El extraño caso de los niños invisibles en los restaurantes (primera parte) / País de maravillas - LJA Aguascalientes
28/06/2022

A veces pasa que salgo a desayunar a un restaurante un domingo y llega una familia con niños. Cuando sucede, no puedo evitar echar un oído a lo que platican, básicamente porque me gusta escuchar cómo hablan los niños, cómo se relacionan con el mundo que los rodea. Con frecuencia, mi interés se extingue rápido porque los niños suelen estar conectados a un ipad o un celular con jueguitos, demostrando su aburrimiento o hartazgo o peleando entre ellos, mientras los adultos en la mesa tratan de continuar su conversación como si los niños fueran invisibles o si tuvieran el mismo estatus que las moscas: una molestia a la que hay que espantar distraídamente con una mano (en el caso de las moscas) o un Ya estáte quieto (en el caso de los niños). Obviamente, en esos casos, ni la mosca se va ni el niño se está quieto.

En mi experiencia, las peores son cuando va un papá solo con la chamacada. La mayor parte de las veces que me ha tocado ver esto, el señor no parece tener idea de qué le gusta comer a sus hijos, de qué les gusta hablar, qué quieren hacer. En ocasiones parecen no saber ni sus nombres. Eso sí: miran el reloj cada cinco minutos, como si la experiencia fuera horrenda, o se clavan en su celular o en el periódico. Una vez me tocó ver a un papá que iba al buffet incesantemente y se tardaba cerca de diez minutos en cada visita a la barra, como si tratara de estar lejos de los niños el mayor tiempo posible. Mientras, uno de los niños (de unos cuatro años) tomó un cuchillo de la mesa y le dijo al otro (de unos siete): te voy a matar. No pude seguir en mi actitud objetiva de quien mira el documental de Vida salvaje y le pedí a una mesera que le quitara el cuchillo y que le sugiriera al papá no dejarlos solos (¿por qué no llevarlos al buffet o pedir ayuda a un mesero o de plano pedir a la carta?, me pregunté). A él no le dije nada directamente porque los papás suelen ser muy sensibles ante lo que consideran crítica de su arte paternal y porque, además, soy del tipo tímido. Pero me daba terror que el chavito le sacara un ojo al hermano, o algo.

Pero el problema no es cuestión de género: en otra ocasión me tocó ver a una mamá también con dos niños, uno de alrededor de dos años y otro de unos seis. El mayor jugaba con un avioncito. El otro tenía un avioncito también, pero obviamente no estaba en edad de manipularlo satisfactoriamente, así que no le encontraba el chiste. El pequeño decidió que el problema era que su avión estaba defectuoso y que el de su hermano no, así que hizo un berrinche de antología para pedir que le dieran el avión de su hermano. La mamá -que hasta ese momento supe que era la mamá porque antes había estado a medio metro de distancia de los niños mirando en cualquier dirección menos en la de ellos- le quitó el avión al niño grande y se lo dio al chico. Obviamente, el niño mayor se volvió un surtidor de lágrimas, el avión se volvió defectuoso por arte de magia y el chico volvió a su berrinche en cuanto descubrió que el reemplazo no había dado resultado. Minutos después, el niño grande dejó de llorar (sin que nadie le explicara nada ni lo consolara) y se puso a jugar con un carrito que traía en el bolsillo. Adivinen qué pasó. Sí, el niño pequeño exigió el carrito y la mamá volvió a despojar sin explicación a su hijo grande, para que nuevamente terminaran ambos niños insatisfechos.

Lo que me pareció tristísimo es que si ella hubiera dedicado dos minutos a ver lo que estaba pasando realmente, habría podido solucionarlo sin causarle tanto dolor a su hijo mayor y tanta frustración al chico (que además pinta que va que vuela a ser un tiranito).

No estoy juzgando a esos papás. Estoy describiendo lo que me ha tocado ver desde la mesa de junto. Yo puedo entender que un papá o una mamá que va en domingo a un restaurante con dos o tres peques (una vez me tocó ver un señor con cinco niños de entre tres y diez años) debe tener un nivel de estrés altísimo. Porque los niños y las niñas son inquietos, quieren atención y se aburren fácilmente de estar sentados. Porque, en muchos casos, el que no vayan los dos papás significa que hay una enfermedad o un divorcio o algún otro problema de por medio (y, como les digo, que vayan ambos papás y más adultos no es garantía de mejor trato). Pero, ¿será que ignorar a los huerquillos es la mejor estrategia?

Se me terminó el espacio, pero la próxima semana les platicaré algo que me emocionó mucho con respecto al tema.

Encuentras a Raquel en twitter: @raxxie_ y en su sitio web: www.raxxie.com     



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