Hombres (y mujeres) que no tuvieron monumento / Héctor René Lavandera - LJA Aguascalientes
06/08/2020


“Pues pierda usted una mano”, fue la respuesta que dio René Lavand, el nombre artístico de Héctor René Lavandera, a una persona que al final de una conferencia en Londres le preguntó “¿Qué hay que hacer para conseguir hacer la magia de forma tan profunda y personal como usted?”. Porque el mérito de Lavand no era sólo su genialidad, reconocida por las audiencias y también los profesionales de la magia en todo el mundo, sino trabajar con las cartas siendo manco, teniendo sólo la mano izquierda. O como él mismo lo explica: “tuve la suerte de no poder copiarle a nadie. Porque no hay libro ni maestro que te enseñe técnicas para mano izquierda, así que tuve que hacerme autodidacta. Porque yo tenía la suerte de tener una sola mano. Y así surge el estilo, la personalidad, lo que no se puede copiar”. No la desgracia de tener una sola mano, sino la suerte.

El documental, dirigido por Néstor Frenkel sobre Lavand, resume perfectamente en su título no la persona de Héctor René Lavandera sino el personaje de René Lavand: El Gran Simulador. Es en esa película donde además de gran ilusionista y persona se revela como alguien que cita por igual a Unamuno (“Amo la simplicidad externa, que cobija una gran complicación interna”) que al compositor de tangos Homero Manzi, con una letra que podía ser borgiana (un Borges con el que el mago dice que sueña que está enfrente de él pero con el que no habla), “la vida misma es como un mazo marcado. / Baraja las cartas la mano de Dios”.

La vocación le llega pronto al niño Héctor cuando en 1935, a los siete años, ve actuar al mago Chang en el teatro Avenida de Buenos Aires. Y deslumbrado por él, por la magia, por la prestidigitación, comienza a pasar tiempo de sus recreos y en su casa practicando una y otra vez trucos con cartas y monedas. Ya no en Buenos Aires, de la que la familia sale, sino en el pueblito de Coronel Suárez, Lavandera es atropellado por un coche, llevado al médico del lugar que toma la determinación que le hará uno de los ilusionistas más grandes del mundo: amputarle el brazo derecho para evitar la gangrena. “Después de esto un amigo de mi padre me dijo: ‘René, vas a poder llevar un balde el resto de tu vida. Dos baldes, jamás”. Y yo pensé que si ponía mi cerebro en la baraja y el corazón en los públicos del mundo, iba a poder pagarle a otro para que me llevara los dos baldes a mí’.

Otro cambio de ciudad de la familia lo lleva a Tandil donde él, ya adolescente, continúa practicando sus trucos con un libro clásico para los aprendices de mago, Secretos de Cartomancia de Joan Bernat y Esteban Fábregas. Sin saber que el ilusionismo habría de ser su futuro, entra a trabajar en el Banco Nación de Tandil en el que encontrará en sus compañeros, asombrados de la habilidad del manco para contar billetes y escribir a máquina, sus primeros espectadores. En esa misma ciudad debuta en el Hotel Continental comenzando una meteórica carrera que le lleva, apenas en un año, al imponente Teatro Nacional en Buenos Aires y de ahí al mundo entero. Un mundo que incluye el Ed Sullivan Show (“Nunca olvidaré la cara de Sullivan y el asombro de quienes nos rodeaban. Un norteamericano llevando a la televisión a un prestidigitador manco… Era como presentar a un bailarín rengo”), Las Vegas y los grandes teatros europeos.



“No se puede hacer más lento” era su mantra, una frase que repetía una y otra vez en sus espectáculos, como retando al espectador a no poder descubrir su truco ni siquiera a una velocidad de cámara lenta. “No se puede hacer más lento”, una frase que ya sólo podrá escucharse en grabaciones porque falleció apenas el siete de febrero de este año, como un estribillo repetido en unas demostraciones de magia basadas, por supuesto, en la inexplicable habilidad con las cartas pero también en un manejo perfecto del ritmo, demostrando que el ilusionista es una parte, sino la parte, importante de la ilusión. Y junto a ese “no se puede hacer más lento”, dos componentes ineludibles en cualquier presentación de Lavand: las historias que acompañaban a todos sus trucos, un elemento fundamental para distraer la atención del espectador, y una copa de vino en la mesa donde también estaban sus mazos de cartas para, tras dar el primer sorbo recién entrado a escena, terminarla exactamente en el momento en que sonaban los largos aplausos que marcaban el final de la magia de haber visto al gran prestidigitador manco, René Lavand.

¿Por qué un monumento para Héctor René Lavandera? Primero porque, al igual que el Beethoven sordo o el Borges ciego, Lavand hizo de la vocación no sólo necesidad sino virtud y en grado magistral. Segundo, porque él nos recuerda que la magia, la verdadera magia, no está en la ilusión sino en el ilusionista. Y tercero y sobre todo, por la respuesta que dio cuando le dijeron que David Copperfield lo admiraba tanto que había viajado hasta Suiza exclusivamente para verlo a él. “La diferencia es abismal. Él viaja con cinco toneladas de equipaje y yo con cincuenta gramos, lo que pesa una baraja; él viaja con miles y miles de dólares en materiales y yo con cinco dólares, que es lo que cuesta una caja de cartas”, una caja de cartas donde se encierra toda la ilusión.

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