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miércoles, febrero 4, 2026

¡Qué palacios fabricas en el viento! / Minutas de la sal

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Todas las mañanas, -mis mañanas que a veces son las tardes-, hago lo mismo: me preparo un café con leche. Es un café con leche sui generis: un café negro con un chorrito de leche y azúcar. Lo que resta del día me inclino por el café negro, sin azúcar ni edulcorantes, negro como algunas almas.

Todas las mañanas abro mi refri y saco el litro de leche, de la misma marca siempre, a veces está cerrado, otras sólo contiene el último chorrito; siempre está frío, aunque vaya a hervir en la taza de café recién hecho. Es una actividad cotidiana que doy por sentada, hasta que imagino que no existe el refri, que estoy en una época remota en la que si quisiera mi café mañanero tendría que alistarme para salir al establo y ordeñar una vaca, o ir al pueblo más cercano para llenar mi bote lechero, o bien visitar al vecino con vacas para que me venda un pocillo. Todo esto para preparar el café que me despierta. Nada, ya estaría bien despierta con este ir y venir. Además no habría cafetera eléctrica, por lo que el proceso completo convertiría al café con leche en una inversión de tiempo precioso que acaso necesitaría para hacer otras labores.

No me detengo en el litro de leche, porque en el refri hay otros productos lácteos que yo no tuve que confeccionar y carnes frías que no tuve que embutir. Frutas y vegetales que no tuve que plantar ni de las que tuve que ocuparme en conservar para abastecer la casa con productos del campo. Todo ese tiempo de labores lo contiene el refri, es el tiempo que ha dedicado más gente, en fábricas, en campos o en tiendas de autoservicio, para que yo esté aquí, café en mano, pensando en todo eso. Ese tiempo ganado está disponible para que yo haga algo con él. Entonces pienso que estoy como la lechera de aquel poema de Félix María de Samaniego, que va feliz por el camino imaginando qué hará con las monedas que obtenga al vender su leche. Va caminando, contemplando el paisaje con la imaginación a tope. Bebo sorbos de mi café y observo por la ventana el exterior al que seguramente no saldré porque tengo trabajo aquí, tratando de terminar una nueva novela e ideando qué tema trataré en la minuta de esta semana. Yo no camino por ningún sendero y tampoco llevo a vender mi litro de leche, pero tengo la misma imaginación de la mujer del cuento, aunque mi fantasía no es ganar unas monedas ni pensar qué compraré con ellas. Mi fantasía es pensar qué haré con las letras.

Casi me termino el café y decido hacerme otro porque no tengo ganas de escribir ni tengo idea de qué será la minuta. Me siento culpable porque todo el tiempo que me ha regalado el refri lo desperdicio pensando paralelismos absurdos entre la lechera del cuento y yo, la falsa lechera, que sólo sabe verter chorritos sobre su café caliente. Si tuviera una vaca enfrente no sabría qué hacer con ella, salvo contemplar sus ojos bondadosos y pensar en quesos, bifes y en la mantequilla que tanto me gusta, y de la cual nunca he hablado en esta columna.

Tomo un sorbo del segundo café y me quemo la lengua. Pienso en la lechera del cuento y me molesta que sea una mujer acusada de fantasear a tontas y a locas, y quien al final recibe su lección cuando el cántaro de leche se estrella en el suelo. Se queda sin monedas y sin sueños. Se me ocurre que lo mejor sería beberme lo que resta del segundo café y prepararme un tercero. Luego dedicar el día a rellenar mi taza hasta que el litro de leche se acabe. Entonces me acuerdo de la sentencia del poema citado: No anheles impaciente el bien futuro: / mira que ni el presente está seguro.”

Prefiero no saber si mi cántaro imaginario se romperá o no. La única certeza que tengo en ese momento es la del sabor del café, lo mucho que me gusta la poesía y que seguiré con mi novela y mi minuta de esta semana. Agradezco el tiempo que me regala mi refri, que a veces uso para imaginar. Pero la imaginación si no se materializa es un desperdicio; algo se debe concretar con ella: una novela, una minuta, un país, un mundo.

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