Cultura

Sobre la colección Tradición oral indígena de México

Es fácil decir raíz. Es fácil concebir -suponer- y estereotipar su significado, su acepción, su forma poética. Es fácil explotar la palabra y convertirla en política pública. Raíz, raíz. Volverla un deseo, una bandera, un estandarte, una imagen. Sin embargo, ¿qué es realmente? ¿Cómo nos representa? ¿De dónde viene? ¿Qué significa? ¿Será ese Edén Subvertido del que habla Bartra en La jaula de la melancolía? ¿Será la melancolía misma? ¿Será sólo una ilusión?

En años recientes se ha dado un mayor impulso a la literatura indígena. Se ha creado una etiqueta con su nombre para englobar la obra poética y narrativa de autores que en México escriben en otras lenguas o que escriben en español -y forzosamente de forma bilingüe- pero son de regiones rurales, con una fuerte tradición que se ha mantenido a través de los años. ¿Qué diferencia a unos de otros? ¿Por qué clasificar o englobar la producción de todos ellos en un mismo concepto? ¿Qué es ese concepto? ¿Para qué? En un ensayo publicado en la revista Este País, la escritora Yasnaya Aguilar, mixe de Ayutla, se pregunta con gran lucidez: “¿Por qué se habría de asumir que la literatura producida en español es distinta a todas la literaturas producidas en una gran diversidad de lenguas llamadas indígenas? ¿Cuál es el rasgo literario que las hace diferentes? ¿Cuál es el rasgo literario en común entre la poética del tarahumara y la del zoque que permite que se las adscriba a una misma categoría?” Y yo agrego: ¿Hasta dónde esto puede ser un proceso cultural o político? Quizá nuestra centralidad, de la que quizá ninguno de nosotros es culpable, nos ha obligado a separarnos en grupos, a mirarnos como si ninguno perteneciera al mundo del otro. Es quizá el mismo efecto que tiene el europeo sobre América o sobre África. Ellos, aquellos tan lejanos de la civilización, tan míticos, tan espirituales, tan poco desarrollados. Esa raíz. No obstante, si se mira desde otra perspectiva, entonces, quizá el efecto es el contrario. La exclusión se vuelve a la inversa. Nosotros, aquellos que estamos influenciados por la globalidad, y que somos la “manifestación” del “progreso”, quedamos fuera de ese otro México que hemos partido. Todo entre comillas, todo como una falsa idea. Se trata a estas comunidades como si vivieran en otro espacio, como si manejaran otro tiempo, como si no formaran parte de esta sociedad y como si únicamente representaran ese ideal perdido, ese pasado, aunque también sean presente y sean, como se sabe, una potencia importante para nuestro desarrollo.

En meses recientes la editorial Pluralia publicó -con la idea de hacer más visible “la palabra de las culturas indígenas y construir un espacio de participación de las lenguas originarias”-, la serie Tradición oral indígena mexicana conformada por cuatro títulos en los que la poeta, socióloga, traductora e investigadora Elisa Ramírez Castañeda recopila alrededor de 500 textos que representan a diversas comunidades. Mixe, maya, zapoteco, tzotzil, mixteco, tojolabal, otomí, entre muchos otros. Según la misma autora, su recolección de los textos, que se incluyen en estos cuatro volúmenes, es el producto de estudios realizados por etnia o lengua. Pues como indica ella misma, en la puntual introducción que abre la puerta a cada uno de los libros, “independientemente de la peculiaridad de los individuos -relator, recopilador- cada etnia o cada región tiene peculiaridades: formalidad diminutiva del náhuatl, religiosidad solemne y ceremonial de huicholes y choras, truculencia y violencia del sur de Veracruz, cuentos maravillosos perfectamente nativizados en mixteco, zapoteco y otomí; picardías y humor de Chiapas; epopeyas guerreras en Kiliwa; adivinanzas y onomatopeyas en maya”.

