Cultura

Sobre la Otra máscara de Esperanza, por Jonathan Minila

El 1 de diciembre de 1958 Adolfo López Mateos tomó posesión como presidente de México. El panorama, como parece serlo siempre en este país, era de gran inestabilidad. Aquel año estallaron cientos de protestas. Fue una explosión de manifestaciones. Hubo huelgas de ferrocarrileros, maestros, universitarios, petroleros, telegrafistas y burócratas. Todo esto mientras se realizaban las campañas y las elecciones para la sucesión presidencial. Ese año fue, antes que 1968 -que representó la explosión de la clase media y del uso de la represión como política de Estado-, el verdadero año axial, año eje. En 1958 se comenzaba a agotar el impulso revolucionario y comenzaba el ciclo de la burocratización que hoy -y desde entonces- nos asfixia. Adolfo López Mateos, quien como secretario del Trabajo y Previsión Social del gobierno saliente de su tocayo Ruiz Cortines había instrumentado la “nueva” política laboral del régimen, llegó al poder.

Gobernó hasta noviembre de 1964. Durante su gestión se construyó el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE); se rompieron relaciones diplomáticas con Guatemala; se crearon el Museo de Arte Moderno, el Museo de Ciencias Naturales y el Museo de Antropología; se construyeron unidades habitacionales en la delegación Magdalena Contreras; se fundó la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos (Canaliteg), etcétera. Números, cantidades… la idea del poder, espejismos del buen gobierno.

Fue quizá el último presidente popular de México. “El último presidente priista ‘querido’, si no es que el único”, según una nota publicada por Soledad Loaeza en la revista Nexos en el año 2009 -cuando ya el gobierno priista había caído y estaba a punto de regresar, con la terrible gestión que sigue hasta ahora-. “La amplia sonrisa, los brazos siempre abiertos y el aire de franqueza que lo acompañaban, despertaban confianza inmediata”. Sin embargo, detrás de esta imagen emblemática está también la de aquel joven que falsificó su acta de nacimiento para poder tener la edad requerida por el concurso anual de oratoria del Universal. Un hecho simbólico, gravemente simbólico, que impulsa su carrera política a pesar de haber quedado en segundo lugar. Se tituló como abogado en 1934 y tres años después comenzó a trabajar en la Secretaría de Gobernación. Isidro Fabela lo nombró director del Instituto Científico y Literario y después lo nombró candidato a la senaduría federal suplente por el Estado de México, y en 1946 él mismo, Isidro Fabela, le heredó su lugar en el Senado de la República. En los años 50 comenzó a estrechar relaciones con el también entonces senador, esclavo ya del poder priista, y por desgracia su futuro sucesor en la presidencia de la República y a quien todos recordamos como uno de los símbolos de la desgracia para este país: Gustavo Díaz Ordaz.

Fue durante estos años, en 1951 -cuando López Mateos era senador-, que sucede un dramático acontecimiento. Su hermana Esperanza muere en su domicilio ubicado en la avenida Coyoacán. Un supuesto suicidio que ha quedado siempre en entre dicho. ¿Esperanza López Mateos se suicidó o fue asesinada?

En su novela Otra mascara de esperanza, publicada recientemente por Editorial Océano, la escritora y profesora Adriana González Mateos aborda este suceso y profundiza en él. La hermana incómoda del priista que años después se convertiría en presidente de la República, y que también recordaríamos por su faceta como represor -enfrentó la huelga de los ferrocarrileros cesando a miles de trabajadores y encarcelando a los líderes del movimiento. Reprimió movimientos magisteriales y de telefonistas, que pedían aumentos salariales. Encarceló al muralista Alfaro Siqueiros, acusado de participar en un atentado, etcétera-, la hermana de Adolfo López Mateos, decía, pudo haber sido asesinada. A diferencia de su hermano ella fue una aclamada defensora de los mineros de Nueva Rosarita y Coahuila, postura que tal vez pudo ser la causa de su muerte. ¿Sería así?

En su novela, narrada de forma precisa, Adriana González Mateos nos guía por el posible asesinato de esta mujer que ella misma ha definido como inteligente, bella, activa, comprometida y luchadora social. Por una parte, y partiendo de hechos comprobados, sigue las versiones oficiales, aunque también desmigaja, llevando al lector por los caminos de la novela negra, dos hipótesis: Esperanza -también cuñada del fotógrafo de cine Gabriel Figueroa y traductora del misterioso escritor B. Traven- quizá fue muerta por los mismos que reprimieron de manera violenta la huelga de los mineros, quienes encabezaron una marcha en la Ciudad de México.

