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jueves, febrero 5, 2026

Entre la promesa y la inmovilidad / Ciudadanía Económica

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Para nadie es secreto que el crecimiento económico que hasta ahora ha mostrado la economía mexicana es bajo. Esta desaceleración resulta más evidente cuando se comparan las expectativas de nuestros políticos y diseñadores de las reformas estructurales por las que han hecho pasar a nuestro país en aras de impulsarnos al paraíso perdido de la globalidad. Se calcula un débil crecimiento del PIB para 2016 y existen grandes dudas respecto al dinamismo económico para años posteriores.

Especialistas anticipan que éste será otro año de crecimiento inercial y por debajo del potencial, que se calcula en aproximadamente 3.2%. El crecimiento inercial es aquel que se genera como resultado del crecimiento poblacional y la continuación de una actividad que no es resultado de estímulo especial alguno. Esto resulta preocupante, porque varios sectores económicos han tenido que asumir grandes costos debido a transformaciones forzadas por las “reformas estructurales” que nos proporcionarían las condiciones para mejorar.

El crecimiento económico es definido como la capacidad de una economía para producir cada vez más bienes y servicios. Se puede expresar como una expansión de las posibilidades de producción de la economía, es decir que la economía es capaz de producir más de todo. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) llama crecimiento económico al “aumento del producto e ingreso por persona en el largo plazo.” Y añade, “el crecimiento es el proceso por el cual una economía (nacional, regional, o la economía mundial) se vuelve más rica.”

El crecimiento económico se mide con el cambio, entre un año y otro, en el Ingreso Nacional o Producto Nacional Bruto en términos reales, es decir, en moneda de igual valor después de los ajustes por inflación.

El concepto de crecimiento económico se refiere únicamente al aumento de la producción de bienes y servicios y no incluye, por lo tanto, ninguna apreciación sobre otros objetivos económicos de la autoridad política o de grupos de opinión, tales como distribución del ingreso, mejoramiento en las condiciones de vida de la población, etc. De manera similar, este concepto no distingue sobre la manera en que una economía crece, ya que mide exclusivamente el cambio promedio en el valor total del ingreso o la producción, sin distinguir cuáles son las actividades que crecen y cuáles las que decrecen. Esto último ha llevado a permitir una creciente distorsión en el equilibrio entre actividades, segmentos y sectores de la población que es, precisamente, lo que impide actualmente a la economía mexicana recuperar su dinamismo.

En México se han privilegiado las actividades económicas orientadas al sector financiero y a la exportación, actividades que tienden a la automatización y reducción de ocupación laboral, en detrimento de actividades con mayor efecto multiplicador de la riqueza interna y generación de trabajo humano.

Si bien he sido insistente en esta columna, en mis conferencias, clases y demás escritos en que el crecimiento económico por sí mismo no es una meta deseable para la conducción sana de la economía -misma que debe conducirse por la senda de la sustentabilidad como prioridad-, la falta de crecimiento en las condiciones en las que se encuentra nuestra economía es un motivo de gran preocupación. En primer lugar porque es resultado de una distorsión inducida por la política económica prevaleciente que consume riqueza -natural y humana- de manera creciente y, en segundo, porque refleja una enorme torpeza e inconsistencia de quienes manejan dicha política económica al demostrar que siguen sin darse cuenta de ello.

La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece la planeación del desarrollo nacional como el eje que articula las políticas públicas que lleva a cabo el Gobierno de la República. En el Plan Nacional de Desarrollo 2013-2018 quienes deciden la política económica del país afirman que “México está experimentando la mejor etapa de su historia en cuanto a la disponibilidad de la fuerza laboral. México es un país joven: alrededor de la mitad de la población se encontrará en edad de trabajar durante los próximos 20 años. Este bono demográfico constituye una oportunidad única de desarrollo para el país.” Pero en el mismo documento, se desdeña esa oportunidad al concentrar el esfuerzo de planeación en impulsar la productividad: “México tiene un gran reto en materia de productividad. La evidencia lo confirma: la productividad total de los factores en la economía ha decrecido en los últimos 30 años a una tasa promedio anual de 0.7%. El crecimiento negativo de la productividad es una de las principales limitantes para el desarrollo nacional.”

La productividad es un parámetro que se calcula a través de un cociente que resulta de dividir el valor de la producción entre el valor del trabajo utilizado para ello. Hay mayor productividad en la medida en que se automatiza la producción y se reduce el trabajo humano. Se le apostó todo a la capacidad de competir en el extranjero sin una planta productiva propia que tuviese empleos bien remunerados con capacitación especializada. Asimismo se cedió ante los monopolios bancarios y comerciales internacionales, al no crear una fuerza comercial independiente.

Al contrario de lo que nos insisten a través de todos los medios posibles, nuestra contracción económica no es resultado de que el sector externo sea adverso, esto es, por la competencia internacional y la caída de los precios del petróleo. La preocupante inmovilidad económica del país es resultado de una errónea política económica conducida por un inoperante grupo de especialistas económicos que han sido incapaces de ver la riqueza humana y de recursos naturales de nuestro país que están dilapidando. La creciente devaluación del peso es prueba indudable de ello. En cualquier economía sana, una depreciación monetaria estimularía las exportaciones nacionales. Nuestros dirigentes económicos se empeñan en acomodar las riquezas de la nación para beneficio de los poderes fácticos internacionales. La ciega adoración al “dios mercado” jamás logrará beneficiarnos.

ciudadania.economica@gmail.com | @jlgutierrez

 

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