Tres cerditos (3/3) / Minutas de la sal - LJA Aguascalientes
16/04/2024

¿Conocen a Charles Lamb? Lo sé, suena extraño tenerlo de invitado a la última minuta de mi especial de cerditos. Charles Lamb, Carlos Cordero si jugamos a la traducción simultánea, fue un escritor inglés (1775-1834). Unos dirán que no hay contraste, que tan deliciosas resultan unas chuletas de cerdo como unas de cordero; que corderos y cochinitos retozan en las granjas y que ambos animales son víctimas de nuestra gula. Pero en Charles Lamb habitaba un cerdito, bueno, habitó hasta que lo liberó en su escritura, en su ensayo “Disertación de un lechón asado” incluido en su libro Ensayos de Elia.

Charles Lamb inició su carrera literaria escribiendo poemas. Por alguna razón, el mismísimo Samuel Taylor Coleridge lo protegió. Pero sus versos no causarían el mismo efecto que sus ensayos, los cuales escribiría años después. Lamb quiso ser poeta. Creo que en realidad lo fue, pero su voz no pudo encontrar camino en el género de la poesía, no como ha sido concebido durante años, no bajo las reglas de su época ni de la nuestra. Su poesía es lo que yo llamo la poética de la filtración. Sí, esa que provoca manchas de humedad en la prosa; manchas que, como un test de Rorschach de un dios desconocido, evoca formas ante la mirada de quien lo contempla.

Estoy de acuerdo, entre todos los cochinitos, el más sabroso es el lechón, aunque siempre guardaré mi estandarte de tocino, que todo lo mejora y todo lo acaricia. El de Lamb es el mejor y más hermoso texto sobre lechones. Todos amarán la historia del porquerizo Ho-ti, su hijo Bo-bo, los incendios y los dedos quemados que deben ser sanados con la saliva propia; todos amarán el descubrimiento del sabor de la grasa ardiente, de la carne suave y untuosa de un lechón.

La vida de Lamb fue oscura. Cuidó a su hermana, quien también escribía, tras ser enjuiciada por el asesinato de su madre: la apuñaló en el corazón en una crisis. El mismo Lamb tuvo sus altas y bajas. Fueron dos hermanos a quienes la locura susurraba de vez en vez. Creo que su vida era un infierno, parecido al asilo Arkham, y esa cotidianidad lo hizo vislumbrar la belleza en cosas que parecen triviales, en los recuerdos de infancia, en la comida, en los objetos.

Tanto la historia de Lamb como la de su personaje Ho-ti me hacen creer que es necesaria la devastación, de la locura o los incendios, para descubrir lo extraordinario. Y no es porque así tenga que ser, sino porque somos hijos de la distracción o de la indiferencia. Incapaces de escuchar los llamados discretos, necesitamos la bulla para reaccionar, para que los sentidos se avispen y encuentren eso que ha estado siempre ante nosotros. Esto no debería ser así; corrijo, quisiera que no fuera así. No necesitamos eso, sobre todo si alguien más nos ha traído esas maravillas, como lo hizo por accidente Ho-ti y como lo hizo Lamb alejándose de su amada poesía para escribir sus ensayos tan coleccionables.

En fin, se acabaron las historias de cerdos, por lo menos en esta columna. Necesito ayunar unas semanas. Nos vemos en abril. Mientras, les dejo un par de párrafos de Lamb, un asado de prosa y poesía. Disfruten:

“Debe ser asado. No ignoro que nuestros ancestros lo comían cocido o hervido pero ¡qué sacrificio del tegumento exterior! Puedo afirmar que no hay sabor comparable al del crujiente tostado, a punto, bien cocinado chicharrón, como bien se le llama; los mismos dientes son invitados a compartir el placer de este banquete al vencer la esquiva y frágil resistencia de su untuosa adherencia. ¡No la llaméis grasa! Es una indefinible dulzura inmadura, el tierno florecer de la grasa; grasa sesgada en el capullo, tomada en el retoño en su primera inocencia, la crema y quintaesencia de la comida pura del lechón. Es una carne magra, aunque no magra, sino una especie de maná animal, o más bien carne magra y grasa (si debe ser así) tan bien combinadas y entremezcladas que juntas logran formar un resultado ambrosiano o sustancia común.

“Contempladlo mientras se prepara, parece más bajo un calor refrescante que abrasador, por eso se mantiene tan pasivo. ¡Qué equitativamente gira sobre el fuego! Ahora está a punto. Se advierte la extrema sensibilidad de la tierna edad que ha llorado con sus preciosos ojos, ¡jaleas radiantes, estrellas fugaces!”

 



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