Opinión

Sobre Cerebro y libertad, de Roger Bartra

Con Cerebro y libertad. Ensayo sobre la moral, el juego y el determinismo, su libro más reciente, Roger Bartra da un salto a la neurociencia -como hizo antes con Antropología del cerebro. La conciencia y los sistemas simbólicos-, del mismo modo que saltó en libros previos de la arqueología a la etnología y después de la etnología a la antropología social. Con esta obra, publicada en el 2013, Roger Bartra busca tender puentes entre las ciencias duras o exactas y las ciencias sociales, adentrándose en la influencia de las redes neuronales y sus consecuencias en la libertad y las relaciones humanas. Durante la presentación de su libro en la Librería Rosario Castellanos, el 15 de agosto de 2013, dijo: Siempre hemos visto una constante lucha por la libertad, históricamente se han realizado esfuerzos, luchas y hasta guerras en su nombre. ¿Pero qué es la libertad realmente? ¿Hasta dónde podemos hacer uso de ella? ¿Nuestra libertad es una ilusión? ¿Y si realmente no somos libres, qué consecuencias puede tener para la organización social, con relación a los premios y castigos con que a veces se puede controlar el comportamiento humano?

Cerebro y libertad comienza con la gran pregunta: ¿Existe el libre albedrío? Para responder este cuestionamiento Roger Bartra navega en una red de pensamientos y reflexiones. Parte de una discusión entre Einstein y el místico hindú Rabindranath Tagore para adentrarse en una controversia sobre el determinismo y nuestra libre capacidad de decisión. “El gran místico hindú se empeñaba en encontrar en el universo un espacio para la libertad, y creía que el azar a nivel infinitesimal, descubierto por los físicos, muestra que la existencia no está predeterminada”. Einstein, por su parte, sostenía lo contrario: “Aun los elementos más pequeños guardan un orden”. El libre albedrío, entonces, es quizá sólo una ilusión. Es tal vez simplemente el producto de nuestros procesos neuronales que vuelven a la libertad una mera sensación. ¿Es en el cerebro donde se crean cadenas causales en las que habría una conexión entre nuestros pensamientos y nuestras acciones? La conciencia misma entonces sería producto de ese espejismo, así como estas palabras y su lectura. En un ensayo publicado en el 2011 en la revista Letras Libres, Roger Bartra ya habla sobre eso. Como hace en Cerebro y libertad, explora la idea de que el libre albedrío es una construcción del cerebro, llevando el determinismo a una fase neuronal rescatando la opinión del psicólogo Daniel Wegner, que falleció en el 2013: “Cuando aplicamos explicaciones mentales a nuestros mecanismos causales, caemos presas de la impresión de que nuestra voluntad consciente es la causa de nuestras acción”. Para afirmar esto, Wegner, que escribió el libro The illusion of conscious will [La ilusión de la voluntad consciente], recurre a su vez a las ideas del filósofo Baruch Spinoza: “Los hombres se equivocan en cuanto piensan que son libres; y ésta sólo consiste en que son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causas por las que son determinados. Su idea de la libertad es, pues, ésta: que no conocen causa alguna de sus acciones”. ¿Qué repercusión tiene esto a nivel social? La suma de acontecimientos es producto de todo lo anterior. Roger Bartra entonces se hace una pregunta: ¿por qué los actos conscientes serían una excepción? Tenemos dominio de la razón o estamos dominados por ella. Estamos conscientes o perdidos en la conciencia. Todo está construido por el hombre con base en un principio determinado por otro más. Es entonces cuando nos acercamos al abismo de la paradoja. La evolución del hombre es producto quizá de las condiciones a las que se ha enfrentado a lo largo de la historia, aunque quizá también las condiciones históricas se han sido provocadas por la razón. La cultura es entonces un resultado de la biología.

Sobre esto último, Roger Bartra explora el pensamiento del filósofo John Searle, que es reconocido como uno de los más influyentes en la filosofía de la mente. “Tiene toda la razón, dice, en afirmar que no hay una oposición entre biología y cultura, como tampoco la hay entre cuerpo y mente. Pero se equivoca cuando concluye que la cultura es la forma que adopta la biología”. Una nueva manifestación del reduccionismo que podría encerrar a la libertad en el cerebro. ¿Pero qué sucede con todos los elementos que forman al hombre? Hay que tomar en cuenta también todo aquello que influye a la mente misma, factores externos. Aunque para eso se debe tener conciencia de ellos, del ser. Para esto, Bartra pide ampliar la conciencia y entenderla como un conjunto de redes cerebrales y exocerebrales. “Con eso, dice, podemos descubrir facetas y procesos que una visión estrecha es incapaz de entender”.

