Cultura

Un viaje al barrio de la infancia

Acerca de Indio borrado de Luis Felipe Lomelí

Hace unas semanas, la amable Zully Zambrano me invitó a presentar la novela más reciente de Luis Felipe Lomelí. Me escribió un mensaje para decir que el autor de Indio borrado había pedido que fuera yo el presentador. Acepté de inmediato. Pero al cerrar la ventanita de Facebook tuve un disparo ansiedad. Surgieron dos sospechas. Es natural en un chiflado como yo. Ya saben lo que dicen, “los paranoicos son los únicos que sobreviven”.

Uno. Me temo que he caído en la trampa de la organizadora. Zully ha apelado a mi vanidad para influir en mi respuesta. Dudo que el autor me conozca y mucho menos que requiera que yo presente su libro. Qué débiles somos cuando acarician nuestro ego. Somos como animales, dóciles, tristes y sin perspicacia.

Dos. Mi segunda conjetura es que Luis Felipe Lomelí, que efectivamente no me conoce, vio mi estúpida foto en Google, después de ver la lista de los participantes en la feria, y se sintió maravillado por mis facciones de indio borrado.



Como sea, si es una u otra, el honor es enorme, porque Lomelí es uno de los autores mexicanos con mayor potencia narrativa. Lo comprueban sus colecciones de relatos y sus dos novelas. Pero dejemos de acariciarnos. Vayamos al libro.

 

Leo las primeras páginas de Indio borrado en mi cómoda silla ergonómica. Una preciosa silla negra con llantitas que combate mis continuos dolores de la ciática. Conozco a su protagonista, el Güero, y de inmediato me doy cuenta que debo levantarme de mi asiento oficinesco para hacer una lectura distinta. El Güero es un adolescente escindido entra la vida de cholo y la vida honesta. Es un chavalín en transición hacia la adultez. El Güero es un personaje marginado, vive en un barrio peligroso. Y yo, influido por la trama, decido hacer un viaje. Un viaje. Un viaje al origen, si quieren. Yo también vengo de un barrio peligroso en Hermosillo, de Los Jardines. Me parece que es el escenario perfecto para continuar con mi lectura. Me subo al Ruta 4, apretando el libro. Avanzo cinco, seis capítulos y el Güero ya está escapando de tres malandros de la banda Máfer. Estoy bien encaminado.

Huye, buen Güero. Siento empatía por el personaje. Sé lo que es ser perseguido por los cholos. En los ochenta a mí me perseguía el Gangoso. Un monigote, un monolito maligno que todo el tiempo pedía “un ejo”. Los chicos sabíamos que pedía “un peso”. Y si tenías el mentado peso te iba bien, si no, debías huir como el Güero. Pero el Güero es atlético en la novela, escapa por los postes de luz, las azoteas, va saltando por aquí y por allá. Yo no tuve tanta elasticidad. Casi siempre era atrapado por el Gangoso. Lo peor, deben creerme, no eran sus golpes, que tenían los mismos efectos que un saco de cemento contra la mejilla. No, el verdadero castigo era escucharlo hablar. Sus oraciones crípticas. Sus enunciados sin enunciar. Frases en otro dialecto. El Gangoso se enojaba si no respondías correctamente.

–¿E’ ¿ien eja orra e’ os ‘oros

–Azul.

–En’ejo.

No ha nacido el lingüista que pueda interpreta “¿De quién es esa gorra?”. Cosa que por otro lado, no sólo está en un dialecto gangoso, sino retórico. Al final, la respuesta no debía ser azul, sino “tuya, Gangoso, tuya”.

Ya estoy en mi antiguo barrio. El Güero también vivía en un barrio como éste. Y también se enfrascaba en conflictos por una gorra. Si la adolescencia es un camino sinuoso en la vida de cada chico, la historia del Güero da cuenta de la odisea que significa crecer en un mundo distinto, marginal. Porque no hablamos aquí de un chavito que va a la escuela y regresa por las tardes a puñetearse con los infomerciales de Maribel Guardia. Hablamos de un jovencito que vive escindido entre ganarse la vida diariamente como asistente en una obra y en defender su barrio, su territorio y a la nación Rats, su banda.

Luis Felipe Lomelí nos entrega un texto que observa desde el interior esta naturaleza de la calle, del barrio Revolución Proletaria. El autor nos ofrece un vistazo real, desde el universo ficticio, la cartografía del Monterrey bravo, expuesto. El Monterrey lateral que sólo es reconocido por los medios noticiosos o las estadísticas frías. Aquí hay una historia con varios rizomas. El Güero tiene un cosmos interiorizado que revira al pasado, a su infancia. Soy como el Güero, quiero serlo. Pero no puedo. Yo sí me puñeteaba con los infogramas de Maribel y de Gabriela Goldschmidt.  El Güero vendía culebritas de madera en las esquinas cuando era niño, se droga con estopas, escapa de los cholos e incluso les hace frente. Es valiente y acepta su destino. Si a mí me apuntaran con un arma me deterioro, me cago en los pantalones. No el Güero.

