Wislawa Szymborska: la alegría de escribir, la alegría de perdurar / Extravíos - LJA Aguascalientes
23/05/2024

Estas líneas están dedicadas a “that girl standing there”,

lectora accidental de Yeats y muy resuelta de Wislawa Szymborska.

 

“La alegría de escribir.

La posibilidad de hacer perdurar

la venganza de una mano mortal.”

Wislawa Szymborska, La alegría de escribir, traducción de Abel A. Murcia

 

En términos económicos, políticos y sociales el siglo XX en Polonia fue un periodo pleno de calamidades, de dolor e incertidumbre. Pero en términos literarios fue un saeculum mirabilis, un siglo que dio a narradores como Bruno Schulz, Stanislaw Ignacy Witkiewicz, Witold Gombrowicz, Kazimierz Brandys, Stanisław Lem e I.B. Singer, y a poetas como Tadeusz Rósewics, Ewa Lipska, Stanislaw Baranczak, Adam Zagajewski y, sobre todo, a esa suerte de gran trinidad de la poesía, como le llama Jaroslaw Anders, compuesta por Zbigniew Herbert, Czeslaw Milosz  y Wislawa Szymborska.


Ignoro cómo fue posible esta feliz e insólita confluencia generacional de inteligencia, sensibilidad, sentido de la trascendencia e ironía, en una palabra de genio, pero no es difícil pensar que sin ella el tránsito por los avatares de la historia polaca, en particular la que va del inicio de la Segunda Guerra Mundial a la caída del Muro de Berlín, hubiese sido mucho más arduo, más gris, del todo insoportable.

Ello, por cierto, no es nuevo en la historia de Polonia. A lo largo de los años, Polonia ha contado con la cultura, en particular con la literatura y la poesía, como uno de sus principales recursos de resistencia moral: tanto en el siglo XIX como en el XX, según anota Anders: “Cuando fue borrada del mapa de Europa por las potencias vecinas, Polonia existió sobre todo como una entidad literaria y cultural. Los escritores adquirieron el papel de custodios de la lengua nacional, la memoria y el espíritu -ámbitos en que se esperaba que la idea de “ser polaco” habría de sobrevivir hasta un momento histórico más oportuno.”

Los años de la Polonia “sovietizada” no fueron una excepción. Durante el largo invierno de las mentes cautivas, los polacos contaba con sus escritores y poetas para, en una sociedad por demás hostigada, fraccionada y desconfiada, mantener su sentido de comunidad, proteger y enriquecer su memoria y, en última instancia, resistir los delirios totalitarios.

En este escenario no sorprende la importancia de una obra como la de Wislawa Szymborska. Su poesía se distingue no sólo por su sostenida calidad y el inquisitivo talante irónico que la anima, sino también porque es un evidencia irrefutable de que es posible encontrar y revelar la dimensión moral, radicalmente humana, lo mismo en las pequeñas paisajes domésticos, en las mil y un aventuras cotidianas de que está hecha una vida -haciendo plenamente suya la lección de Johannes Vermeer, a quien dedica un breve y hermoso poema- como al interior de los horrores y consternaciones que la historia -por medio del Holocausto, el totalitarismo, el terrorismo- le reservó a millones de personas en el siglo XX y el XXI. Así, la poesía de Szymborska está impregnada toda ella de la más amplia diversidad de la experiencia humana y reduce las distancias entre la historia en minúsculas y en primera persona y la Historia en mayúsculas y en plural.

La alegría de escribir de la que habla Szymborska, entonces, nace del constatar que entre los abismos que se abren ante la fragilidad de la vida, la duda y la angustia, lo contingente y el azar, será posible, gracias a la alquimia de la palabra, reconocer y recuperar las huellas, el testimonio de las voces humanas que, a pesar de su inevitable mortalidad, habrán de perdurar. Es una alegría que gana en intensidad conforme va venciendo, con gran levedad e ironía, a la muerte y el olvido.

Así, no sorprende que su poesía haya sido, y siga siendo, una permanente fuerza para nutrir la resistencia moral ante la sinrazón de la historia. Poco, sin embargo, se sabía hasta ahora de su vida. Ejemplo casi químicamente puro de lo que Serguei S. Averintsev llama la cultura del pudor, Szymborska siempre fue a contracorriente de ese fetichismo de la modernidad que es la exhibición ostentosa del poeta, la autoexposición teatral y mediática del escritor. Su constante renuencia a dar entrevistas y aparecer en los medios, su presencia apenas intermitente en seminarios o festivales literarios, su distancia de las aulas y pasillos universitarios, y, en fin, su escaza vida pública, hicieron de Szymborska, para la mayoría de sus ciudadanos y para sus lectores de varias partes del mundo, una suerte de “conocida desconocida”, una incógnita viviente que se negaba una y otra vez a ceder a las frívolas tentaciones de la cultura de la celebridad.

El Premio Nobel que Szymborska recibió en 1996 le llevó a exponerse al público un poco más de lo que estaba acostumbrada, e incluso a contratar por vez primera a un secretario personal que le ayudó, ante todo, a sobrellevar su ahora saturada agenda de compromisos que le supuso la concesión de este Premio. Con todo, no fue demasiada la nueva información revelada y, en cierto modo, la curiosidad en torno a su vida lejos de aplacarse se avivó.   

