La adopción y los homosexuales / Cinefilia con derecho - LJA Aguascalientes
25/01/2022

A diferencia de mi colega José Luis Macías (columnista de El Heraldo), yo debo decir a priori: este artículo tiene por objeto defender la adopción gay, debo dejar muy claro (como ya lo he hecho en otras colaboraciones) que creo en la igualdad de las parejas homosexuales con las heterosexuales en relación a los derechos civiles: casarse, formar una familia, tener derecho a alimentos, al concubinato y por supuesto a la adopción; y esta defensa la asumo desde la trinchera jurídica pero también desde mi ideología católica. La resolución de la Corte es definitivamente un precedente interesantísimo en materia de derechos humanos, no se trata sólo de sus argumentos, sino de enviar un mensaje a la sociedad: nada ni nadie por encima de los derechos humanos.   

Leía también otra colaboración del compañero abogado Alan Capetillo, entre otros argumentos, dice que en igualdad de circunstancias en una adopción, se debe preferir a una familia heterosexual por encima de una homosexual en virtud de lo que denomina “diversidad de género”, es decir la necesidad de mostrarle a un menor dos referentes (hombre y mujer) y luego concluye que esto es mejor para su sano desarrollo, su interés superior. Yo buscaría, en igualdad de circunstancias, otros mecanismos más acordes con los derechos humanos, y es que ese criterio tiene un cierto tufo de discriminación, un argumento más (por pequeño o fundado que sea) para que los ultraconservadores de forma absurda y fundamentalista desprecien los derechos de los homosexuales (ya los vimos lanzando billetes al ministro presidente en Guanajuato), para que argumenten que el interés superior del menor sea tener dos referentes, el hombre y la mujer. Me queda clara su postura, muy válida, pero ¿para qué dejar un resquicio, por mínimo que sea, para provocar más discriminación?

En el asunto de la adopción todos estamos de acuerdo, se trata del interés superior del menor, se tiene que analizar quién puede cuidar mejor a un niño, independientemente de sus gustos sexuales o la clase de familia que forme. En lo personal tengo amigos gays que serían o son excelentes padres y sé de heterosexuales que son o serían horrendos padres y viceversa. Lo que me parece sumamente ofensivo, discriminativo y además retrógrada es pensar, como aquellos de Guanajuato, que el tener preferencias por su mismo sexo hace a alguien incapaz de ser padre o de formar una familia, como si fuera una enfermedad o una clase de desviación.  

Debo insistir una y otra vez, reprocho las voces de los jerarcas de mi iglesia, la católica, que despotrican contra los homosexuales, que no hacen patente la palabra de Cristo que hace hincapié siempre en el amor, en aceptar al otro, vale repetir lo que mencionaba hace unos días, el Nuevo Testamento rompe con esa idea del dios vengativo que permea en el antiguo: “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, así como yo os he amado” (Juan 15:12), “Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen,” (Mateo 5:44); “El amor no hace mal al prójimo; por tanto, el amor es el cumplimiento de la ley” (Romanos 13:10).

Aplaudo a aquellos que abiertamente reciben en el seno de la Iglesia a todas las expresiones de familia, incluyendo a las homosexuales. Esta apertura se demanda desde dentro, por eso existe Catolicadas, una serie de animación creada por el grupo Católicas por el derecho a decidir, que buscan generar cambios dentro de la propia iglesia. Cada temporada vemos a Sor Juana regañar al padre Beto por su forma tan ortodoxa de ver las cosas, al menos dos o tres capítulos son dedicados justamente a la discriminación hacia los gays. Por ejemplo, en su última temporada, la sexta, el capítulo 2 Maestro de la discriminación aborda la historia de una adolescente lesbiana segregada por su profesor de química. Debo confesar que al escuchar a algunos jerarcas de nuestro estado declarar, he tenido la tentación de mandarles un DVD con todos los capítulos de Catolicadas, en especial todos aquellos dedicados a los derechos de los homosexuales, qué lejos estamos de que nuestras autoridades religiosas hagan realidad aquello que dice el Concilio Vaticano II Gaudium Et Spes “… toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino. En verdad, es lamentable que los derechos fundamentales de la persona no estén todavía protegidos en la forma debida por todas partes”.

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