Opinión

Dicotomías, diferencias y Charlie Hebdo / Sin Maniqueísmos

En medio del sexenio de Felipe Calderón, cuando la guerra contra el narco ya había cobrado muchas miles de vidas, la cadena norteamericana Fox News hizo un reportaje especial sobre Ciudad Juárez. La locutora usó una frase inolvidable para describir la frontera entre Estados Unidos y México: “una línea en la arena entre la democracia y el caos”.

Esa frase, típica de la retórica de esa cadena derechista, representa una forma de pensar desgraciadamente común en algunos medios. Con la proliferación de voces que ha facilitado el Internet, el problema sólo ha empeorado. Los memes ofrecen algunos de los peores casos. Uno difundido hace un año por el influyente grupo izquierdista US Uncut mostró un limosnero de la calle junto a un hombre en un traje, y añadió el lema: “Capitalismo: la idea psicópata de que algunas personas merecen más comida, agua y refugio que otras”.

El hilo común, por supuesto, es la dicotomía: la división del mundo -o de países vecinos, o de ricos y pobres, o partidos políticos- en dos extremos simplistamente descritos o aludidos. A menudo se trata de un proceso maniqueo: un extremo está valorizado y el otro despreciado.

Hay otra tendencia en los medios que, si bien no es tan perjudicial, tampoco sirve bien para explicar la complejidad del mundo. Me refiero a una tendencia -autollamada “liberal” pero mejor etiquetada como “utópica”- de minimizar las diferencias, como si todos los seres humanos y todas las culturas fueran básicamente iguales.

Volví a pensar en ambas tendencias mientras leía las reacciones al ataque contra la revista satírica Charlie Hebdo. Por un lado, es fácil hacer una distinción entre una cultura muy tolerante como la de Francia, cuna de la Ilustración, y una cultura muy poco tolerante como la del Islamismo, cuna de actos de terrorismo, sólo para mencionar algunos de los más sangrientos: en Nairobi (1998), Nueva York (2001), Madrid (2004), Londres (2005), Mumbai (2008), Nigeria (muchos) y Pakistán (muchos).

Por otro lado, varios comentaristas apuntaron que mientras los asaltantes fueron musulmanes también lo fueron dos de las víctimas, uno de los policías y un empleado de la revista. Es importantísimo distinguir entre islamistas fanáticos y seguidores del Islam que no lo son, especialmente en un contexto como el de Francia, donde las fricciones sobre su enorme comunidad musulmana han crecido en años recientes. Prueba de eso han sido los actos posteriores de vandalismo contra mezquitas francesas.

Sin embargo, algunos comentaristas han dejado su “liberalismo” llegar a posiciones muy cuestionables. Unos hablan de los asaltantes como si fueran fanáticos solitarios, de los que se encuentran entre los feligreses de cualquier religión; a veces argumentan que los cristianos pueden ser igualmente fanáticos. Una columnista norteamericana escribió con gran simpatía sobre Ahmed Merabet, el policía asesinado a sangre fría, y concluyó -sin alguna evidencia- que Merabet representa más a los musulmanes en Francia que los yihadistas (también nacidos franceses) que lo mataron.

Ojalá que tuviera razón, pero si nos enfocamos en los jóvenes varones, ¿realmente son más los que sueñan con ser policías, que los que quieren unirse al Yihad? No he podido averiguar la afiliación religiosa proporcional de los policías franceses, pero sí he leído que más de la mitad de los encarcelados en Francia son musulmanes. Esta llamativa cifra sugiere que a los ojos de muchos jóvenes musulmanes la policía no es una institución respetada, mucho menos una a la que aspiran afiliarse. Mientras tanto, miles de franceses han salido de su país para luchar como yihadistas en Irak y Siria.

O considere a Gran Bretaña, otro país europeo que ha sufrido actos de terrorismo cometidos por jóvenes nacidos entre su cuantiosa comunidad musulmana. Hace pocos años una encuesta de opinión pública encontró que entre los musulmanes de 16 a 24 años, un 37 por ciento preferiría vivir bajo sharia -un código legal basado en una interpretación fundamentalista del Corán- que bajo la ley británica. Un porcentaje parecido opinó que un musulmán que se convierte a otra religión merece ser ejecutado.

La incómoda verdad es que los fanáticos no son solitarios. Dentro la comunidad global del Islam -desde París a Pakistán- hay una lucha entre corrientes, una pacífica y más o menos tolerante, y la otra dogmática, expansionista y extremista. Claro, no todo extremista se vuelve terrorista, pero la corriente dogmática funciona como un semillero eficaz para los yihadistas, y en cualquier país.

Entonces, no sólo es utópico sino peligroso calificar a los adherentes al extremismo como una minoría pequeña. Una minoría, sí; pequeña, no.

@APaxman

www.andrewpaxman.com

Andrew Paxman / Historiador, CIDE Región Centro

 

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Andrew Paxman

Andrew Paxman

Historiador, CIDE Región Centro

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