05/07/2020


Soñada desde la fragua de una conflagración melódica, la ciudad de la poesía descansa junto al cerro del muerto. Su horizonte es un homenaje al atardecerse de todos los días; cuando los colores se asfixian del último espasmo y centellean en un pentagrama de albores, pintando con los últimos fulgores del cielo la partitura del atardecer. Y en incendios de colores se propaga la lejanía del sol, mientras el viento vuela entre las calles menores.

Algunos dicen que acaso sea del cerro del muerto de donde se encienden los ocasos, que es un gigante antiguo que ahora duerme y de quien solo somos sueños. Lo cierto es que la métrica del viento, el brillo eléctrico del cielo, el níveo candor de las difusas nubes, el florecerse policromo de sus días y lo sencillo de sus calles, se suceden en una guirnalda de luces, y le confieren al crepúsculo la solemnidad del preludio al último fuego ante la oscuridad; una última llamarada relampaguea en el firmamento, y la luz, cálido resplandor, se impregna en la paciencia de la ciudad de la poesía.

Esta ciudad, que recibió su nombre del hervor subterráneo de la tierra, borboteó de entre lo semidesértico como un pequeño latido industrial. Sus cuatro barrios primigenios fueron diseñados para la calma de la noche, esquemas gramaticales que enuncian el andar del caminante entre la música de la cantera y el holgar de las palomas. Un viento suave recorre sus paisajes desde lo adusto del recuerdo, arrastrando consigo los destellos metálicos de las campanas que anuncian lo cercano de un jardín.

En silencio, a veces en la calma de un respiro contenido es posible escuchar el silencio de los sueños. A veces son ancianos que llevan a los hijos de sus hijos a la escuela y surcan el asfalto con la gracia de las rótulas gastadas. A veces son fugaces juventudes que reducen la cartografía a la velocidad del desafío. A veces son difusos navegantes sin camino ni destino ni tensión. A veces son viajeros trotarrumbos, a veces solo es viento, a veces no es nada. Silencio. Bicicletas en silencio.

Cuando algún extraño llega a distraerse con la arquitectura autodidacta de sus calles, las palabras de sus habitantes pueden salir a su encuentro, desmoronándose en palabras los recuerdos de alguna época dorada; el brío estridente del ferrocarril; el comercio cantariego del mercado; la ruta adormecente del urbano; el éxtasis caleidoscópico de la feria; los químicos neones del hedor de las violetas; la pompa y circunstancia de la casta política; la convención de hace ya muchos años; el vandalismo lingüístico de los grafitis; la fragancia musical que habita en las jacarandas; los estudiantes que venden sus libros usados; el aroma acostumbrado de la guayaba; la exageración de antros y semáforos; las sillas que descansan sobre algunas banquetas; la muerte grabada para el gusto popular. Y todo se deshila del institucional baile descarnado; del cronométrico hábito hacia el desenfreno; de un pueblo que a pesar de todo nunca forjó una identidad; solo un alcohólico desinterés por la cultura; solo un ansia desesperada por imponer el orden y el progreso; solo una tierra de extraños; un territorio en común; una ciudad de apariencias y conocidos todos entre sí. La ciudad de la poesía.


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