Hoy, gracias a la biografía que Anna Bikont (Varsovia, 1954) y Joanna Szczesna, (Lodz, 1949) han escrito Trastos, recuerdos. Una biografía de Wislawa Szymborska podemos asomarnos a la vida de Szymborska, sin que, por cierto, se contravenga o violente en ningún momento el principio de discreción. Este es uno de los primeros méritos de Bikont y Szczesna, el haber escrito una biografía, una gran biografía, que honra y guarda plena correspondencia con Szymborska y su obra.

A una gran distancia de los áridos y muchas veces infértiles requerimientos académicos al uso, Bikont y Szczesna han dado a su biografía un tono conversacional con el cual trazan con gran delicadeza y afecto el trayecto vital de la poeta. Más que fatigar archivos o ficheros o de procurar dar un amplio retrato de la época, las autoras optaron por acopiar por varios años (una primera versión del libro se publicó en 1997) los más diversos detalles, estampas, anécdotas y testimonios. Su método de cosecha fue realizar varias entrevistas con Szymborska misma (venciendo reticencias legendarias) y con más de cien personas, cercanas y lejanas, que le conocieron en diferentes momentos de su vida además de explotar al máximo esa mina de datos sobre sus gustos, opiniones y hábitos que son los artículos o reseñas de libros que Szymborska publicó entre 1967 y 2002 y que han sido reunidos en varias volúmenes con el título de Lecturas no obligatorias.

El resultado es una gran álbum familiar -aspecto, por cierto, acentuado por el inusual número de fotografías incluidas- en el cual conocemos a una persona tan entrañable como su propia poesía. En ello, quizá, radica el mayor acierto del libro de Bikont y Szczesna: de sus páginas no emerge el retrato de un ícono ni la encarnación de algún arquetipo, sino algo mucho mejor: una persona… una persona fascinante que, sin afectaciones o imposturas, sin dramatismos ni sensiblerías, tuvo una vida plena, a la altura de las exigencia de su tiempo, pero, sobre todo, a la altura de su vocación y sus aspiraciones más personales y que dejó un exquisito y variado testimonio de su felíz costumbre de dejarse sorprender del mundo una y otra vez.

Y aquí está Szymborska en cuerpo y alma. Su familia y amistades, sus años en la Cracovia ocupada, su educación básica y su abandono de los estudios universitarios, sus inicios literarios y su incursión en el mundo editorial, su matrimonio y divorcio (con el poeta Adam Wlodek) y su segundo amor (Kornel Filipowicz), sus primeros trabajos y su labor como editora de poesía y de reseñista de libros para nada glamorosos, su ingreso al Partido Obrero Unificado Polaco en 1950, su desengaño y distanciamiento de la utopía comunista y su renuncia al partido en 1966 en apoyo a Leszek Kolakowski, su participación en las actividades independientes de la Asociación de Formación Científica ligada al Comité de Defensa de los Obrero, la revista NoGlos y en la Asociación de Escritores Polacos simpatizantes de Solidaridad y la oposición, sus viajes, sus presurosas visitas a los museos, su afición a los poemas liméricos, a las bromas postales y las rifas de los innumerables objetos kitsch que coleccionaba, sus idas al campo y a pescar, sus sueños y pesadillas, su apego a los valores de la Ilustración y su escepticismo militante, sus muchos premios y condecoraciones literarias, incluyendo, desde luego, el Nobel y sus últimos y apacibles días.  

Se trata, en fin, de una biografía que, conforme se avanza en sus páginas va mostrando cuán necesaria era. Pero dejémosle las últimas palabras al escritor y cineasta Woody Allen que sintetiza muy bien lo que Szymborska es para muchos de sus lectores: “Leo y releo todo lo que ha escrito. Me consideran un hombre con sentido del humor, pero el suyo supera al mío. Ella ejerce una influencia enorme en el nivel de mi alegría de vivir. Encaja a la perfección con mi definición de artista profunda y detallista…”.

 

Nota de las fuentes: Wislawa Szymborska, La alegría de escribir, traducción de Abel A. Murcia, en Poesía no completa, México, FCE, edición y traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia, 2002; Jaroslaw Anders, Between Fire and Slepp. Essay of Modern Polish Poetry and Prose, Yale University Press, 2009; Serguei S. Averintsev, La cultura del pudor, The Unesco Courier: a window open on the world; XLIII, 7, 1990; p. 4-7; Anna Bikont y Joanna Szczesna, Trastos, recuerdos. Una biografía de Wislawa Szymborska, traducción de Elzbieta Bortkiewicz y Ester Quirós, Valencia, Pre-textos, 2015.

Wislawa Szymborska

 

Vermeer

 

Mientras esa mujer del Rijksmuseum

Con esa calma y concentración pintadas

Siga vertiendo leche de la jarra al cuenco

No merecerá el Mundo

El fin del mundo.

 

En Aquí, traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia, Bartleby Editores, 2009.

 


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