12/07/2020


La flexibilidad de su lenguaje ha permitido que la naturaleza del jazz sea como el agua, que toma la forma del recipiente que la contiene; cuando nos encontramos ante una propuesta musical que por sus características nos cuesta trabajo identificar o acomodar en algún contexto musical y obedeciendo a nuestra natural tendencia a clasificar todo, a ponerle nombre a todo, nos contentamos con decir que es jazz, y así, de esa forma tan simple y de tan dudosa credibilidad, solucionamos el problema. Y es que me queda claro, seguramente también a ti, amable y paciente invitado a este Banquete, que no todo, por ser de difícil descripción, tiene por qué ser invariablemente jazz.

Cierto es que el jazz, y en esto creo que todos estaremos de acuerdo, es el lenguaje musical más ecléctico que conocemos. Su impresionante elasticidad le permite abarcar una gran porción de la música, cobija con su paternal manto protector casi cualquier expresión musical que haya cometido el atrevimiento de hacerlo un guiño al jazz: los dulzones crooners de los 50’s, el reggae, el rock, con todo lo elástico que también resulta su naturaleza, la salsa que ha sabido adaptarse a las condiciones y exigencias del jazz, porque aun con su flexibilidad, tiene sus reglas perfectamente claras y bien cimentadas. La música clásica ha encontrado en el jazz uno de sus mejores pretextos para justificar dignamente su contemporaneidad. El folclor de diferentes y muy distantes geografías ha encontrado en el jazz el terreno fértil para poder ampliar y hacer más variable su contexto original.

La música clásica y el jazz siempre han sido muy cercanos, aunque en este caso es el jazz quien ha coqueteado, primero tímidamente, después de manera más descarada, con la gran música de concierto. Son muchos los músicos de jazz que han abordado el repertorio de los grandes maestros de la música, por ejemplo, Keith Jarret ejecutó solventemente las Suites Francesas, las Variaciones Goldberg o los Libros I y II del Clavecín Bien Temperado de Johann Sebastián Bach, o los 24 Preludios y Fugas para Piano de Dimitri Shostakovich. Chick Corea también se ha metido en estas delicadezas musicales en algunas de sus más dignas páginas como pianista. Wynton Marsalis es un virtuoso tanto en el jazz como en el repertorio clásico. Pero hay una grabación que merece mención honorífica en estos deliciosos atrevimientos en donde su majestad la música se desprende de todas las etiquetas o de cualquier intento por limitar la creatividad por esa extraña tendencia de ponerle nombre a todo, es un disco al que ya anteriormente le hemos dedicado un Banquete por lo generoso de su propuesta musical, me refiero al inconmensurable “Bitches Brew” de Miles Davis de 1969, aquí se reúnen, por convocatoria de Davis, un verdadero ejército de músicos que sólo de ver los créditos no dudaríamos en pensar que es jazz, sin embargo lo que hacen en este álbum, no permite, en modo alguno, estar sujeto a las limitantes de una etiqueta musical.

Otros músicos como Jean Pierre Rampal o Claude Bolling están ahí flotando delicadamente entre los caprichosos límites impuestos a la música. Los horizontes del jazz están, parafraseando a Nietzsche, “más allá del Bien y del Mal”, pero a pesar de esa complacencia, a pesar de todo lo flexible que es el jazz, es muy riesgoso, sobre todo si queremos ser fieles a los diferentes lenguajes musicales, decir que es jazz todo aquello que no entendemos o nos cuesta trabajo ubicar.

El rock también ha pisado atrevidamente las fronteras con el jazz, las afortunadas asociaciones de los guitarristas John Mc Laughlin y Carlos Santana como lo vemos en el disco “Friendship” son de un valor incuestionable, o Phil Collins, el ligero, endulzado y domesticado Collins, ese mismo integrado a Brand X haciendo un jazz de finos acabados. O Jeff Beck, una de las referencias obligadas del rock con un par de excelentes discos de jazz. Pero bueno, aquí todo está claro, son simplemente músicos de rock tocando jazz, mejor te propongo que fijemos nuestra atención en otras propuestas musicales, esas que de repente nos dejan pensando ¿qué es esto? Por ejemplo, todos los discos del California Guitar Trío, la música que nos propone el violinista Nigel Kennedy, por ejemplo, en su disco “The Kennedy Experience” , un extraordinario tributo a la música de Jimi Hendrix, o los discos de Flairk, esos holandeses que transitan en diferentes lenguajes musicales con la única consigna de hacer música estrictamente acústica. De ese mismo grupo destaca la participación solista del guitarrista Erik Visser que no hace mucho tocó en Aguascalientes en una de las Ferias del Libro.

También te pongo por ejemplo los trabajos musicales de Salif Keita o el brasileño Yamandú Costa o Asif Alí Khen de Pakistán, Mahmoud Ahmed de Etiopía, en fin, no me quiero meter en listas interminables, pero créeme, amigo melómano, me he encontrado con personas que afirman, sin complejos, que todo esto que te mencioné líneas arriba es jazz, finalmente dime tú, invitado semanalmente a degustar de este Banquete, ¿qué necesidad o mejor, qué necedad tenemos de ponerle nombre a todo lo que escuchamos? Aunque sí, es verdad, el jazz no muere, sólo se transforma y evidentemente, todo cabe en un buen jazz sabiéndolo acomodar.

A manera de apéndice, quiero retomar unas líneas escritas por el musicólogo mexicano Juan Arturo Brennan publicadas en La Jornada el pasado 3 de mayo: “Conocer y amar mucho al jazz no garantiza tener las herramientas de comunicación necesarias para difundirlo adecuadamente. Difícil tarea, sin duda, en un país en el que, literalmente, a cualquier imbécil le dan un micrófono y un espacio en la radio y/o en la televisión”. Hasta aquí la cita del maestro Brennan, cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia, sobre todo aquí, en Aguascalientes.

rodolfo_popoca@hotmail.com

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