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miércoles, febrero 4, 2026

… y el otoño es la única postura / Minutas de la sal

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1.

Hace 30 años, compré ese libro en una librería que ya no existe. Eran esas épocas en las que leer un poema de una antología me había señalado una luz por encontrar. Todavía recuerdo la ilusión al ver la portada: José Carlos Becerra, El otoño recorre las islas, segunda serie, Lecturas 10 Mexicanas. Ese nombre que todavía no me era familiar ni tan cotidiano como lo es ahora. La ilustración de la portada era un juego fotográfico con hojas de otoño. Era un libro nuevo, impecable con ese olor característico del papel que no ha sido impregnado de células muertas, tabaco y humedades de todos los veranos.

2.

Insisto en recordar, lo que pueda, lo que se deje, porque las cosas parecen cada vez más distantes. Por ello veo a mi abuela partiendo una calabaza con un hacha, frente al anafre sobre el que reposa un cazo inmenso de cobre. De niña, el cazo y mi abuela me parecían inmensos. Observo, al fondo la higuera que ya no existe, mientras los aromas entremezclados del carbón ardiente y el piloncillo disuelto en el agua lo inundan todo. Veo a mi abuela, joven, segura, destazando la calabaza. Veo cómo vuelan los trozos de cáscara. La higuera se mece, sabe de la promesa de lo azucarado y de esas pepitas que pronto tomarán el color de la tierra, pero abrillantado.

3.

Ya es otoño, aunque sólo lo sé por el calendario, porque aquí los árboles no hacen caso, no hay ilustraciones en el paisaje de la ciudad como las de esas monografías tan anteriores a la red. Pero existen otros lugares, como esa isla que vi en un documental hace años. Era una isla de Japón cuyo nombre no puedo recordar, donde los colores del otoño son únicos. Creo que es el lugar de origen de todos los otoños del mundo. Entonces recordé al poeta de mi juventud, al que me prestó voz para estar donde llegaría muchos años después: al otoño imaginario de esa isla que recorrió, de la otra donde murió y la de los colores japoneses donde las águilas marítimas devoran peces como el albatros de otro poeta.

4.

El otoño recorre los huesos para recordarnos que se aproxima el invierno, que las portadas ya no nos causan aquella emoción, mas sólo las letras de un libro viejo y amarillento, remendado con cinta adhesiva. Lo sé, ahora es un verdadero libro otoñal donde las letras dejan de ser ajenas y comienzan a ser nuestras. No quiero decir que uno escriba esos versos o versos parecidos, cuando ya ni siquiera escribimos poemas. No, significa que somos ya ese punto de vista. El otoño recorre los huesos cuando tenemos que regresar a momentos vividos para transcribir lo que acaso nunca regrese o que pertenecía a otro momento, a otra vitalidad: a esa de las nervaduras repletas de savia, no a las crujientes y temblorosas de esta época.

5.

Veo los trozos de calabaza que flotan en ese caldo oscuro, oloroso, lleno de especias y de otras frutas invasoras que serán expulsadas, como despojos, porque sólo han servido para robarles la esencia. Veo los trozos de calabaza en tacha, oscuros, llenos de texturas, preñados de pepitas que ceden ante mis dientes frontales, esos que perdí hace años y que ahora habitan como fantasmas de porcelana. Veo las manos afanosas de mi abuela, siempre haciendo algo, con sus manchas, como de hojas de otoño, como de canela de calabaza en tacha, que ahora son ya mis manchas.

6.

Tal vez el piloncillo sea lo más parecido al otoño en esta ciudad, o sólo en esta cuadra o en este cuarto. O las frutas ahogadas en su miel, la calabaza-esponja que lo absorbe y su promesa implícita de los panes con huesitos azucarados. Eso es el otoño. Sólo sabores que traen recuerdos como las portadas que fueron hermosas y que ahora son papeles agrietados que lo digital mejoraría visualmente, pero que jamás nos provocaría esa primera reacción, ese momento luminoso de cuando estábamos al inicio de todos los caminos. Tal vez era la luminosidad del cobre de un cazo que ya no existe y que habita dentro de una librería extinta donde el fantasma de mi abuela ha olvidado la oscuridad del piloncillo y la oscuridad de su gangrena. No sé, creo que el otoño ya no recorre las islas porque aquí el mar nunca ha existido. O tal vez sea la voz del poeta que decía: “y el otoño es la única postura que mi frente puede tomar para pensar en ti”.

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