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miércoles, febrero 4, 2026

Caras vemos, riñones no sabemos / Minutas de la sal

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Y nada, todavía no me regresa el hambre. Aunado al calor, está el hecho de que tengo riñones de osito polar. Sí, me agarró una infección en las vías urinarias. Nada que un buen antibiótico no pueda erradicar. Pero me da fobia, pues hace unos años un bicho perverso se me trepó a un riñón. Mi umbral de dolor es alto, pero el del riñón es un dolor misterioso, como de quien va a parir un alien que exterminará a la humanidad. Lo más pavoroso es que las fallas renales, por muy minúsculas, terminan apagando al cuerpo todo. Y sí, el hambre se va: sabiduría del cuerpo que no tiene a mano sus potentes filtros para evitar que colapsemos.

Y nada, todavía no me regresa el hambre. Lástima, porque podría hablar de lo ricos que son los riñones bien guisados, y de lo complicada que es su elaboración. Dirán que debería hablar de ensaladas o frutas propias de la estación, pero ya lo hice hace un año, el año de la lluvia, estaba saludable como mango de manila. Ya ni siquiera puedo hablarles de cuan sano es tomar agua, porque ya lo hice en una mínima campaña para dejar de ser un país “chesquero”. Prefiero contarles sobre mi obsesión con los riñones, provocada por el miedo, y que me lleva a examinar mi orina todos los días. La verdad todos deberíamos hacerlo; así como en las épocas antiguas los nobles tenían a su médico de cabecera que recolectaba el líquido amarillo en una especie de matraz, para observarlo a contraluz.

No pongan cara de asco, esto era la uroscopia, que es el origen de la urología y la nefrología. Esta ciencia incipiente dictaba que se debía oler, observar y hasta probar la orina del paciente en turno. Hay hermosos grabados de la clasificación de la orina, como curiosas ruedas cromáticas. Esta guía era conocida como rueda de uroscopia. Sí, se buscaba detectar algo inusual en la orina. Su origen se remonta a Egipto, Babilonia y la India. Claro, los diagnósticos eran simples aproximaciones; nada que ver con los exámenes rigurosos y precisos de nuestros laboratorios modernos. Me imagino que la uroscopia funcionaba con el típico “prueba y error”, como muchos aspectos de la medicina. Era el único medio para detectar dolencias sin la tecnología actual. Aunque hoy en día, observar la orina también sirve para guiar el diagnóstico, o por lo menos saber que algo anda mal.

Cada vez que me acuerdo de este curioso oficio, recuerdo un libro, Los vinos de Gala, publicado en los setenta. Sí, Gala, la amadísima de Salvador Dalí. Hojeé ese libro hace algunos años, estaba en la biblioteca de alguien; lo iba a utilizar como libro de consulta, pero, igual que me ha pasado con otros títulos, dudé de su contenido y la veracidad de la información. ¿Por qué? No porque fuera de Dalí y estuviera plagado de sus láminas surrealistas, sino por la guarda que había en esas pastas duras. En ese ejemplar pesado, grande y exhibicionista, algún diseñador ocurrente e ignorante tuvo a bien poner un grabado de un doctor contemplando la orina de no sé quién. Sí, era un grabado de uroscopia. Imaginé al ingrato o la ingrata pensando que el galeno era un catador, porque los matraces aquellos se parecen mucho a los mentados decantadores que sirven para airear el vino. No crean que descubrí el error por cultísima, más bien porque, como ya lo he dicho antes, soy adicta a todo tipo de iluminación, grabado y anexos del medioevo. Lo admito, reí con la tal guarda; la revisé una y otra vez. Me gustó imaginar a los refinados consumidores de tal libro dándoselas de sibaritas de la vid, ignorando los orines en tinta que guardaban los supuestos gustos de Gala y los cuadros imposibles de Dalí. Quiero creer que Dalí no vio ese libro ni aprobó ni desaprobó el mentado material gráfico; quiero creer que él, sobre todo él, hubiera descubierto la aberración. Aunque a la distancia, lúdicamente, puede ser que fuera un mensaje subliminal para no caer en el alcoholismo: mire, lector, el exceso de vino tinto, blanco, rosado o espumoso puede ser dañino para la salud. No sé, a lo mejor era una metáfora de que todo lo que se bebe se debe de evacuar. Siempre y cuando los riñones estén atentos y funcionales.

 

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