Mis amigos imaginarios (¡y virtuales!) / País de maravillas - LJA Aguascalientes
19/05/2024

Soy entusiasta de Internet desde que me enteré de su existencia. Creo que lo primero que supe sobre páginas web fue gracias a Colors, una revista que leía a mediados de los años noventa (del siglo pasado, ay): en sus últimas páginas incluía un directorio de ONG, tiendas, proyectos artísticos y todo tipo de recursos que se relacionaban con el contenido del ejemplar en cuestión. Fue ahí donde empecé a notar que, junto con números de teléfono y direcciones postales, aparecían largas líneas de texto aparentemente sin sentido (al menos para mí no tenían sentido) que empezaban con “http”. Mi primo Marco, que estudiaba entonces en el Tec de Monterrey, me explicó lo básico: eran direcciones de sitios web, también conocidas como URLs, y para verlas sólo hacía falta una computadora con acceso a Internet. Incluso me prestó un libro sobre el asunto. El problema era que en casa no había conexión a Internet. De hecho, ni siquiera había computadora. Lo resolví fácilmente: mentí descaradamente para tener acceso al centro de cómputo en mi universidad, al que normalmente sólo entraban estudiantes de ingeniería. ¿Sabes usar Unix?, me preguntaron cuando fui a solicitar mi clave de acceso. , dije con todo aplomo, pero en cuanto se descuidó el responsable del centro apunté en mi cuaderno: “saber unix?” para preguntarle a Marco qué diantres era eso. Ya enfrente de las computadoras y sin el responsable del centro mirándome con desconfianza, apunté en mi cuaderno “¿cómo se prende esta cosa?”. Claro: nunca había estado frente a un aparato de esos y ni “alakazam” ni “sim salabim” ni “préndete, sésamo” funcionaron…

Con el tiempo, mucha perseverancia y la ayuda de mi primo y de algunas amistades que forjé en el centro de cómputo, no sólo aprendí a usar la computadora y a navegar por Internet: además, efectivamente le entendí un poquito al sistema operativo Unix y de paso le entré a programas de ingenieros como Autocad y otras cositas. Me volví expertilla, pues. Y me volví la gran entusiasta de Internet que sigo siendo.

Todo esto se los cuento porque creo que así será más fácil comprender el enojo que me agarra cuando escucho por ahí el comentario típico de Internet destruye la mente de los niños, o cualquiera de sus variantes. Aunque lo digan en el asiento de atrás del microbús o en la mesa de junto en el restaurante, me dan ganas de enfrentar al autor del comentario y explicarle que Internet es una herramienta nada más y que decir que es “mala” es como decir que un martillo es malo porque alguien lo use para destruir una estatua. ¿No se le usa también para construir un montón de cosas?

De acuerdo: en Internet hay montones de basura, sitios inadecuados no digamos para niños sino para cualquier forma de vida más o menos inteligente. Pero también hay muchos sitios web francamente geniales, donde los niños y niñas se pueden divertir y ejercitar su imaginación (por no hablar de los sitios educativos, que por hoy me brincaré porque ¡estamos en vacaciones!). Mi ejemplo favorito es Neopets (www.neopets.com), un sitio web de mascotas virtuales que lleva más de quince años en línea. De entrada, es una cosa muy simple: “adoptas” un animalito virtual y juegas jueguitos para juntar puntos. Con esos puntos compras comida, juguetes y ropita para tu animalito y ya estuvo. Pero más allá de esa premisa, lo que me gusta es que los animalitos virtuales que se adoptan, lo que comen y el mundo mismo en el que viven son una mezcla rara de nuestra cotidianidad y elementos fantásticos. Un poco como Alicia en el país de las maravillas. Así, por ejemplo, yo tengo a Pukisplanchis, un blumaroo azul, que es lo que tendríamos si combináramos un canguro y el oso hormiguero amigo de la Pantera Rosa (pero ternurito). A Pukisplanchis le gusta leer de todo (mucho de lo que gano en los jueguitos se va en libros para Pukisplanchis) y comer elotes con mayonesa pero también pizza de nubes o dedos de alien con borrita de ombligo.

En Neopets aprendí que si quiero comprar cosas caras, tengo que trabajar y ahorrar; pero que en cualquier momento puede llegar un hada a regalarme un muñeco de peluche mágico. ¡Eso no pasa en la vida real!, pueden decirme, a lo que yo responderé con entusiasmo: ¡Claro que no! ¡Precisamente eso es lo divertido!

Y también me ejercito un poco en la vida comunitaria: en sus partes buenas y en las otras. Es cierto que mucho de lo que sucede en internet hoy parece solamente una expresión de nuestras frustraciones y nuestros enojos más profundos. Pero no hay que olvidar que existen sitios como Neopets, que no son sustitutos de la vida afuera y nos permiten echar a jugar la imaginación de maneras nuevas.

 

 



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