El vínculo de una sólida fraternidad: Los amigos de Ramón López Velarde - LJA Aguascalientes
19/06/2022

 

Vivimos la misma vida incalculable, rabiosa, demoniaca,

y, por el aspecto contrario, leve como un giro de mariposa

y llena de episodios cristalinos.

Ramón López Velarde, carta a Pedro de Alba (26 de abril de 1916)

Junio nuevamente y nuevamente Ramón López Velarde. Como cada año, mi ritual se renueva y continúo el homenaje que comencé hace algunos años: releer a Ramón López Velarde porque sé que siempre hay descubrimientos.

Uno de los aspectos, más allá de los literarios, que disfruto de manera particular es la relación de Ramón López Velarde con sus amigos, los primeros, los constantes. Cuando vivió en Aguascalientes entabló relación, entre otros, con Pedro de Alba y Enrique Fernández Ledesma, relación que perduró hasta la muerte del jerezano. López Velarde dejó testimonio de esa amistad en poemas dedicados o en prosas que exponen la relación; asimismo, De Alba y Fernández Ledesma escribieron a su vez textos sobre el amigo y sobre el poeta. Según los relatos y las descripciones, los tres, aunque de alguna manera coincidían, eran lo suficientemente diferentes como para complementarse: Pedro de Alba, según sus propias palabras recogidas en el libro Niñez y juventud provincianas, recién llegado a la ciudad, procedente de Lagos de Moreno, Jalisco, se presentó en el Instituto de Ciencias de Aguascalientes “vestido de blusa, usando zapatos de orejas y resorte y sombrero de palma”. Fernández Ledesma, el “mejor vestido de la clase”, era el opuesto al extremo: vestimenta y modales al estilo de la más pura bohemia francesa; y Ramón López Velarde, formal y mesurado, todavía con cierto olor a crisantemo y sacristía. Cuando el jerezano ingresó al instituto, la amistad entre De Alba y Fernández Ledesma estaba afianzada, y a él no le costó trabajo integrarse. Podemos imaginar la transformación de los tres compañeros en estos años de búsqueda y descubrimiento, la mimesis inevitable por la convivencia diaria y el aprendizaje lejos de las aulas, donde el “eje del cotarro” era Enrique Fernández Ledesma.

López Velarde le dedicó a Pedro de Alba “Pobrecilla sonámbula…” del libro La sangre devota, y a Enrique Fernández Ledesma, “Viaje al terruño” publicado en el mismo libro, e “Introito”, del libro Zozobra. Y las dedicatorias se justifican por sí mismas: Fernández Ledesma y López Velarde compartían la misma cuna, el mismo “terruño”, ambos eran oriundos de Zacatecas, el primero de Pinos y el otro de Jerez, como es bien sabido; asimismo, “Introito”, como su nombre lo indica, tiene como propósito introducir al único libro de poesía de Fernández Ledesma, Con la sed en los labios. Por otro lado, Pedro de Alba se convirtió, a través de los años, en el confidente más íntimo, con quien el poeta podía hablar “a sus anchas”. En una carta fechada en México, el 26 de abril de 1916, López Velarde le expresa: “¿Recuerda, doctor, el número de identidades que nos hemos descubierto en pláticas de confidencias? Una sólida fraternidad nos vincula…” Y este número de identidades que ambos se descubrían y compartían tiene referencia, en la mayoría de los casos, con lo relacionado al amor y las mujeres. José Luis Martínez afirma que Pedro de Alba fue su amigo más cercano y éste le dedicó mucho tiempo y letras a dicha relación, y a los amores que en las interminables charlas nocturnas, López Velarde le confiaba. De Alba publicó, en 1961, el texto “Las mujeres y los amigos de López Velarde”, en el que rememora estas conversaciones y puntualiza en una que otra mujer que despertaba en el poeta tanto la pasión desmedida como el más puro amor virginal, dualidades que están de manifiesto en toda su obra. Lo más seguro es que De Alba conociera a la “pobrecilla sonámbula” del poema dedicado.

