A propósito de Solsticio de infarto - LJA Aguascalientes
01/12/2022

  • “Las chiripadas sólo sirven para escribir”: Jorge F. Hernández
  • Necesito dibujar al personaje para hacerlo creíble y escribir sobre su desgracia o su fortuna

 

Sensorial y sensitivo, entre volutas con aroma de café y agua mineral, se sienta Jorge F. Hernández a platicar de lo que es él, es decir, de su último libro Solsticio de infarto, que con prólogo de Juan Villoro publica editorial Almadía.

Desde su mirada que es vivaz, inquieta, ya se anuncia el escritor y su estilo. Pero el tiempo corre y demanda que la plática se ponga en la dirección de una entrevista:



 

–¿Por qué llama a sus artículos Agua de Azar?

Desde niño -responde Jorge F. Hernández- tenía una obsesión con las coincidencias, con las serendipias, sorprendentes casualidades.

Por ejemplo, de niño, durante un mes soñé un número, 785, mi papá pensó en comprar un billete de lotería, casi seguro de que nos haríamos millonarios. Resultó que me invitaron a una fiesta infantil que fue la mejor fiesta en  mi vida, comí todo el pastel que quise, me divertí, me reí, el número de la casa era el 785.

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De grande, por la casa pasaba siempre un pordiosero, era un teporocho, y pasaba por las casas pidiendo novelas. Yo le ofrecía comida, incluso bebida, pero él ya tenía lugares donde le cubrían esas necesidades, lo que quería eran novelas, aguas de azar, les decía. Entonces pensé: un día voy a tener una columna y la voy a titular así.

–¿Si de su libro se desprendiera un manifiesto personal, cuál sería este?


Que profeso fervientemente la gratitud hacia los demás, pero también sincero repudio a la gente mala, que son los mentirosos no cuentistas.

–¿Su relación con el lenguaje es tormentosa o apacible, o amistosa?

El lenguaje es el juguete con el que me he divertido toda la vida. Es el mejor invento del hombre, sí está la rueda, pero el lenguaje es el mejor. Mi relación con él es como con la plastilina; invento palabras.

–¿Cómo cuáles?

Como carifari,  la uso para hablar mal de alguien, “es un carifari”, o para ser muy cariñoso digo “¡Ay!, mi carifari”.  Me encantan los diccionarios, las etimologías llaman mucho mi atención. Las diferencias de las palabras en los distintos idiomas como infatuación que tiene que ver con lo fatuo en español, pero en inglés el significado y la palabra infatuation me gusta mucho. Yo de niño viví en Estados Unidos, me gusta mucho ese idioma.

–¿Cuál es su palabra favorita?

En inglés, responde mientras evoca, beacon, que significa faro. Es una palabra muy representativa de una generación que dejó de usarse. En español mi favorita es jitanjáfora.

–¿Cómo encuentra o descubre la intertextualidad de todas las cosas?

Porque en cada uno de los artículos de esta antología sorprende la trama que encuentra para unirlo todo. “Algunos de mis artículos son muy pensados, sobre todo los que escribo con anticipación, por ejemplo cuando se acerca el aniversario luctuoso de Octavio Paz, a quien traté y quien me permitió escribir en Vuelta. O cuando quiero escribir un artículo de Gabriel García Márquez. En esos tengo tiempo para ir desarrollando esas intertextualidades. Pero hay otros que escribo rapidísimo, como el que se titula “Paisaje de escritorio”, que escribí en once minutos. Fijándome en los objetos que estaban en mi escritorio, fui encontrando las relaciones entre ellos. Que precisamente eso son las chiripadas. ¿Para qué sirven, las chiripadas? para nada, salvo para escribir”.

–Uno de sus artículos se titula “La vida en un día”, a propósito de una película, ¿cómo sería su vida en un día?

Más de la mitad del día leo y lo que más leo son autores ya muertos. Entonces, más de la mitad del día lo paso con fantasmas.

–En el libro aparece un cuadernillo de dibujos hechos por usted, ¿cuál es su relación con el dibujo?

Ahora que ya se sabe, porque Magallanes quiso incluirlo, de los dibujos surgen cuentos. Necesito dibujar al personaje para hacerlo creíble y escribir sobre su desgracia o su fortuna. Dibujo desde pequeño. Mi madre tuvo amnesia, yo le enseñaba las palabras, esa amnesia creó un vacío que rellené con las libretas. Fue una maestra en Estados Unidos quien me regaló la primera, y continuaba haciéndolo conforme se llenaban. Tuve un amigo también en ese país, John Cormier, su padre era periodista y nos dejaba ejercicios para que escribiéramos, por ejemplo: algo sobre el avance de las tropas en Camboya. Pequeños reportajes. La mejor manera para soltar la pluma es escribir columnas.

–¿Considera que el libro impreso atraviesa también un solsticio?

Creo que es el texto periodístico el que pasa por un solsticio. Es un instante, pasa destinado a volverse papel amarillo. El artículo, en un libro, deja de ser solsticio y se vuelve una estación.

–¿Hay algo que le gustaría decir sobre su libro?

Sí, que el texto de Villoro es un obituario sin fecha, que me obliga a intentar escribir todos los días a la altura de ese afecto.

–Correteados por el tiempo desde hace varios minutos, ¿podría describir su libro en 140 caracteres?

“Un muy honrado testimonio de que vale la pena vivir.”

Y de la charla, a las fotos, que guardan también las palabras, los ánimos y la narrativa de este encuentro.

 

Con información de Conaculta

 


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