Arena y fútbol / Taktika - LJA Aguascalientes
17/01/2022

 

Canberra, Australia. 31 de marzo de 2015. Dirigiéndose a la élite militar y diplomática de las antípodas, el comandante de la flota estadounidense en el Océano Pacífico, Harry Harris, se dice “preocupado” por la reclamación de tierra conducida por China. Para el marino norteamericano, “China está construyendo un gran muro de arena” en las islas Spratly.

Zúrich, Suiza. 29 de mayo de 2015. A pesar de la detención de funcionarios de la FIFA, a solicitud del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, por presuntos actos de corrupción, su presidente, Joseph Blatter, gana la elección que le da un quinto mandato consecutivo al frente del organismo rector del fútbol internacional.

Las escenas arriba descritas sirven como introducción al presente artículo, el cual muestra que la contraofensiva del águila calva estadounidense contra sus rivales geoestratégicos, el dragón chino y el oso ruso, se mueve en varios frentes.

Hay tres regiones del globo terráqueo en donde los Estados Unidos no puede permitir la hegemonía de otra nación: el Golfo Pérsico, Asia nororiental y el mar del Sur de China. Es precisamente esta última región donde el auge económico de China y su creciente poderío aeronaval son una mezcla peligrosa para los intereses norteamericanos, pues “esta combinación amenaza de facto la independencia de otros estados asiáticos” (Kaplan, Asia’s Cauldron, Random House, 2014, pp. 40).

Para Beijing, el mar del Sur de China es, en las palabras de Mingjiang Li, un “escudo natural” para su región sureña. Además, le proporciona una serie de puestos de avanzada y actúa como un “factor de restricción” ante los Estados Unidos. Finalmente, socava a los dos grandes bastiones estadounidenses en la zona: Japón y Taiwán.

Por ello, China, desde el año pasado, está bombeando arena sobre los arrecifes de coral, los cuales son revestidos con concreto para aumentar el tamaño de los atolones en las islas Spratly, las cuales también son reclamadas por las Filipinas, Vietnam y Taiwán. Asimismo, los chinos han incrementado la presencia de sus efectivos aéreos y navales en la zona.

En un claro mensaje al liderazgo yanqui, el Global Times, rotativo ligado al Partido Comunista chino, escribió en su editorial que “si el objetivo final de los Estados Unidos es que China tenga que detener sus actividades, entonces una guerra China-Estados Unidos es inevitable en el mar del Sur de China”.

Ni tarda ni perezosa, el águila calva norteamericana comenzó a dar picotazos: el 30 de mayo, desde Singapur, el secretario de Defensa, Ashton Carter, dijo que China estaba “en desacuerdo con las normas internacionales”. El precitado funcionario, durante su visita a Vietnam, mencionó, en una velada amenaza para Beijing, que “los Estados Unidos y Vietnam están trabajando juntos para asegurar la paz y la estabilidad en esta región y más allá”.

Por último, el lunes 1 de junio, el presidente Barack Obama urgió a las potencias regionales, en especial China, a respetar el derecho internacional y evitar “dar codazos” y “empujar a la gente”.

En otro frente de batalla, los angloamericanos lograron un desquite parcial contra su “coco”: el presidente de Rusia, Vladimir Putin, pues en 2010 Rusia ganó la elección para ser sede de la Copa Mundial de Futbol. En aquella ocasión la delegación británica, la cual incluía al príncipe Guillermo y al edil de Londres, Boris Johnson, fue humillada pues sólo logró dos votos.

La visita del ahora fracturado John Kerry a Rusia fue parte de la cortina de humo tendida por Washington y Londres: Putin hizo una llamada al primer ministro británico, David Cameron, para “felicitarlo por su logro electoral”. La razón es simple: Moscú sabe, desde que los tiempos de Josef Stalin, que a pesar de su relativa irrelevancia, “Gran Bretaña tiene un rol único en los asuntos internacionales” (M.K. Bhadrakumar dixit).


La embestida angloamericana continúo cuando el 27 de mayo la justicia suiza detuvo, a pedido de los estadounidenses, a varios burócratas de la FIFA acusados de sobornar a los delegados para lograr los votos necesarios para asegurar las candidaturas de Rusia y Qatar a los Mundiales de Fútbol de 2018 y 2022 respectivamente.

Putin vio claramente la intención angloamericana: el ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia declaró que los eventos en Suiza eran “una aplicación extraterritorial e ilegal de las leyes estadounidenses”.

Ésta no es la primera vez que la Unión Americana trata de evitar que Rusia organice el Mundial de Futbol en 2018. En marzo del año en curso, un grupo de senadores norteamericanos pidieron formalmente a la FIFA que Rusia no fuera la sede.

Si alguien duda de los motivos geopolíticos detrás de la detención de los funcionarios de la FIFA, les recomiendo leer la colaboración del alcalde de Londres, Inglaterra, Boris Johnson, quien admite que “Tú y yo nos podremos regocijar en la noción de que Gran Bretaña y la Unión Americana triunfen… pero no todo el mundo lo ve de esta manera; no a todos gusta la idea de un imperio angloamericano” (Daily Telegraph 31/05/2015).

Así es estimado y paciente lector: la lucha geoestratégica entre los Estados Unidos, por un lado, y China y Rusia, por el otro, se extiende desde los asoleados atolones del mar del Sur de China hasta las corruptas y elegantes oficinas de la FIFA, en Suiza, en donde al momento de redactar estas líneas, su presidente, Joseph Blatter, dimitió.

Aide-Mémoire.- Proyecto Habesha busca, desde la sociedad civil, recuperar la tradición de asilo que diera lustre a la diplomacia mexicana.


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