Opinión

El misterio del niño perdido / A lomo de palabra

¿Quién hubiera podido figurarse en 1974 que Sasha Montenegro y José López Portillo algún día irían a contraer nupcias? Entonces, aunque seguramente todavía nadie lo veía como el bueno para ocupar La Grande, él ya despachaba como secretario de Hacienda y Crédito Público. Por su parte, Alexandra Acimovic Popovic, portando su nombre artístico, aquel año filmó varios largometrajes: la Montenegro apareció en cintas como Santo y Blue Demon contra el doctor Frankenstein, Peregrina y Los vampiros de Coyoacán, producción esta última con la cual se alcanzaron niveles estratosféricos de inverosimilitud chabacana para erigir un monumento más al kitsch mexicano. En la película actuaron, además de la señora Sasha -quien después estelarizaría también El sexo me da risa, Muñecas de media noche y El pájaro con suelas, entre otras muchas joyas filmográficas nacionales-, Mil Máscaras, Superzán (sic), Carlos López Moctezuma y Germán Robles, quien en esta ocasión, raro, no personificó al vampiro malora, sino al científico open mind que junto con los luchadores enmascarados combate a catorrazos a los tenebrosos chupasangres. También en 1974, en plan un poco más serio, Germán Robles participa en un cortometraje dirigido por Raúl Araiza, Hernán Cortéz -así, con zeta, vaya usted a saber por qué-. Y, claro, ya luego nada más hay que dejar que pase el tiempo para que los vectores comiencen a intersectarse: el Hernán Cortés que aparecería en monumento que López Portillo, ya presidente de México, ordenó instalar en el centro de Coyoacán tenía precisamente las facciones del vampiro más famoso del cine nacional: efectivamente, el actor Germán Robles posó en 1981 para que el escultor Julián Martínez Soros tuviera un modelo a partir del cual representar al conquistador extremeño. El conjunto escultórico integraría a otros cuatro personajes: además de don Hernando, están doña Marina, el hijo de ambos, Martín, un león y un águila. Consecuente con lo que presenta, la obra fue llamada Monumento al Mestizaje… Sin embargo, poco le valió la nomenclatura: mucha gente apreció en aquel grupo de estatuas un homenaje no al producto de los amoríos entre españoles e indias, es decir, a nosotros mismos, sino un tributo a Hernán Cortés, el feroz mercenario que al frente de una partida de gachupines barbajanes y codiciosos llegó de Europa a hacernos la mal obra de conquistarnos. Las protestas no se hicieron esperar en Coyoacán. De la Madrid, El preciso entrante, alzó las cejas y se dispuso a dictar un correctivo moral. La intelectualidad se alineó con los pareceres del nuevo tlatoani y se le fue a la yugular al hispanismo descarado del saliente mandatario: “Cortés representa la conquista militar y el genocidio. En mi opinión ningún conquistador merece una estatua…”, declaró en perfecto español el historiador y politólogo Gastón García Cantú. A lo lejos, en La Colina del Perro, el silencio del expresidente era estridente. Corría pues el año de 1983 -la señora Sasha seguía esforzándose por encumbrar el séptimo arte grabando cintas como La golfa del barrio, Chile picante y Se me sale cuando me río– cuando, por órdenes del presidente Miguel de la Madrid Hurtado, el multialudido conjunto escultórico fue retirado del centro de Coyoacán…

El Monumento al Mestizaje sigue en el Distrito Federal, de hecho en la misma delegación Coyoacán: sin ningún ceremonial mediante, casi a hurtadillas, fue arrumbado en el Parque Xicoténcatl, uno de esos inverosímiles huecos urbanos, escondidos para la mayoría y que casi nadie visita. El lugar se encuentra a un lado del Circuito Interior Río Churubusco, entre División del Norte y calzada de Tlalpan, en el costado sur, a unos metros del Museo Nacional de las Intervenciones. El pequeño espacio arbolado está bardeado, de tal manera que uno tiene que ingresar por un pequeño portón ubicado sobre la calle Xicoténcatl, casi frente a la Escuela Nacional de Conservación “Manuel del Castillo Negrete”. Unos cuantos pasos más adelante, frente a una fuente de azulejos, permanece arrinconado el conjunto escultórico, sobre un burdo pedestal de no más de medio metro: al centro, la pareja: Cortés, barbado, de pie y con el brazo derecho a la espalda, y a su izquierda, sentada, la Malinche, quien viste un huipil. Ella es una mujer de finas facciones, aunque no reconozco en el personaje a la modelo. En Cortés, el rostro de Germán Robles es inconfundible. Tanto el actor como el escultor nacieron en España: Robles en Gijón (1929) y Julián Martínez Soros en Valencia (1921). Quizá la mujer que posó para personalizar a Malinalli fue mexicana, pero dudo que haya sido una indígena. Flanquean a las dos figuras un par de animales: junto al extremeño, un hermoso león, echado y con las fauces abiertas; y a un lado de la Malinche un águila enorme, descomunal. Completa el conjunto, según registro fotográfico, un niño de unos dos o tres años de edad; aparece en primer plano, entre sus padres. El chamaco observa y señala con la diestra hacia el frente, quizá hacia el futuro; y si sus progenitores se exhiben cada uno con las vestimentas propias de sus sendas tradiciones, él, mestizo de primera generación, no puede sino mostrarse desnudo. Y digo esto según registro fotográfico porque el niño Martín Cortés, el varón primogénito del conquistador de México, ha desparecido, quiero decir, su representación en bronce. La estatua del pequeño ya no está, sólo queda el hueco que evidencia su ausencia. En efecto, el mestizo mexicano por antonomasia ha sido birlado.

@gcastroibarra

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Germán Castro

Germán Castro

1 Comment

  1. Manolo
    16/09/2014 at 21:55 — Responder

    Excelente texto. Además de informativo y ameno, me hizo reír mucho con aquello de que “la señora Sasha seguía esforzándose por encumbrar el séptimo arte”.

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