Opinión

El rey desnudo / A lomo de palabra

 

Creo en la explicación más simple:

dios no existe. Nadie creó el universo

y nadie dirige nuestro destino.

Stephen Hawking

Un esperpento en oro macizo: más allá de la hoja de parra que le cubre exiguamente los genitales, el panzón anda desnudo. El poder en una mano y en la otra la vanidad: el cetro y un espejo. La pequeña escultura, facturada por la R.S. Owens & Company de Chicago, la misma empresa que produce la estatuilla de los Oscar, se entrega a quienes año con año son honrados con el Emperor Has No Clothes Award, un reconocimiento con el que la Freedom from Religion Foundation (FFRF) pretende celebrar a las figuras públicas que se atreven a hablar abiertamente de los prejuicios que acarrea a la humanidad el pensamiento religioso. El nombre del premio se refiere, claro, al celebérrimo cuento de Hans Christian Andersen (1805-1875). Publicado originalmente en 1837 –Kejserens nye Klæder, en danés-, El traje nuevo del emperador, como usualmente ha sido traducido al español, relata cómo un par de pícaros, Guido y Luigi Farabutto, le toman el pelo a un jerarca imbécil, convenciéndolo no sólo de que les compre un traje hecho con una tela mágica que únicamente pueden ver las personas inteligentes, sino también de que desfile por las calles de su ciudad luciendo aquel ropaje nuevo. El timo se propaga porque nadie entre el público quiere aceptar que no ve la tela mágica, hasta que por fin un niño se atreve a señalar lo evidente: “¡Pero si va desnudo!” De acuerdo a la FFRF, “la religión tiene una base imaginaria similar”.

El cuento de Anderson es una variación de un texto medieval, “Lo que sucedió a un rey con los pícaros que hicieron el paño”. Se trata del exemplo XXXII de El conde Lucanor (1330-1335), la antología de historias recuperadas y escritas por el infante don Juan Manuel, Príncipe de Villena (1282-1348). En este cuento, Petronio refiere al conde cómo tres rufianes engañaron a cierto rey oriental diciéndole que eran capaces de confeccionar “un paño que sólo podían ver aquellos que eran hijos de quienes todos creían su padre, pero que dicha tela nunca podría ser vista por quienes no fueran hijos de quien pasaba por padre suyo”. Tres siglos después, y más doscientos años antes que Anderson, Miguel de Cervantes (1547-1616) también escribiría una variación de este relato. En El retablo de las maravillas (1615), la materia del embuste curiosamente está ligada con la cuestión religiosa: Chanfalla y la Chirinos, una pareja de saltimbanquis dedicada al negocio del espectáculo de marionetas, sueltan la filfa de que en su retablo “ninguno puede ver las cosas que en él se muestran, que tenga alguna raza de confeso, o no sea habido y procreado de sus padres de legítimo matrimonio”. Es decir, venden su representación como un eficaz artilugio para filtrar a los cristianos viejos y legítimos del resto de la gente.

Fue en 1999 que se entregó por vez primera el Emperor Has No Clothes Award. En aquella ocasión, el galardonado fue el doctor Steven Weinberg (1933), destacado científico estadounidense y Premio Nobel de Física (1979). Meses antes de haber recibido la estatuilla del rey encuerado, Weinberg había asegurado durante una conferencia en Washington: “La religión es un insulto a la dignidad humana. Con o sin religión siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas. Pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión”. Unos años después, el también profesor de astronomía en la Universidad de Texas en Austin, publicó la ponencia A Designer Universe?, en la que recordaba que el escritor Mark Twain “describía a su madre como una persona genuinamente buena, con un gran corazón, capaz de sentir compasión incluso por el mismo Satanás, pero que no tenía ninguna duda sobre la legitimidad de la esclavitud, porque durante todos los años que vivió en Missouri antes de la guerra nunca había escuchado ningún sermón contrario a la esclavitud, más bien al contrario, innumerables sermones predicando que la esclavitud era la voluntad de Dios”.

En 2004, la Freedom from Religion Foundation otorgó su premio a un canadiense, el doctor Steven Arthur Pinker (Montreal, 1954). Estudió psicología en la universidad pública de McGill, en su ciudad natal, y luego se doctoró en la Universidad de Harvard (psicología experimental). Durante varios años, trabajó en el Departamento de Cerebro y Ciencias Cognitivas del MIT, institución en la que también dirigió el Centro de Neurociencia Cognitiva. A partir de 2003 se incorporó al cuerpo docente de la Universidad de Harvard. Pinker se ha especializado en el estudio de la cognición y el lenguaje, así como en psicología evolutiva, grandes campos sobre los que ha publicado varios libros de divulgación científica, muchos de ellos best sellers internacionales –The Language Instinct (1994), How the Mind Works (1998), Words & Rules: The Ingredients of Language (1999), The Blank Slate: The Modern Denial of Human Nature (2002) y The Better Angels of Our Nature (2011), por citar sólo algunos-. El día que la FFRF le entregó la escultura del ridículo emperador en pelotas, Steven Pinker ofreció una conferencia magistral, The Evolutionary Psychology of Religion, en la cual, entendiendo las creencias religiosas como un fenómeno presente en todas las culturas, intenta explicarlas en tanto una respuesta biológica… ¿Será que no admitir que el rey anda desnudo tiene una función en tanto mecanismo de adaptación?

 

@gcastroibarra

 

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Germán Castro

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