La cabeza del Güero está torcida. Su ecosistema es demencial. Su hermana fue violada y tiene un niño, su madre es sumisa y está jodida, deprimida. Por otro lado, su padre, un chofer de EcoTaxi, todo el tiempo quiere robarle su raya. Y otra vez, a los postes, a las azoteas. Al territorio de los Rats, sus compañeros. Frente a esta extraña forma de vida, su interior es alucinante: el personaje ha desarrollado una mitología nutrida por las anécdotas y consejos del tío Absalón y Monterrey tiene su propia voz. El otro Monterrey, la ciudad productiva, normalizada. La ciudad industrial que grita como el coro griego desde abajo, en la luz. Mientras que el Güero, oculto entre las sombras del gigante, la colina, el barrio donde vive, tiene que navegar sobre dos dimensiones. La guerra contra las otras bandas y su propia lucha interna, su expansión, su madurez, el amor. Porque está enamorado de Lina, a quien no puede confesarle su amor, porque es un hombrecito y él no se anda con cursilerías aunque en el fondo de su pequeño espíritu se reproduzcan las piezas más melosas de la música romántica.

Hay un diálogo con esta extraña y personalizada mitología. Las bandas son Los Rats, los Máfer, los Bóxers, los Dragons y los Calcos. Y aunque son enemigas todas estas pandillas, tendrán que aliarse, las tres primeras contra las otras dos últimas, para recuperar el control de la distribución de las drogas y el dinero. Porque es ley, porque es obligación defender el barrio. Los padres fundadores eligieron el territorios, luego los hijos, los líderes de las bandas y los más pequeños, los morros, la categoría en la que está el Güero. Los dioses del Olimpo derrocaron a los titanes. Los hombres también aspiran a poseer este control. Los hombres, la generación a la que pertenece el Güero, lo anhelan. Porque el chico tiene aspiraciones. Quiere ser líder. Y en sueños lúcidos alcanza a escuchar el murmullo de los fantasmas, de aquellos que fundaron el territorio. Los fantasmas como un flujo de consciencia.

Aquí viene un cholo. Es decir, no en la novela. Sino en el parque donde estoy sentado leyendo Indio borrado. Se acerca a mí y dice algunas cosas que antes de leer a Lomelí no habría entendido. Sé cómo responder. Tengo instrucción de los Rats.

–¿Qué tranza, hommie? ¿Cómo la baila?

–Aquí, carnal, craneando un ratón vaquero.

–Eso es todo, ruco. ¿No tienes cinco bolas?

–No, nada más tengo dos.

Me acaricio los testículos y sonrío. Soy valiente, como el Güero. El cholo dispara un puñetazo pero me oculto tras la novela y caemos hacia atrás. La novela y yo caemos de bruces. No el cholo y yo. Él se queda de pie. Tusquets maneja un papel muy blando en sus libros. Gracias, chicos, me han salvado de un moretón. Estoy de espaldas, el cholo se marcha balbuceando no sé qué. Continúo mi lectura. Estoy cómodo, cambiamos de perspectiva. Miro, tras el recorte de las páginas, un árbol hermoso. El día es fresco.

Los demás personajes son imponentes. El Deivid, el líder de los Rats, tira un discurso maravilloso antes de la gran batalla. Pareciera el mismísimo Corazón Valiente frente a los escoceses cholos y los distintos clanes. Ya mismo quisiera levantarme del suelo y luchar junto a los Rats y los Máfer y los Bóxers. Suenan los cascabeles. Hay que defender al terruño y el negocio, a los Padres Fundadores. Los padres de verdad.

Porque el Güero no tiene otro padre. Su padre biológico, el hijo de puta, que representa todo aquello que una vez quiso ser, debe sufrir las consecuencias del Edipo. O más bien de este post-Edipo. Porque el personaje griego comete el parricidio sin percatarse. Este nuevo Edipo tiene voluntad. Odia el olor de su padre. Los rastros de su esencia, del pasado, la infancia y la esperanza. Hoy no hay espacio para estas bobas nostalgias. Hoy el Güero debe comportarse como un hombre, asir la metralla, reventar a los Calcos, a los Dragons.

El Güero no mata a su padre. El Güero está eliminando los restos de una convención, la idea paternalista de la ciudad que brilla allá abajo. Ahí arriba, en el gigante, las balas truenan y son violentas declaraciones de principios. No tenemos tus leyes, nuestra vida es otra. Hay dinero inmiscuido en la cruel batalla, es cierto, pero también hay abstracción, una subversión frente a la falsa construcción humana de la sociedad, esa comunidad iluminada que los ha marginado.

El final que nos ofrece Lomelí es impresionante. No voy a revelar nada, pero esta última escena confirma un paso que no es tan evidente en la vida. Ese cambio imperceptible que experimentan todas las personas. La última acción del Güero es abrupta y siniestra, pero también bastante humana. Observamos cómo el morro se convierte en hombre, de un instante a otro, bañado en sangre.

Mi barrio Los Jardines se ha hecho más grande. Me levanto del suelo. Me sacudo los pantalones y avanzo a la casa de madre. Hay un par de cholos que platican. Paso junto a ellos y levanto el puño. Les digo: “Rats por siempre, amigos”. Alcanzo a distinguir que el ceño se frunce debajo de las gafas de uno. “Vamos ai”, dice el otro. “Vamos ai”, secundo. Luego se ríen de mi espalda llena de tierra. No importa, son Rats, como yo.

Una tercera sospecha: Temo lo peor. Quizá Luis Felipe Lomelí es de los Dragons o los Calcos y me ha elegido para presentar este libro y así poder “filerearme” en público. Esperemos que no.

 

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Félix Franco

Félix Franco

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