¿Te importa comer solo? / Minutas de la sal - LJA Aguascalientes
31/01/2023

“[…] porque para andar conmigo

me bastan mis pensamientos”
Lope de Vega

 

Hace unos días, en la red, le di clic a una nota de El País que informaba sobre el fenómeno del Mukbang. De clic en clic, llegué al documental realizado por Charles Duboc (en inglés, pero subtitulado). El Mukbang es un grupo de jóvenes que transmiten su programa casero en la red. No, no son cantantes o strippers, tampoco predicadores ni comentaristas de modas o deportes. Dichos programas son de comedores, tal cual. No se debe confundir con un video de cocina ni tampoco con el típico programa de chefs. Aunque el Mukbang tiene sus variantes, la esencia es la misma: alguien se transmite comiendo, en vivo, mientras un chat da acceso a los fans para “charlar” con el comedor. Algunos de estos personajes viven de las donaciones de sus seguidores, lo han hecho un estilo de vida. Por lo que vi, cada transmisión tiene entre 400 y 900 seguidores. Los más compran la comida hecha, algunos en cantidades gargantuescas. Otros primero cocinan lo que comerán mientras bailan disfrazados y gesticulando a más no poder. Este mundo es exclusivo, por el momento, de los surcoreanos, de quienes se dice aportan las mejores curiosidades y extravagancias en la red. Lo dudo, pues creo que la red dejó de tener nacionalidad hace tiempo, salvo por el idioma; cuando los subtítulos no nos ayudan, la red es la mismísima Babel.

Lo que hay detrás de este fenómeno tiene dos caras: la de la caricatura Manga, ese atreverse de los jóvenes, y por supuesto, la comida. Pero la otra cara es el lado oscuro de la luna, que aquí sí ha de ser de queso; es más perturbador. Por ahí asoma la connotación sexual, un mundo de fetichismo y otras perversiones que no trataremos en esta minuta. Tampoco quedan fuera los desórdenes alimenticios que afectan a sus protagonistas y, supongo, a los anónimos seguidores. En este documental se habla del sobrepeso con el que tienen que lidiar, unos haciendo ejercicio; aunque otros permanecen delgadísimos, como por arte de magia o bulimia. Ésta es otra historia, me limitaré a una de las explicaciones sobre el éxito del Mukbang: muchos lo ven porque no les gusta comer solos.

Y a ti, ¿te importa comer solo? Supongo que muchos dirán que pueden hacerlo, pero prefieren comer en compañía; otros admitirán que les resulta casi imposible comer en solitario. Es pasable hacerlo en casa o en la protección del cubículo de trabajo, pero ¿cuántos irían a un restaurante a comer solos? Llegar y pedir: una mesa para… uno. Por otro lado, ¿cuántos dedicarían unas horas en su casa a guisarse, a poner un lugar en la mesa y a sentarse, sin tele de por medio ni radio ni celular, y comer lo guisado?

En la calle, si tenemos que comer solos, preferimos comprar algo que se coma fácil, mientras caminamos, u optamos por el puesto donde estemos de pie. O bien, sentados en una mesa compartida, con otros solitarios, como mesa de posada medieval. Así comemos en solitario grupal. Todos conocemos a alguien que prefiere saltarse la hora de la comida con tal de no comer solo. Además, a más de uno le llamaría la atención ver a un comensal solitario en su local preferido; la expresión no es ajena: pobre, está comiendo solo.

No lo niego, me gusta comer con gente, sobre todo cuando se trata de una ocasión especial, para disfrutar y platicar. Los mejores momentos ocurren frente a una mesa. Aunque me ha tocado, más de una vez, detectar a algún comensal absorto en la pantalla de su celular, aislado del grupo, inmerso en otro grupo de otro mundo, el digital. A lo mejor estaba al pendiente de una transmisión de Mukbang. Es curioso, también he visto mesas con gente que come acompañada, pero que no cruza una sola palabra, con cara de “ya merito terminamos y nos vamos”.

Pareciera que nos quedamos atrapados en una época remota en la que íbamos al río a tomar agua o comíamos las semillas encontradas, absortos, pelando la cáscara, mientras un vigía ayunaba pendiente de que ningún depredador llegara a mermar nuestra manada. Comer solo tal vez equivaldría a ir al río en solitario, con toda la inseguridad a cuestas, esa misma que sienten muchos al comer solos. En el restaurante, se sienten observados, y en casa se sienten, pues, solos. Si alguien dice que odia comer solo porque se aburre, cuidado, si no se entretienen con ustedes mismos, preocúpense. La verdad, la vida es tan vertiginosa que pocos son los momentos de quietud, que no es lo mismo que la aburrición. La quietud es ese momento en que uno puede quedarse consigo mismo, con sus pensamientos, sin que nada ni nadie nos interrumpa.


La quietud a veces es sentarse frente al plato, ensimismarse en la masticación, en los sabores que detecta el paladar, en la contemplación de lo dispuesto, sus colores y texturas, para acaso evocar otras. Masticar, cortar, aderezar y observar el entorno.

Lo admito, a veces, cuando estoy sola, como cualquier cosa frente al monitor o preparo una charola y me siento frente al televisor. Pero otras veces pongo mi mantel y mis cubiertos, me sirvo y me quedo observando todo lo que me rodea mientras escucho el silencio de la casa. Nunca sé qué voy a pensar, qué ideas o recuerdos vendrán a mi mente, o si retomaré lo que estaba haciendo antes, el trabajo o la escritura. Verán, muchas de las epifanías que he tenido han sido comiendo en solitario.

Lo saben, me gusta la comida, no necesito comensales para complacer los sentidos. Pero prefiero comer con amigos, para intercambiar nuestras percepciones o simplemente platicar. Me gusta guisar para otros y verlos disfrutar, estar tranquilos, sin temor a que un depredador surja de un pan. Esto mismo, de vez en cuando, hay que hacerlo para uno mismo, en solitario: servirse o ir a donde nos sirvan nuestro plato favorito. Es un buen método para descubrir qué rostro tiene nuestro depredador imaginario, qué nos inquieta al estar con nosotros mismo.

Me preocupa que la gente se sienta sola, sobre todo la gente joven, y ocupen ver a una niña deglutiendo una maraña de tallarines mientras hace sonidos con la boca, quieta, frente a un monitor, al pendiente del número de seguidores que la ven manejar los palitos dentro de un platón, sorbiendo, masticando, devorando, mientras rostros desconocidos comen con ella, en el mejor de los casos. Esto me quita el hambre y desearía que los depredadores de otros tiempos no hubieran fallado en hacernos presas.

 


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