Opinión

Creaturas de Occidente / A lomo de palabra

Si hablamos de fama, Frankenstein, aquel montón de restos humanos revivido con electricidad y alquimia, se lleva de calle a su creador, el doctor Víctor Frankenstein; tanto ha sido así, que el monstruo originalmente anónimo terminó por expropiar al científico incluso su nombre, estandarte de identidad: hoy día en todo el mundo la voz Frankestein pertenece más a la creatura que a su artífice. Y Frankenstein es mil veces más famoso que la novela que lo engendró para el imaginario de Occidente: Frankenstein o el moderno Prometeo, obra publicada inauguralmente en 1818 sin que se diera a conocer el nombre de la jovencita que la había escrito, y luego firmada por ella, Mary Shelley, el apelativo de casada de Mary Wollstonecraft Godwin (1797-1851). Lo mismo podemos decir acerca del vampiro más célebre de nuestra tradición cultural, el conde Drácula, quien opaca a Drácula (1897), la obra que el irlandés Abraham Stoker (1847-1912) concibió y firmó con el pseudónimo Bram Stoker, un pen name más o menos conocido sólo después de la versión cinematográfica de Francis Ford Coppola. Pues, como Frankenstein y Drácula, el personaje Robinson Crusoe se ha erigido muy por encima del libro que le dio vida.

La producción textual del bien llamado padre de la novela inglesa fue exuberante; escribió en prosa y en verso, realidades y ficciones, reflexión y narrativa. Daniel Foe, quien debió de aparecer en este mundo en 1660 en Londres, usó a lo largo de su prolífica vida de escritor multitud de pseudónimos, no solamente aquel con el cual terminaría trascendiendo: Daniel Defoe. Muchísimos de sus alias le sirvieron para tirar pedradas y esconder la mano, porque Daniel fue vate travieso y activo panfletista. Hasta ahora se han descubierto 198 distintos pseudónimos con los que el creador de Robinson Crusoe polemizó en asuntos no sólo concernientes a la política de su época, también involucró su pluma en pleitos sobre religión, psicología, criminalística y hasta fenómenos paranormales. A tinta batiente, Daniel esgrimió batallas siendo Anglipolski of Lithuania, the Man in the Moon, Penelope Firebrand, Sir Fopling Tittle-Tattle, Nicholas Boggle…, así que en 1719, cuando salió a la venta su libro más célebre, ¿cómo habría de entenderse aquello que se afirmaba en el título, que lo había escrito nada menos que el mismo protagonista de la obra?: Vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe, marinero de York, que vivió veintiocho años solo por completo en una isla deshabitada en la costa de América, cerca de la desembocadura del gran río Orinoco, tras ser arrojado a tierra en un naufragio en el que perecieron todos los hombres menos él. Con un relato de cómo al fin fue extrañamente rescatado por piratas. Escrito por él mismo. ¿Ficción? ¿Realidad? Vale recordar que Defoe había para entonces ya publicado The Storm, texto primigenio del periodismo moderno. En noviembre de 1703, con furia apocalíptica, un huracán le pegó a Inglaterra; a su paso dejó destrucción y miles y miles de muertos. Defoe y su familia sobrevivieron al percance y él, en uno de sus repetidos baches económicos, se puso a escribir un relato pormenorizado de lo sucedido, echando mano para ello tanto de su propia experiencia y capacidad de observación, como de más de medio centenar de testimonios de hombres y mujeres de toda Inglaterra. Él y su impresor invirtieron en la empresa con la esperanza de que el mercado estaría ávido de conocer lo ocurrido y habría ganancias. The Storm salió de prensa a principios de 1704, y aunque desafortunadamente el libro no se vendió nada bien, sin saberlo Defoe había inventado un nuevo artefacto textual –the world’s first instant book, según John J. Miller-, el reportaje testimonial. The Storm se refería a un evento ocurrido realmente, a un suceso padecido por todos y entreveraba relatos de gente de carne y hueso con nombres y apellidos. ¿Entonces, Defoe era un realista? Bueno, juzgue usted: al año siguiente, 1705, publicó una serie de historias sobre un hombre que viajó a la Luna.

El mismo año que salió a la venta la edición príncipe de Vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe…, Charles Gildon (1665-1724) publicó un panfleto –Robinson Crusoe Examin’d and Criticis’d– en el que sostenía que la historia del náufrago no era más que una fábula absurda, un invento del “cerebro prolífico” de Defoe, por lo demás, plagada de inconsistencias. Gildon reclama a Defoe, con quien traía ya pleitos previos: Crusoe no es una persona histórica, es un personaje –he is a Creature of your making, and not of God’s-. Por supuesto, Gildon tenía razón…, independientemente de qué tanto se haya inspirado Defoe o no en la historia del marino, éste sí de carne y hueso, Alexander Selkirk (1676-1721). Si entonces el alegato de Gildon no le hizo mella al éxito de Robinson Crusoe, hoy la veracidad de la historia del náufrago a nadie importa un comino: esté anclada o no en una realidad histórica, la historia del hombre que vivió ocho años, dos meses, y 19 días en una isla desierta y se las arregló para no morir ni de hambre ni de sed ni de soledad, es desde hace mucho una de las narraciones que dan cierta unidad cultural a Occidente, y por ello, desde hace más de tres siglos ha sido narrada tantas veces y con tantas variantes…, como la de Julio Cortázar, en la cual, decíamos, metió tanta tijera que además de traducción resultó siendo una traición… Y de nuevo, ahí será para la siguiente…



 

@gcastroibarra

 

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Germán Castro

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