición que se autodemuestra: los mexicanos somos proclives a andar por la vida sentenciando cómo somos los mexicanos. Sigo pensando lo mismo; pruebas sobran: además de la propia, recordemos una muestra reciente: hace dos años, quien fuera secretario de Relaciones Exteriores de Fox, Jorge G. Castañeda, publicó ¿Mañana o pasado? El misterio de los mexicanos (Santillana). En su libro, el excanciller aventura algunas reflexiones para tratar de encuadrar el carácter nacional, concepto que formula como “el paquete de rasgos culturales, prácticas y tradiciones que comparten la mayor parte del tiempo la mayoría de los mexicanos, y que distinguen a México de las demás sociedades que, a su vez, se diferencian de México por sus rasgos y prácticas particulares”. Una definición operativa para un concepto que, además, Castañeda tiene el cuidado de diferenciar de otro con el que suele confundirse: “la identidad nacional… define la nación ante sí misma, de modo ontológico, histórico y con miras fundacionales: la identidad de una nación es lo que la hace como tal. El carácter nacional, por su parte, tiene que ver con cómo una sociedad se concibe a sí misma, y como es concebida por otros”. Castañeda subraya algunos de los rasgos que hoy día, según él, perfilan el carácter nacional de los mexicanos: individualismo, hipocresía, miedo al extranjero y corrupción.

Castañeda no es el primero que intenta bosquejar el carácter de la mayoría de los mexicanos, de hecho, ¿Mañana o pasado? abreva del trabajo de otros estudiosos del tema como Samuel Ramos (El perfil del hombre y la cultura en México, 1934), Octavio Paz (El laberinto de la soledad,1950), Jorge Portilla (Fenomenología del relajo, 1966), y más recientemente Roger Bartra, quienes tampoco partieron de cero -sin pretender ser exhaustivos, recordemos tan sólo los apuntes sobre “el carácter del mexicano y sus virtudes” que el doctor Mora publicó en 1836 (México y sus revoluciones).

Hace ya poco más de 230 años, en su Historia Antigua de México, Francisco Xavier Clavigero, después de describir la apariencia y condición física de los mexicanos, se esmeró en bosquejar su retrato moral. Valga recordar que el jesuita no pretendía pintarse a sí mismo, mexicano autodefinido, sino a los naturales, a la mayoría de la población de la Nueva España, los indígenas. Primero, el criollo veracruzano se ve obligado a desmentir la inconmensurable sandez que por entonces en Europa más de uno esgrimía, nada menos que poner en duda o de plano negar la condición humana de los americanos: “Sus almas son radicalmente y en todo semejantes a la de los hijos de Adán, y dotados de las mismas facultades”. Y como prueba de su dicho acude a la historia, a la misma contundencia de la civilización que sorprendió a Cortés: “El estado de cultura en que los españoles hallaron a los mexicanos, excede en gran manera al de los mismos españoles, cuando fueron conocidos por los griegos, los romanos, los galos, los germanos y los bretones.” Establecido que los indios “son, como todos los hombres”, según Clavigero, ¿cómo eran aquellos mexicanos?

  • Susceptibles de pasiones; pero estas no obran en ellos con el mismo ímpetu, ni con el mismo furor que en otros pueblos. No se ven comúnmente en los mexicanos arrebatos de cólera, ni aquel frenesí de amor, tan comunes en otros países.
  • Lentos en sus operaciones, y tienen una paciencia increíble.
  • Sufren con resignación los males y las injurias, y son muy agradecidos a los beneficio.
  • La desconfianza habitual en que viven con respecto a todos los que no son de su nación los induce muchas veces a la mentira y a la perfidia.
  • Naturalmente serios, taciturnos y severos.
  • Más inclinados a castigar los delitos, que a recompensar las buenas acciones.
  • La generosidad y el desprendimiento de toda mira personal son atributos principales de su carácter. El oro no tiene para ellos el atractivo que para otras naciones.
  • Esta indiferencia por los intereses pecuniarios, y el poco afecto con que miran a los que gobiernan los hacen rehusarse a los trabajos a que los obligan, y he aquí la exagerada pereza de los americanos. Sin embargo, no hay en aquel país gente que se afane más.
  • El respeto de los hijos a los padres, y el de los jóvenes a los ancianos, son innatos en aquella nación.
  • Es común, si no ya general en los hombres, ser menos aficionados a sus mujeres propias que a las ajenas.
  • Avanza intrépidamente a los peligros que proceden de causas naturales, mas basta para intimidarlos la mirada severa de un español.
  • Su particular apego a las prácticas externas a la religión degenera fácilmente en superstición.
  • Esa estúpida indiferencia a la muerte y a la eternidad que algunos autores atribuyen generalmente a los americanos, conviene tan sólo a los que por su rudeza y falta de instrucción no tienen aún idea del juicio divino.

Ya casi para terminar, Clavigero expresa un apunte optimista, típico de la ilustración criolla: “en el carácter de los mexicanos, como en el de cualquier nación, hay elementos buenos y malos, mas estos podrían fácilmente corregirse con la educación”. Y por último, la nostalgia y la mitificación del pasado prehispánico que desde entonces alimentaría al patriotismo criollo y luego al nacionalismo mexicano: “en los ánimos de los antiguos indios había más fuego, y hacían más impresión las ideas de honor. Eran más intrépidos, más ágiles, más industriosos y más activos que los modernos”.

@gcastroibarra


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