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miércoles, febrero 4, 2026

Agridulce / Minutas de la sal

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Anda, ve, sal, súbete al coche, a la bici o al transporte, o súbete a tus piernas y camina hasta llegar a ese hotel. No te amedrentes, entra como si nada, como si estuvieras en tu hábitat familiar. Paga, toma la llave y busca de reojo el número de cuarto que te han asignado. Si escuchas un rechinido de llantas, no mires; si escuchas un grito, sigue por el pasillo como si nada, como si fueras un tabique más de esos muros que todo lo esconden y todo lo callan.

Portada libro

Entra, siéntate. Si ves grillos o cucarachas, ignóralos, no los pises. No toques los plásticos sanguinolentos ni des de beber a los niños. Sólo sientate y pide Servicio al cuarto. Y recuerda: si el calentador está descompuesto, no pidas que lo arreglen hasta que termines de leer el libro.

Sí, léelo, hasta el final, porque sólo entonces podrás entender mi amor por los agridulces. Esos platillos que flotan en salsas abrillantadas tan parecidas al caramelo que escurre de los moldes de flan. Ese sabor que semeja el umbral entre dos mundos: toda la tristeza y toda la alegría en un bocado. Eros y Thanatos en una misma porción.

Libros van y libros vienen. Algunos llegan por azar. No conozco a Juan Gerardo Aguilar. Leí uno de sus cuentos en un especial de Tierra Adentro sobre equidad. Y me animé a escribirle, porque me parecía raro que aquel cuento existiera en solitario, porque esperaba que hubiera otros cuentos para leer de este autor. Ahora tengo su libro, Servicio al cuarto, publicado por Pictographia Editorial con apoyo de INBA y Conaculta.

Seré honesta, en cuanto a la literatura soy más del cómo y menos del qué. No me basta que un cuento tenga una gran historia, que en ella rueden cabezas y escurran vísceras, que los protagonistas mueran o sean devorados por monstruos o que reluzcan las palabras puta, verga, cabrón. Lo dicho, aprecio el cómo, a tal grado que me bastaría que alguien escribiera la historia de un champiñón, estático y ocioso, pero con maestría, con el dominio de las palabras. Aguilar ofrece ambas, el qué y un cómo atesorable.

Ya se ha dicho, el cuento literario no es sólo una historia bien contada, exije contener niveles de lectura. Todo aquello que flota entre líneas es lo que lo hace hermoso, único e inolvidable. Servicio al cuarto me ha ofrecido eso en su menú, y vale la pena que otros lectores lo descubran, disfruten y saboreen.

Éste es un libro agridulce. No esconde la acidez de la realidad, acaricia a ratos ese género que llaman realismo sucio. Pero permite, por alto contraste, detectar la dulzura: no el dulzor de lo cursi, de la falsa esperanza o de los finales felices a lo Hollywood, sino el azúcar contenida en lo puro, en este caso el de la pureza de lo humano. Hoy más que nunca, en este mundo y en este país, tenemos que aprender a vislumbrar esa pureza. Ya no se trata de buscar el cliché de la bondad, porque no es cierto aquello de que el bien triunfa sobre el mal. Pero esa partícula de humanidad sí perdura y trasciende; acaso sea lo que ha permitido que la historia de la humanidad continúe a pesar de sus grandes catástrofes: la peste, el diluvio, las guerras, el holocausto, nuestra narco-guerra.

Este libro es un hotel donde se hospedan el dolor, la muerte, la pérdida, la tristeza, en fin, la tragedia en su ascepción original. He cerrado los ojos ante la acidez de sus renglones sólo para descubrir, entre líneas, ese otro sabor que se magnifica gracias a la voz narrativa de Aguilar.

Para los ojos acostumbrados a ver la devastación y que optan por mirar a otro lado con facilidad, como anestesiados por un sueño llamado realidad, este libro ofrece la posibilidad de aprender, o reaprender, a visualizar las pavezas. No se trata del gran fuego purificador que todo lo destruye para permitir un nuevo escenario, una tranformación. Lo dicho, son letras iluminadas por pavezas en las que se revalora el cómo y en las que se aprende a leer de otra forma el qué. Sin más, dejo abierta la invitación en busca de otros lectores cómplices.

Anda, ve, sal, lleva contigo los datos del autor y una cita del libro. Lee, busca, saborea los agridulces:

“Los únicos fantasmas que conocía eran los que habitaban como recuerdos en su cabeza, como su mamá y Micaela. Aquellos rostros con nombre y apellido, siempre ausentes, los mismos personajes que bailaban con sus tristezas y angustias. Aquí supo que la peor aparición era la de uno mismo, pero a ese espectro ya le había perdido el miedo.”

Juan Gerardo Aguilar (Zacatecas, 1977) es autor del volumen de cuentos El refugio del hurón. Publicó relatos, ensayos, reseñas y crónicas en Cine Premiere, Replicante, Tierra Adentro, La Cabeza del Moro y Ficticia. Servicio al cuarto es su segundo libro de relatos.

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