Esta serie, tan bella en su concepción como en su desarrollo, y que para las portadas contiene imágenes de Jerónimo López Ramírez, mejor conocido como Dr. Lakra, representa -a diferencia de muchas otras antologías- una labor que desde mi perspectiva no lleva al mismo punto de promoción de literatura regional “indígena”, sino de literatura y punto, recuperando no sólo historias, sino su forma de transmisión. Es un amplísimo trabajo de investigación que arrancó inicialmente como actividad asociada a los seminarios de Signo y de Mitología, organizados por la Universidad Nacional Autónoma de México y que concluye en la publicación de esta valiosa colección.

Ramírez Castañeda parte de la ya conocida controversia de si existe realmente o no una narrativa indígena tradicional, lo cual me parece un acierto, pues interesa al lector y rompe de forma imparcial el esquema desde un principio. Sólo da fe de ello, de ese camino que recorrió. Abre así: “Boas escribió Note on Mexican Folklore en 1912. Llegó a la conclusión de que en nuestro país no había cuentos autóctonos puros”. Varias cosas en esta acertada forma de abrir. Primero el reto y la sorpresa que implica arrancar con esta, si no revelación, si enfrenta. Segunda que habla de México sin categorización y tercera que utiliza de forma acertada el término autóctono. Y sigue: “Las historias de animales, pícaros y compadres recopilados en Oaxaca le convencieron de que había apenas resabios mínimos de temas nativos en los relatos. Los indígenas estaban completamente colonizados -incluso narrativamente-”. Sin embargo, nivela la balanza y aporta también la visión de quienes creen en lo contrario, que en México hay narrativa indígena original y mucha. Esta discusión nos devuelve al punto principal: “hipótesis sobre largos procesos de aculturación y sincretismo; en los polos extremos se ha tratado como nativo lo ajeno o como ajeno lo autóctono”. Esa diferencia. Lo que no es nosotros, es autóctono.

Sin embargo, como dijo Carlos Montemayor en su libro La literatura actual en las lenguas indígenas de México: “Es necesario recordar que México es también el alma de esos idiomas. Que en nosotros fluye una sangre que en sus sueños y recuerdos aún puede reconocerse en esas profundas palabras. Hemos sido injustos con ellos. Sé que esas culturas, esos pueblos, esos idiomas profundos y nítidos, son los que mejor podrían decirnos ahora qué es México, qué no hemos aún descubierto de nosotros mismos”. De ahí la importancia de esta labor hecha por Elisa Ramírez Castañeda y por editorial Pluralia, pues esta antología -que incluye material recopilado por antropólogos, viajeros, lingüistas, folkloristas- nos permitirá revalorar nuestra posición al respecto de esta tradición oral. Estamos ante una obra antropológica, un acervo y un ejercicio de responsabilidad histórica. ¿Cuál es la diferencia que marca el propio investigador a la obra? ¿Qué de él mismo se transmite? ¿Qué calidad o carácter se toma en cuenta de los relatos? Pues como bien dice Ramírez Castañeda en la introducción: “Todo texto es la combinatoria de quien narra y quien escucha. Además de la sensibilidad del investigador, su habilidad para relacionarse y entender una cultura distinta a la suya, tenemos al indígena que tiene una historia de relaciones asimétricas con el exterior, y que marcan su disponibilidad y deseo de contar o el privilegio y mandato de callar”.

La serie Tradición oral indígena mexicana está compuesta por cuatro volúmenes. En el primero de ellos se abordan los mitos de distintos ciclos con los que se pretende “mostrar la enorme similitud entre en lugares distantes y lenguas distintas”. El segundo está dedicado a los “héroes”, mediadores entre lo humano y lo divino. Relatos en los que, como dice en la contraportada, se “explica cómo se legitima, ordena, norma y funda la humanidad y sus pueblos”. Los cuentos de los dos últimos volúmenes son, los primeros, reivindicados como propios -y contados como si lo fueran en todas las lenguas del país- y los últimos muestran aquellos que se han adoptado como propios. Dioses, reyes, nativos, nahuales. Ayudantes mágicos, proezas extraordinarias. Conejos, coyotes, tlacuaches, tigres. Todo eso, y todo esto, somos. Soy. Eres.

 

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Jonathan Minila

Jonathan Minila

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