Ley de humo / Juego de abalorios - LJA Aguascalientes
30/11/2021

Cuando comencé a ir al café con mis amigos, siempre pedíamos una mesa en la sección cercana al ventanal. Era la más agradable; pero si el local estaba lleno, nada perdíamos sentándonos en alguna mesa de las otras secciones. Unos años después, con el advenimiento de la protección a los no fumadores, la cosa comenzó a complicarse. La mitad de mis amigos fuman, y si alguno de los fumadores llegaba primero pedía una mesa en la sección pertinente; nosotros, los no fumadores no teníamos reparo, las mejores áreas del café y las más amplias estaban asignadas a los fumadores. Sin embargo, si no había una mesa ahí, ya no resultaba tan fácil conformarse. Por otra parte, la posibilidad de tener una conversación libre de humo comenzó a agradarnos a los no fumadores, así que cuando llegábamos primero pedíamos una mesa en la fea y oxigenada zona. Así se sumaron a nuestras discusiones frases del tipo “Mm, no manchen, por qué aquí, está bien feo” / “Pues hubieras llegado primero, yo prefiero el lugar feo a oler a humo de tabaco”, etc. Tiempo después se intensificó la arremetida contra el humo; se invirtieron las secciones, ahora los fumadores eran arrinconados en unas pocas mesas atiborradas, mientras los demás disfrutábamos de las secciones amplias, que casi siempre estaban vacías. Al inicio, pues, no había más que un criterio para elegir mesa: preferíamos la sección más agradable, en todos lados había humo. En un segundo momento había que elegir entre lo atractivo del lugar y la posibilidad de aire limpio; es decir, había que analizar dos factores para elegir, y la cosa estaba equilibrada: de un lado teníamos lugar feo con aire limpio, del otro, buen lugar con humo. Por último, todo lo malo quedó de un lado, humo e incomodidad juntos; mientras aire y espacio se hermanaban. Las discusiones se intensificaron, para los no fumadores no existía ya ninguna ventaja de elegir la mesa que los fumadores hubieran preferido; tuvimos que negociar.

No fumo. Sé que el tabaco no es sano y sé que afecta a quienes no fumamos así como a quienes lo hacen. Preferiría que no hubiera humo en los lugares en que vivo, trabajo o me divierto. Pero no estoy dispuesto a pelear contra mis amigos por ello. Afortunadamente para eso están las autoridades, ellas pueden evitar muchos pleitos entre ciudadanos, si hacen bien las cosas. Ahora que no se puede fumar en espacios cerrados, los legisladores deberían estar orgullosos, lograron no sólo proteger la salud de millones de ciudadanos y desincentivar el consumo de tabaco -o por lo menos disminuirlo-, además contribuyeron a que los habitantes de la ciudad, el estado y el país nos veamos envueltos en menos conflictos. Si no está permitido fumar en los cafés y los bares, ya no tengo por qué pelear con mis amigos al elegir la mesa, ellos saldrán cuando necesiten un cigarrillo y volverán cuando hayan terminado, todos ganamos.

No sólo creo que los legisladores -exlegisladores ahora- deberían estar orgullosos, me temo que efectivamente lo estén. Hace ya muchos años que aparecieron las leyes y los reglamentos a favor de los no fumadores y, sin embargo, cada vez que salgo encuentro bares poblados de humo. Y entonces el conflicto que no existía cuando todos fumaban donde querían ha aparecido, los bares tienen sus letreros de “no fumar” y también tienen ceniceros. Quienes sabemos que ahí no se debería fumar estamos incómodos, los de los bares están nerviosos -“a veces, muy de vez en cuando, llegan a inspeccionarnos y pues nos podrían multar”-, los fumadores no satisfacen su necesidad con pleno gusto, siempre hay un regustillo de culpa, de tener que pedir el cenicero. Y entonces, algo que podría haberse resuelto, ha cobrado mayor importancia, los ciudadanos tenemos que negociar algo que ya no era negociable, entre amigos debemos preguntarnos “te molesta si fumo”, o reclamarnos “eh, ya, bájale, por lo menos media hora sin que eches humo”.

Seguramente entre los dueños de los bares habrá quien argumente que mientras se permita consumir tabaco en uno de los lugares, los demás tienen una desventaja competitiva clara. Por eso precisamente se hicieron las leyes, no se puede fumar en ninguno de los bares, y si a quien le toca hacerla cumplir se dedicara a ello, muy pronto eso no sería factor de competencia; y claro, los fumadores tendrían que salir a las terrazas y balcones, pero no estarían en conflicto con sus acompañantes que no fuman. Podrían cuestionar a las autoridades, enfurecerse al inicio, quizá, y acostumbrarse al fin. Los exlegisladores también tendrán sus argumentos, asegurarán que ellos cumplieron -así como cumplieron obligando a las tabacaleras a poner fotos espantosas en las cajetillas o leyendas poderosas en las latas de cerveza como “el consumo de este producto puede ser nocivo para la salud”- y que a ellos no les toca más que eso. Y la cadena de incumplimientos y pretextos seguirá indefinidamente, alguna razón tendrán los encargados de velar por el cumplimiento de los reglamentos para justamente no velar por el cumplimiento de los reglamentos.

Lo único que lamento es que al final estamos igual que al inicio, fumadores y no fumadores convivimos, platicamos y nos reímos entre nubes de humo de cigarro, sólo que ahora tenemos razones para reprocharnos, y los responsables, lo único que realmente hicieron fue sumarle un renglón a su currículo.

 

pland.com.mx/joelgrijalva

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