Opinión

Opinar, oficio del pensar e ¿influir? / Opciones y decisiones

Hace doce años, el mes de octubre de 2003, día 26, escribía yo una primera columna para enviar a la redacción de lo que iba a ser el periódico Altiplano, de Aguascalientes. Producido y editado por un copioso número de conocidos amigos, hombres de cultura y acción de nuestra patria chica -de los que muchos siguen bregando con esto de la pasión de escribir para opinar-, ayer como entusiastas aventureros de una empresa editorial apenas naciente, cuyo sino sería durar apenas un semestre. Su breve tránsito no obstante fue significativo más por el futuro al que quería empujar, que no por su persistencia en el tiempo y volumen de producción.

Para mí significó cuestionarme el porqué, el sentido y el cómo habría de ser mi reflexión, al momento de opinar. Me dejé llevar por el vuelo de mi intuición creadora y me topé con un binomio simbólico que suele aparecer en nuestra mesa. Déjenme reseñarles cómo acaeció.

Una emisión de voz, “¡hey!”, es capaz de iniciar un circuito comunicativo. Una frase, expresar una idea completa. Un párrafo, construir un argumento persuasivo. Una cuartilla escrita, dar significación a un evento. Una plana periodística, describir el contexto vital de una comunidad. Un periódico, dar sentido al devenir de un pueblo. Por ello, la palabra es el medio inteligente en el cual se hace visible lo que no se ve, sube el volumen de lo inaudible, permite olfatear lo descompuesto, siente la fuerza vibratoria de las emociones inconfesas, y despliega la comprensión racional del acto humano en su voluntad para actuar. Altiplano inicia, hoy, la emisión de su palabra y en el intento abre un campo insospechado aún, para la comunicación con todos sus habitantes.



Una de sus sílabas es esta columna, que por nacimiento ha recibido el apelativo simbólico de “la sal y el jocoque”. ¿Por qué, si me habré de ocupar de asuntos que tienen que ver más con la sesera, utilizar un sazonador y la leche agria como sublime designación? Mejor que argumentar como empalagado sofista, referiré su entraña significativa.

La sal, o simple cloruro de sodio, tiene arcaica raigambre portadora de sentido. El Hebreo antiguo consagró el vocablo: “Melah”=sal, hace la friolera de algunos milenios, como la mejor expresión para un conversador lleno de agudeza, inteligencia despierta, chispa, astucia; “m’mulah” significa salado, y se decía de la persona que era todo menos un tipo obtuso, chato de pensamiento, sin gracia, torpe, lento de entendederas. De manera que tanto el salmista como el profeta, el escriba como el labriego, el sacerdote como el rey, el pastor como el pescador, el general como el esclavo, tenían y podían ejercer el derecho de ser “salados”; del género femenino, ni se diga, pues una de las bendiciones de los libros de Sabiduría consistía en alabar al hombre que tenía una esposa inteligente, “m’mulah”, y veían como tormento al esposo de una mujer locuaz e impertinente.

En el evangelista Marcos 9,50b: “Tened en vosotros mismos (‘alá’) sal (prudencia) y sean pacíficos unos con otros”. Nuestra castellana lengua a una chica graciosa, elocuente, risueña, con chispa le dice que “tiene salero”. Vaya pues el condimento como símbolo de alguien intelectualmente penetrante y perceptivo, con perspicacia, para sondear y conocer la realidad del altiplano que no por ser llano es chato, romo, sin perfiles, monótono, sin claroscuros, “a vulgo dicto” aburrido.