Además de estos textos, Ramón López Velarde publicó en la revista Vida Moderna, en 1916, un texto de crítica literaria sobre la poesía de Fernández Ledesma, que además de halagar a su paisano y enaltecer su obra, expresa su propia concepción del arte: la exposición de “lo mexicano”, lo auténtico, lo criollo, la “médula graciosa del país”. Concepción que será una constante al hablar de otros artistas: Manuel M. Ponce y Saturnino Herrán. Del músico no hay mucho qué decir: lo usa de pretexto para escribir “Melodía criolla” y abordar la misma preocupación, la del criollismo en el arte. Lo menciona en alguno que otro texto, haciendo referencia al artista consolidado que ha viajado al extranjero y al que admiran estos jóvenes principiantes. Nada más, ni fue su amigo y es poco probable que coincidieran en Aguascalientes, pues en primera instancia está la diferencia de edad y en segundo término, cuando Ramón López Velarde comenzaba a “buscar el metal de su propia voz”, Manuel M. Ponce ya lo había encontrado. Pero quien sí merece un sitio especial y exclusivo es Saturnino Herrán. Como dice Marco Antonio Campos, Herrán fue “el hermano del alma” del poeta, pero su amistad no nació en Aguascalientes sino en la Ciudad de México, pues cuando López Velarde se estableció en esta ciudad, el pintor ya se encontraba viviendo en la capital del país. Así pues, alrededor de 1912, surgió este vínculo inquebrantable, una fraternidad cuyos lazos se fortalecieron por las coincidencias y la complicidad, por el arte y la pasión, por las mujeres. Pareciera que poeta y pintor convivieran en espejo, pues no se puede disociar la obra de Ramón López Velarde de la de Saturnino Herrán y viceversa. Ambos coincidieron en esa Patria íntima, propia, modesta y preciosa, que proyectaron en su propio lenguaje, el poético y el pictórico.


Tres textos expresan el cariño y la preferencia de López Velarde por el pintor, los tres incluidos en El Minutero, “El cofrade de San Miguel”, en donde hace referencia al cuadro del mismo nombre que conmovió simbólicamente al poeta; “Las santas mujeres”, sobre aquéllas que acompañaron al pintor en sus últimos instantes de vida, aquéllas que “volcaron santidad sobre el poderoso pintor”; y “Oración fúnebre” donde reflexiona, testimonialmente, el legado artístico de Herrán, una evocación al amigo ausente sin “el hálito de tumba”, antes bien a “la respiración voluptuosa de la juventud que reverbera”. Asimismo, en el libro Zozobra se encuentra “El minuto cobarde”, poema que le dedica al pintor, al hermano. La fuerza del texto radica en las complejas pasiones contrapuestas, la lucha constante entre alma y carne, inocencia y conocimiento, conflicto que se proyecta en toda su obra. La búsqueda de las emociones y sentimientos que claman a la parroquia, “al ave moderada, a la flor quieta y a las aguas vivas” pero que provienen desde lo más profundo de sus “intensidades corrosivas”. Un poema de nostalgia y melancolía, poema de la imposibilidad de recuperar las cosas simples que “hacen bien”. Y es que, como acertadamente afirma López Velarde en su carta a Pedro de Alba de 1916, en general sus amigos eran hombres de una sola pieza, “sin contradicciones amargas, sin anatomía absurda”, lo que implícitamente indica que Herrán, De Alba y López Velarde sí son individuos de “contradicciones amargas” y de “anatomía absurda”.

Ramón López Velarde siempre estuvo rodeado de amigos inteligentes e ingeniosos, y siempre tuvo el acierto de agradecer y celebrar su amistad, empleando el recurso de la palabra, tanto en poesía como en prosa. Con los amigos descubrió y forjó su camino, con ellos compartió la “misma vida incalculable”, llena de luz, llena de sombra.


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