Las fechas coinciden:

El 9 de marzo llega la caravana minera a Saltillo y un día después hacen su entrada del monumento de los Indios Verdes, por Reforma, hasta el Zócalo. El 10 de marzo los albergan en el Deportivo 18 de Marzo en Lindavista. El 10 de abril de 1951 protestan frente a la Suprema Corte de Justicia de la Nación por fallar a favor de la empresa. Aquel día hay más de 60 lesionados en el choque con la policía y muchos detenidos. La propia Adriana González Mateos dice en una entrevista: “Una vez que se declaró ilegal su movimiento y los huelguistas fueron derrotados, les pidieron que se regresaran a Coahuila y los mandaban en un tren para ganado. Ellos, con razón, se sintieron insultados y lograron irse en autobuses. Pero, misteriosamente, esos trenes con ganado, en donde debían ir, se volcaron”. Sólo cinco meses después Esperanza López Mateos es muerta en su propia casa.

La segunda hipótesis que explora Adriana González Mateos es que desde la esfera de la política se haya ordenado su desaparición. Así lo dijo recientemente para el periódico Excélsior: “Cuando muere, su hermano Adolfo es senador y un año después será nombrado secretario del Trabajo en el gabinete de Ruiz Cortines. Es un político en ascenso, identificado con el régimen y con don Isidro Fabela, el fundador del grupo Atlacomulco. Y en ese momento aparece una persona incómoda para quien sería presidente del país de 1958 a 1964. Tener una hermana radical habría sido un poco conflictivo. Pero de ahí a decir que ellos la asesinaron, no lo puedo comprobar. Pero ese es el ambiente de sospecha que se vivió”.

Marco Tulio Aldama, personaje que en la novela Otra mascara de Esperanza es el agente del Ministerio Público encargado de investigar la muerte, se enfrenta al misterio que representa no sólo la muerte de esta mujer, sino toda su vida.

Es hija Elena Mateos. Su fe de bautismo está fechada el 19 de enero de 1907 en San Cosme, Distrito Federal. Sobre quién fue su padre no hay un certeza clara. Según una anécdota narrada por Gabriel Figueroa en sus Memorias sugiere que su verdadero padre es Gonzalo de Murga y Suinaga. Dice que éste tuvo una hija con una “aristócrata inglesa”, que se separó de ella y que encomendó esa niña a Elena Mateos, quien la llamó Esperanza. Otra versión más dice que en realidad, al igual que su hermano, era hija de ambos, de Gonzalo de Murga y Suinaga y de Elena Mateos.

Lo mismo que su muerte, su origen parece un enigma, y su vida misma.

Además de activista políticasindicalista, Esperanza López Mateos fue traductora y agente literaria en América Latina, desde 1941 hasta su muerte, del también misterioso escritor alemán B. Traven. Adriana González Mateos también aborda esta faceta de Esperanza y la mezcla en el secreto general de su vida. Ella sí conoció a aquel hombre que adoptó a México como su casa y que no dejaba verse por nadie. Ella hablaba con él, lo visitaba. Y enfrenta a Marco Tulio Aldama al entrecruce de realidades que exploraba la hermana de Adolfo. Quizá ella misma, Esperanza, haya sido B. Traven:

“—¡Mira!

Señaló una nota principal.

MURIÓ B. TRAVEN

Aldama Alzó los ojos sin entender, pero ella enarcó las cejas para urgirlo a seguir. No le quedó más remedio que leer unos párrafos que daban la noticia de la muerte de Esperanza López Mateos, quien en vida había firmado sus novelas con ese seudónimo.

—Como ayer no te apareciste en todo el día, hablé al periódico. Me pusieron en contacto con un tal Antonio Rodríguez, un reportero que hace tres o cuatro años publicó una serie de artículos para probar que Esperanza era Traven.

—Me suena vagamente, pero no sé nada. ¿Quién es Traven?

[…]

—Es lo que dice Rodríguez. Según él, las novelas tienen que haber sido escritas por alguien que conoce México, no por un alemán, que es dizque la versión oficial. Sobre todo, si el alemán no aparece por ningún lado, y en cambio todos los asuntos convergen en Esperanza: ella figura como traductora de los libros, cobra regalías, es su representante.”

Adriana González Mateos recrea, con una prosa muy limpia, un entrecruce de misterios que lleva al lector a internarse cada vez más en diversas posibilidades y explicaciones de la vida de quien fuera, en la realidad, su tía abuela. Explora también la posibilidad de que B. Traven haya sido padre de Esperanza y que éste se haya acercado a ella por esa razón; también aborda la relación que tuvo con Henry Schnautz, uno de los guardias de Trotsky, quien fue su amante y también se vuelve un elemento importante en el desarrollo de esta historia.

Sombras, entrecruces, misterios, muerte, vacío, silencio, lucha, protesta, represión literatura… con éstos y más elementos Adriana González Mateos nos regala una gran novela policiaca, que al mismo tiempo resulta un ensayo histórico donde tenemos la oportunidad de escuchar las voces de personajes tan entrañables para México como lo son Gabriel Figueroa y Salvador Novo.

Otra máscara de Esperanza fue publicada por Editorial Océano en enero de este año, en su colección Hotel de las Letras. Se encuentra en todas las librerías.

 

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Jonathan Minila

Jonathan Minila

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