David Lindsay / Hombres (y mujeres) que no tuvieron monumento - LJA Aguascalientes
17/01/2022

Harold Bloom, además de ser, para algunos, el mejor crítico del mundo es, en un giro inesperado, además de fanático del béisbol, el autor de una única novela apenas leída. A pesar de las críticas positivas, pocas, Bloom siempre ha afirmado que no le gusta y que no la reconoce, además de negar el permiso para reeditar, y traducir a otros idiomas, The Flight to Lucifer, una novela que resulta ser una secuela a la maravillosa y olvidada A voyage to Arcturus de David Lindsay, publicada en 1920 y reeditada una y otra vez en colecciones baratas de ciencia ficción.

De A voyage to Arcturus se ha escrito que es “la obra de imaginación más grande del siglo veinte” (Colin Wilson), “una estupenda fábula ontológica” (E. H. Visiak) “una obra irresistible” (C. S. Lewis), “una obra maestra” (Clive Barker) o “leída como una alegoría, esas aventuras desafían la interpretación. Sólo puede ser leída como una alegoría” (Brian Aldiss). ¿Por qué entonces su autor está olvidado? Porque junto a esos elogios a la obra iban, y cargados de razón, los ataques al modo en que está escrita. Clive Barker tras llamarla obra maestra añade “pero profundamente, profundamente floja”, al igual que Colin Wilson que tras afirmar su categoría de obra maestra dice que tiene “una habilidad técnica ordinaria porque el talento que tienen en abundancia hasta los escritores de tercera fila le ha sido negado” o la rotunda comparación de Phillip Pulman, autor de la hermosa imagen de la banca del jardín botánico de Oxford en el solsticio de verano, con Lovecraft “libros inolvidables pero mal escritos”.

O como resume, perfectamente, uno de sus pocos estudiosos. “Como literatura, es basura. Y, aun así, es una obra de una grandeza moral y épica y una de las pocas obras de fantasía que ha hecho algo realmente original e importante para el género”.

La infancia de Lindsay, que nació el tres de marzo de 1876, es prototípicamente de novela dickensiana. De padre tenedor de libros y madre campesina, supusieron que al padre había muerto en un accidente cuando en realidad se había fugado a Canadá con otra mujer para empezar una nueva vida. Privados del ingreso paterno, David y sus hermanos tuvieron que dejar los estudios para comenzar a trabajar. Arthur comenzó a hacerlo como recadero, trabajo que, aunque odiaba, cumplió con tal puntillosidad que llegó a ser ascendido dentro de la empresa para la que trabajaba a cajero, una posición en la que empleaba todo su tiempo libre en leer la novela que cargaba cada día al trabajo. Sus lecturas, sus más grandes influencias posteriores, eran Walter Scott, Julio Verne, Rider Haggard y Robert Louis Stevenson. Fue entonces cuando decidió aprender alemán para poder leer en su idioma original a Nietzsche y Schopenhauer. A estas lecturas se añadiría para dar forma a su obra una profundísima fe en el espiritualismo.

Tras la Primera Guerra Mundial en la que participó, a pesar de su esperanza de no ser convocado a filas por su enfermedad contrajo un matrimonio concertado de antemano con su prima. Y dejó todo por la literatura, campo en el que pronto, tan pronto como su primera novela, se descubriría que tenía más voluntad que habilidad o vocación. El lector de Methuen encargado de darle el visto bueno para la publicación estableció dos condiciones para que pudiera llegar a la imprenta: un corte de quince mil palabras y un cambio de título. Nightspore in Tormance apenas vendió nada. A voyage to Arcturus, su obra maestra, vendió más. Quinientos noventa y seis ejemplares. Los críticos no sabían dónde clasificarla. Según el título era algo planetario al estilo de Verne o Welles. Por el contenido, según el Times, “Baudelaire o Poe en su vena más depresiva”. Los lectores tampoco.

Su carrera siguió entre cortes y rechazos. Su tercera novela The Haunted Woman fue rechazada por tres editoriales y sólo halló su camino como una serie en The Daily News y, por supuesto, al ser reeditada en forma de libro sufrió un corte de veinte mil palabras. Sphinx pasó por el rechazo de cuatro editores. Las aventuras de M de Mailly superó el récord de rechazos, quince, y de cortes, la mitad de la novela para ser curiosamente el único libro de Lindsay publicado durante su vida en Estados Unidos. The Ancient Tragedy y The Violet Apple, que da título al reducido grupo de estudiosos de su obra, ni siquiera llegaron a publicarse, a pesar de sus esfuerzos, en vida.

Una bomba cayó al lado de la casa de Lindsay cuando se estaba bañando. Una mezcla de paranoia y horror se apoderó de él al punto de encerrarse en el ático una semana negándose incluso a comer. Durante esa semana, demacrado y falto de fuerzas, tuvo un absceso dental que se complicaría “envenenándole la sangre”. Murió en un hospital, al que había llegado demasiado tarde, el 16 de julio de 1945.

Tal vez si A voyage to Arcturus no hubiera tenido la suerte de ser nombrado por Tolkien cuando su editor le pidió que le recomendara una novela para aprovechar el gran éxito de El Señor de los Anillos y ser publicada en el mismo sello editorial. Un único gesto que logró que se cumpliera, al fin, la profecía de David Lindsay: “En algún lugar del mundo alguien leerá un libro mío cada año”.

Si David Lindsay es un escritor que merece la pena leer es algo que sólo el lector puede juzgar. Pero si Bloom se molestó para su única novela en crearle una secuela algo tendrá. Aunque sólo fuese la voluntad de Lindsay de hacer literatura.


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