Opinión

Dorada oscuridad / A lomo de palabra

Gente que viene y que se va;

la que más tarda en irse: aquella

en cuyas venas se pasea

una dorada oscuridad.

Nikolai Gumiliov, Leopardo.

Máximo Gorki llegó apresurado a Moscú en busca de la única persona en el mundo que tenía el poder para evitar la desgracia. Lenin lo recibió, lo escuchó e incluso accedió a firmar la orden para que la Checa, la primera policía secreta soviética, liberara al poeta Nikolai Gumiliov. Corría la segunda mitad de agosto de 1921. Sin dilación, Gorky, patriarca del Realismo Socialista, partió de vuelta a Petrogrado. Llegó tarde: el día 24, Gumiliov y otros 98 intelectuales rusos habían sido fusilados. Su delito, haber participado en la llamada Conspiración Tagantsev. Desde entonces, la poesía de Gumiliov fue prohibida en la URSS. Ocho décadas más tarde el poder soviético admitiría oficialmente que ni Gumiliov ni nadie habían participado en complot terrorista alguno; todo había sido completamente fabricado.

 

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Alexei Yurchak nació en un Estado que ya no existe. Se graduó como físico en Rusia. Luego emigró a Estados Unidos y se dedicó a estudiar otra cosa. En 1997 se doctoró en Duke en lingüística y antropología sociocultural. Yurchak, hoy docente en la Universidad de California en Berkeley, es autor de Everything Was For Ever, Until It Was No More (Princeton University Press, 2005), un ensayo que explora el colapso de la Unión Soviética desde el punto de vista de la última generación de sus ciudadanos, “con el encuadre puesto en las relaciones de esa gente con la ideología, la producción discursiva y los rituales, y en los múltiples significados imprevistos, comunidades, identidades e intereses que tales relaciones permitieron emerger”. En su libro, Yurchak rescata un recuerdo de Ianna, una mujer nacida en 1958 en Leningrado -Petrogrado en 1921, hoy San Petersburgo-: “Para mí, la perestroika comenzó la primera vez que Ogonek -revista literaria del Estado soviético- publicó unos pocos poemas de Gumiliov”. Ianna había leído mucho antes esa poesía en copias clandestinas hechas a mano, pero jamás se había imaginado que pudiera ser publicada en la prensa oficial.

 

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En 1961 a Vasili Grossman le dijeron que, por ser peligrosa para la URSS, Vida y destino, su novela recién terminada, no podría ser publicada en los próximos trescientos años. Quien sentenció fue nada menos que Mijaíl Súslov, ideólogo de cabecera de Nikita Krushchov, el entonces mandamás supremo soviético. Grossman tuvo todavía ánimos para acabar otra obra maestra, Todo fluye (1963), que también fue censurada. Al año siguiente, el cáncer mató al novelista. Falleció sin saber si sus novelas algún día serían leídas. La URSS dejaría de existir menos de treinta años después. No tuvieron que pasar tres siglos para que pudiéramos leer en Todo fluye: “En 1917 se abrió ante Rusia el camino de la libertad. Rusia escogió a Lenin… Y sin embargo toda la historia de Rusia obligó a Lenin, por extraño y grotesco que esto pueda parecer, a conservar la maldición de Rusia, el vínculo entre el desarrollo y esclavitud”.

 

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La infraestructura determina a la superestructura. Marx estableció el orden: “El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, político y espiritual en general” (Prólogo a Contribución a la crítica de la economía política). En una novela, Grossman contradice: “Marx, el más grande marxista Lenin, y el gran continuador de su obra, Stalin, establecieron como primera verdad de la doctrina revolucionaria la primacía de la economía sobre la política. Sin embargo, en la base del Estado creado por Lenin y construido por Stalin estaba la política y no la economía”.

 

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Yurchak recuerda sus propias experiencias durante el umbral del colapso soviético: “Primero Eugenia Ginzburg, después Solzhenitsyn, luego Vasili Grossman. Grossman fue el primero en sugerir que el comunismo era una tipo de fascismo. Eso jamás se me había ocurrido antes… Me recuerdo leyendo tumbado en un sofá en mi habitación y experimentando intensamente la sensación de que una revolución estaba ocurriendo a mi alrededor”.

 

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Grossman identifica las raíces profundas del stalinismo: “El desarrollo ruso ha revelado una extraña naturaleza: se ha confundido con el desarrollo de la falta de libertad”. En Todo fluye, no sólo explicita un parentesco entre el fascismo y el comunismo ruso, sino que señala en este último el origen: “La síntesis leninista entre ausencia de libertad y socialismo aturdió más al mundo que el descubrimiento de la energía atómica… Ahora ya no era Rusia la que embebía el espíritu libre de Occidente. Era Occidente el que miraba con ojos fascinados el espectáculo del desarrollo ruso avanzando por el penoso sendero de la esclavitud… ¿Había pensado alguna vez Lenin mientras hacía la Revolución que no sólo Rusia no iba a seguir los pasos de la Europa socialista sino que además la esclavitud rusa escondida en ella iba a traspasar las fronteras y a convertirse en la antorcha que iluminara las nuevas vías de la humanidad?”

 

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Everything Was For Ever, Until It Was No More. Yurchak explica la situación paradójica que se vivió en la URSS a finales de los años ochenta del siglo XX: “aunque el colapso del sistema soviético era inconcebible antes de que comenzara, cuando sucedió no resultó sorpresivo para nadie”. ¿Cómo fue posible que “a pesar de lo abrupto del cambio parecía que todo el mundo estaba preparado para ello”? Cuando narró la época de subyugación sistematizada que consiguió instaurar Stalin, quizá Grossman vislumbró la respuesta: “La libertad se iba realizando a despecho del genio de Lenin, creador inspirado del nuevo mundo; se iba realizando porque los seres humanos continuaban siendo seres humanos”.

 

@gcastroibarra

 

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Germán Castro

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