En Cerebro y libertad, Roger Bartra aborda también los temas de la moral y del juego. En una entrevista que dio a La Jornada, que se publicó el 5 de septiembre de 2013, explica claramente su acercamiento al tema de la moralidad. “Me interesó el tema de la moralidad porque hay una serie de neurocientíficos que, tomando como ejemplo las tesis de [Noam] Chomsky sobre la existencia de una especie de módulo cerebral que aloja la gramática, han desarrollado la idea de que también existe un módulo moral en el habría una especie de chip en el cerebro del cual se generarían reglas morales que se adecuarían a cada cultura. Eso implica que las decisiones morales de los humanos estarían determinadas por la presencia de ese módulo cerebral de carácter moral. Es una de las variantes del determinismo”. ¿Qué rige nuestro comportamiento? ¿Qué es aquello que nos hace generar los juicios que nos permiten reflexionar sobre lo que es justo y sobre lo incorrecto? ¿Somos instinto? ¿Y dónde está alojado ese instinto? ¿En el cerebro? ¿Cómo influye la sociedad en las decisiones, en lo que es bueno o no? Bartra, hace un amplio estudio y da respuesta a esto desde diversos enfoques volviendo de nuevo al puente que une al cerebro con los mecanismos del entorno. Expone su visión del orden, donde existen evidentemente las relaciones causa-efecto pero al mismo tiempo la libertad. Para él desde luego la vida cultural está ligada, sin duda, al sistema nervioso central, y por tanto le parece que estamos sometidos a leyes deterministas, aunque al mismo tiempo se manifiesta de origen aquello que nos diferencia como especie: el libre albedrío. Al respecto, en otra entrevista que da al periódico informador responde: “Toda la sociedad moderna está basada en la idea de que existe el libre albedrío, porque es eso lo que nos hace responsables de nuestros actos. Luego llega un científico que dice que el libre albedrío es una ilusión y aunque destaque que se trata de una ilusión muy útil, mina con ello todas las bases de la civilización moderna. Lo que creo al respecto es que cuando un neurocientífico dice eso, se pone en contradicción, porque él decide hacer una investigación para decir que el libre albedrío es una ilusión. Usa el libre albedrío para decir que no existe el libre albedrío”.

El juego resulta para él un ejemplo de todo esto. Nos dice que ahí se mezclan (o al menos en la mayoría de ellos) reglas y al mismo tiempo libertad. Si no fuera así, no existiría el juego. Ni siquiera aquellos que son más elementales y que compartimos con otros animales. Cuando vemos un cachorro jugando con otro, por ejemplo, y hasta en un partido de futbol. El juego nos permite realizar la diferencia entre el juego y el no-juego y dejar de lado las reacciones instintivas. Entonces la libertad queda en primer plano. “Al mismo tiempo, dice, en los animales el juego está relacionado con el aprendizaje, pues ayuda a desarrollar habilidades para capturar presas; acaso por ello los animales que más juegan son los mamíferos predadores”. Y ejemplifica el simulacro de peligro también en los seres humanos.“Alguien de súbito se nos lanza encima amenazadoramente, pero nos comienza a hacer cosquillas, soltamos a reír. Pero si de las cosquillas pasa a los puñetazos, se desencadena la alarma y el dolor”. De este modo, abordando la risa, la broma, plantea al juego como un elemento exocerebral que nos permite extender los alcances de nuestras posibilidades. La sociedad misma puede ser producto de un juego. Una prótesis, una extensión. Como lo serían acaso los teléfonos celulares o los videojuegos. Punto que le permite abordar la teoría de los filósofos Andy Clark y David Chalmers profundizar en el tema de los sistemas culturales y de prótesis que sustituyen funciones que no podemos realizar.

Con Cerebro y libertad, Roger Bartra nos plantea la cultura como un juego, la moral como un resultado y al juego como una herramienta en la que es indispensable la libertad. Es un libro que nos permite saber que hay un espacio para ser libres y “que aunque seamos una partícula en millones, nuestras decisiones importan”.

Roger Bartra nació en la Ciudad de México, en 1942. Aquí se formó como etnólogo y en París, en La Sorbona, se doctoró como sociólogo. Es autor de, entre otros libros, La jaula de la melancolía (1987), El salvaje en el espejo (1992), Oficio mexicano: miserias y esplendores de la cultura (1993), Las redes imaginarias del poder (1996), El salvaje artificial (1997), La sangre y la tinta. Ensayos sobre la condición postmexicana (1999), La democracia ausente (2000), Cultura y melancolía: las enfermedades del alma en la España del siglo de Oro (2001), Antropología del cerebro. La conciencia y los sistemas simbólicos (2006) y La sombra del futuro. Reflexiones sobre la transición mexicana (2012). El pasado 13 de febrero del año corriente, Roger Bartra ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua para ocupar la silla XII que dejó vacante al morir, el 18 de febrero de 2012, Clementina Díaz y de Ovando.

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Jonathan Minila

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