El otro ingrediente: el jocoque, en Aguascalientes dispensa toda descripción, aunque vale la pena destacar su origen del nahua ‘xococ’, completamente autóctono pues, que designa esa sabrosa leche agria, que también se remonta a tiempos inmemoriales en el Medio Oriente, que a nivel comercial se obtiene de una cepa liofilizada y a nivel casero de la obtención de un “pie” como método milenario de inoculación. Tras décadas de investigación, Andrés Henestrosa opinaba que, dirigiéndose a jóvenes o nuevos escritores, “no se pueden excluir los refranes, una de las formas más ingeniosas de retratar la cultura popular y mostrar la sicología, la historia y el mestizaje de los pueblos, aunque aclara, las frases se refieren a aspectos humanos y no muestran ninguna idiosincrasia en particular. Y en ese contexto se pregunta: “¿Cuáles serían aquellos refranes que sí contienen en su estructura una palabra indígena o algo que represente el resquemor entre españoles e indios? ¿Cuál entre todos los refranes contiene una denuncia social de nuestro pueblo o su ingenio especial?”, la respuesta tenía que ligarse a aquellos que sí guardan estos eslabones con la vida, la tradición y la cultura mexicanas. Entre ellos, el primero que le venía a mente: “El que con leche se quema, hasta al jocoque le sopla; (aclarando que contra la creencia popular la palabra “jocoque” es indígena)”.

Valga pues el referente como la representación que busco para identificar el tono y el punto de vista original, local, nativo, en su mejor acepción, Y bien, sea la presente más que una descripción, el compromiso con que quiero proponer mi línea comunicativa, en plena adhesión con la voluntad de ser con que se está lanzando Altiplano.

Y como la cosa va en serio, apreciaré mucho el eco que pueda provocar en ti, lectora o lector, esta propuesta de análisis de nuestra realidad hidrocálida, que habremos de ver desde la ventana global o mundializada de la que ya no podemos sustraernos. Y, en el curso de esta semana, no olvides combinar sapientemente la sal con el jocoque, ¿estamos?

De manera que quien opina y además lo hace en algún medio de comunicación masiva, preferentemente pero no exclusivamente mediante la palabra escrita, está incidiendo en ese tipo de oficio que se ha dado por llamar “intelectual”. Tema que nos sitúa en una vertiente del pensamiento que ha ocupado la obra y la vida de grandes maestros de la crítica social y política, como fue el caso de Norberto Bobbio, quien dedicó gran parte de su oficio como autor y maestro a la crítica sistemática de “los intelectuales”.

Situemos, en breve, al hombre. Norberto Bobbio, nació el 18 de octubre de 1909, en Turín, y murió el 9 de enero de 2004, en Turín, Italia. -Murió Norberto Bobbio, tenaz defensor de la socialdemocracia. Libertad y justicia son dos valores que necesariamente deben ir juntos, expresaba el filósofo. Deploraba que ‘”el mundo de hoy resulta cada vez más incomprensible, menos transparente’” (Mónica Mateos-Vega y Agencias, La Jornada, Cultura. México D.F. Sábado 10 de enero de 2004). Uno de sus libros más importantes es “Política y Cultura”, publicado en 1955. Pero fue su ensayo de 1994, “Diestra y Siniestra”, que lo hizo conocido de la mayoría del público italiano. Tras la guerra fue designado profesor de la universidad de Turín y colaboró con varios periódicos y revistas, entre ellos el Corriere della Sera, el más importante de Italia. (Fuente: AP).

Desbrozando el oficio “del intelectual” acertó a definir: “El término es introducido cuando se comienza a discutir sobre el problema de la incidencia de las ideas en la conducta de los hombres en sociedad y puede remontarse en general al ruso “intelligencija”” (atribuido al escritor Boborykin, en la Rusia prerrevolucionaria, para señalar al conjunto de libres pensadores, sean escritores, políticos o críticos literarios. Citado por Bobbio en el libro Los intelectuales y el poder, La concepción del hombre de la cultura. Recensión y análisis bibliográfico de su obra, por Laura Baca Olamendi. Océano. México.1998). Tema asaz inabarcable en estas líneas. Valga el apunte.

 

He ahí, el desafío del oficio de opinar, como arte del pensar para influir en la sociedad. franvier2013@gmail.com

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Francisco Javier Chávez Santillán

Francisco Javier Chávez Santillán

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