Tres cerditos (2/3) / Minutas de la sal - LJA Aguascalientes
06/08/2020


Me gustan las sombras chinas, esas imágenes que logramos proyectar sobre la pared con ayuda de la luz y las manos. En algún momento aprendí a proyectar varios animales; claro, estos incluían un cerdito. Este juego es la metáfora precisa de que no existe la luz sin la oscuridad y viceversa. Esta dualidad lúdica permite asir la imposibilidad, la del umbral que separa la luz y la oscuridad, como si alguien hubiera logrado determinar su latitud, en la que el sol cede su paso a la luna, al que llamaríamos el mundo del perpetuo atardecer.

Esta dualidad también existe en mi gusto por los cerdos. Cada vez que corto lomo adobado, que el tocino cruje bajo mi paladar o sonrío ante la ondulación casi marítima del chicharrón, nunca olvido que todas esas maravillas provienen de un animal sacrificado. Sí, como trozos de muerto. Por esto entiendo por qué ciertas personas optan por no comer cárnicos. Creo que todos podemos cruzar ese umbral e ir al lado luminoso, para ser vegetarianos; o bien, cruzarlo e ir al lado oscuro: comer carne sin que nos importe que algo tuvo que morir o si la muerte fue tranquila o hubo gala de violencia y ensañamiento. Miren que los sicópatas siempre encuentran los lugares más inesperados para ejercer.

Lo dicho, como comedora de cerditos me ubico en un umbral: no dejaré de comerlos, pero no estoy dispuesta a olvidar que un cerdito murió para llenar mi plato. Algunos opinarán que es una perversión, pero no, es lo más cercano que un depredador puede estar del equilibrio. Lo admito, soy depredadora de cerditos.

Los claroscuros también habitan en la literatura. Algunos escritores logran pararse en el umbral, amos de la luz y la oscuridad por igual. Escriben desde ambos mundos. Uno de esos escritores es Roald Dahl. La mayoría lo conoce por su historia Charlie y la fábrica de chocolate que fue llevada al cine, a modo de refrito, por el director Tim Burton. Pero Dahl creó infinidad de cuentos y poemas, no sólo para niños sino también para adultos. Me gusta imaginar que a Dahl también le gustaba el asado de cerdo, pero era consciente del sacrificio. Esa dualidad, luz y oscuridad, está escrita de forma hermosamente perturbadora en su cuento Cerdo. No se los voy a contar, pueden buscar sus Cuentos completos, o bien buscar el cuento en la red. Es un cuento necesario. Después de leerlo, no sé cuántos se volverán vegetarianos. Lo sé, muchos vegetarianos, tras leerlo, lo tomarán como estandarte. Otros, como yo, seguiremos consumiendo carne, pero no podremos olvidar la depredación no sólo de los animales sino de la inocencia toda.



Dahl escribió sobre otros cerditos. En el mismo tono, está su poema, también titulado Cerdo en el que permite que el animal se defienda. Este poema es un espejo en el que cabe preguntarse ¿quién es el cerdo de la historia, quién el humano?, ¿quién la víctima, quién el liberador? Saboreen a Dahl, he aquí el poema incluido en el libro ¡Qué asco de bichos!:

Hubo una vez un cerdo en Inglaterra
que fue el bicho más listo de la Tierra.
Era un tipo genial, todo un portento,
una cabeza llena de talento.
Hacía largas sumas de memoria,
leía gruesos libros sobre Historia.
Sabía muchas cosas… y al final
se planteaba la cuestión fatal.
Por vueltas y más vueltas que le daba
jamás la solución se le alcanzaba.
−¿Qué papel me ha tocado en esta vida?
−era la gran pregunta tan temida−.
¿Para qué estoy aquí? ¿Por qué nací?
¿Qué reserva el destino para mí?
Pensaba en estas cosas tan funestas,
pero jamás hallaba las respuestas,
hasta que una insomne madrugada,
topó con la respuesta deseada.
Pegó un brinco de rana saltarina,
danzó cual consumada bailarina…
−¡Eureka! ¡Lo encontré! La gran cuestión
tiene una contundente solución.
Ya sé lo que me espera: mi destino
¡es verme convertido en buen tocino!
Es el granjero un hombre muy astuto,
pero ya he descubierto que es un bruto.
Ya sé por qué me da tan ricas dietas:
¡es porque está pensando en mis chuletas!,
porque quiere mi piel, mis solomillos,
mi cabeza, mis pies, mis menudillos…
porque piensa picar muy bien mis chichas
para hacer largas ristras de salchichas…
Ya sé lo que me aguarda: el matadero,
la cuchilla de un fiero carnicero,
las ollas de una gorda cocinera,
¡ésa es la cruel suerte que me espera!
Así se lamentaba el buen gorrino
pensando en su dramático destino.
Y llegó la mañana y el granjero
apareció trayendo su caldero.
−Cerdito, ven aquí, a desayunar,
que tienes que crecer y que engordar.
Y aquel cerdo tan sabio y tan valiente
se echó sobre el granjero de repente.
Al suelo sin remilgos lo tiró
y allí, con sus pezuñas, lo aplastó.
Después olió y hozó, mordió, quebró,
chupó, lamió, sorbió, saboreó…
No cuento más detalles… Del granjero
tan sólo quedó el ala del sombrero.
El cerdo se comió hasta la camisa
mascando con fruición, sin darse prisa.
Y cuando terminó, muy satisfecho,
se dijo: ¡Esto me hará muy buen provecho!
Ha sido un desayuno muy completo,
me siento muy a gusto, estoy repleto.
Yo iba a ser hoy la merienda del granjero
pero me lo he comido yo a él primero.

 

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