Cultura

Me devoro la bandera / Minutas de la sal

Sí, hoy es el Día de la Bandera. Pienso que no es difícil que ondee en estas minutas porque, de entrada, el águila devora una serpiente. Por lo menos eso decían en la escuela, era el remate de la descripción de nuestro lábaro patrio: …y en el centro, un águila que devora una serpiente. Me gusta el diseño del escudo nacional: esa especie de mandorla de nopales, con su verdor y sus detalles, espinitas aquí, tunas por allá, encuadrando al depredador devorando otro depredador. Sin embargo, nuestra bandera también es el estandarte de nuestro centralismo. He ahí el símbolo del fin de la búsqueda, de la Ítaca de los hijos de Aztlán. He ahí el símbolo del imperio naciente que devoró los tributos de los sometidos, y que a su vez fue devorado por un imperio que llegó de ultramar. No sé, a veces siento que somos un país que se devora a sí mismo, una y otra vez, entre colores vistosos, simbólicos; donde un ave que está destinada a volar, permanece estática, quieta para siempre con las alas ansiando las nubes, con una serpiente ansiando la tierra y que no termina de morir, así, muriéndose por toda la eternidad.

También recuerdo aquel himno: “Se levanta en el mástil mi bandera, como un sol entre céfiros y trinos muy adentro en el templo de mi veneración…”. Nadie sabía que significaba todo eso, qué era un céfiro, qué era un trino, pero todos, niños, cantábamos la tonadilla, tan exaltadora, ante la tela que paseaba la escolta, con su marcha militar, de soldaditos de plomo, porque, como lo dije, éramos niños.

En qué momento alguien decide que un estandarte puede abarcar toda una nación, toda una sociedad formada por grupos y pueblos tan diversos. En qué momento el ondear de los colores y las figuras puede homogeneizar el pensamiento, las inquietudes, los sentidos, las visiones de multitud de hombres y mujeres que habitan determinada geografía.

Todo tiene un origen. La primera bandera documentada proviene de Persia. En la Dinastía Aqueménida ondeó la bandera Derafsh Kaviani, como símbolo del poder vigente. No podemos olvidar los estandartes militares que mostraban las legiones romanas, en los que era habitual emplear figuras de animales; con ellos se trataba de hacer ondear las secciones donde estaban representadas las colas o las alas. A partir de esta estética del movimiento, luego fueron adaptándose los mástiles hasta transformarse en las banderas que ondeamos hoy.

También nuestra bandera tiene su origen. Primero tuvimos el estandarte de la Virgen de Guadalupe en las manos del cura Hidalgo. La primera bandera, propiamente, mostraba un águila real, sobre un nopal, enmarcada por una cuadrícula blanquiazul. El águila no devoraba nada. Los colores actuales, verde, blanco y rojo, aparecieron primero en trazos diagonales, para hacer resaltar una corona que representaba el futuro primer imperio mexicano soñado por Iturbide. El cambio radical fue bajo el pensamiento ya del primer imperio: los colores en el orden actual y el retorno del águila sobre una nopalera, pero todavía en ayuno. ¿En qué momento le dio hambre?, ¿en qué momento la dibujaron a punto de emprender el vuelo? O acaso está en descenso, devorando a su presa, en su hambre infinita.

Los colores de nuestra bandera han variado de significado. En un principio, el blanco simbolizaba la religión; el rojo, la unión, y el verde, la independencia. Tras la secularización de México, en el siglo XIX, el verde pasó a ser la esperanza; el blanco, la unidad, y el rojo, la sangre de los héroes nacionales.

Pienso que si el blanco todavía simbolizara la religión yo podría imaginar que el águila es aquel arcángel que aniquila a Luzbel en tantos cuadros clericales. Pero nada, el blanco ahora es la supuesta unidad, y el verde de hoy pretende ser esa esperanza que en el “templo de mi veneración” no me basta para limpiar el rojo de esos héroes anónimos que no aparecen en ningún libro -como aquellos otros nombres rimbombantes que intentaron hacerme memorizar en la escuela cuando cantaba sobre céfiros y trinos- y más parece un sol sordo que no escucha todas esas voces acalladas en las fosas clandestinas, y que nunca más ondeará por más que hoy sea el Día de la Bandera.

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Erika Mergruen

Erika Mergruen

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