Fiestón de Lorena / Vale al Paraíso - LJA Aguascalientes
26/05/2022

Viernes 11 de marzo de 2016. Faltaban pocas horas para el inicio del espectáculo. Los delegados a la Convención empezaban a llegar pasadas las cuatro de la tarde. Se acomodaban ordenadamente. La explanada del jardín de San Marcos y el corredor de J. Pani se tapizaron de sillas negras, de cinco mil asientos que parecían hormigas hipnotizadas por la magia de la política que incita en tiempos electorales, que excita a la madre de todas las batallas por el gobierno de Aguascalientes.

Antes de la seis del pasado meridiano llegaba Lorena Martínez al encuentro de su destino, del largamente añorado, del tempranamente anunciado el jueves 20 de agosto de 2009, a las nueve de la noche en el Complejo de las Tres Centurias, cuando declaraba, después de haber rendido su Informe de Trabajo Legislativo 2006-2009: “A partir de mañana voy a trabajar por la gubernatura”. Siete años después el esfuerzo rendía frutos. La exdiputada federal levantaba la cosecha en la parcela priista.

El majestuoso escenario la esperaba. El santo patrono le mandaba bendiciones desde su sagrado dominio, el templo de San Marcos. La ruidosa feligresía iba a su encuentro. El ambiente estaba a punto de hervor. La estridente música le daba el do, re, mi, de bienvenida. Las banderas ondeaban en todo lo alto. El verde de la esperanza, el blanco de la pureza y el rojo del corazón, iban de un lado para otro. De las alturas caía el papel picado, como si fueran orgullosas gotas de la igualdad de género. El fiestón era parte del recibimiento a la política nacida el 2 de septiembre de 1964 en Zacatecas.

El PRI Aguascalientes, el de LM, resurgía de sus cenizas. La emoción. El júbilo. La pasión. El entregar sin medida. Aparecían nuevamente los rostros de la militancia deseosa de regresar a la senda del triunfo, después de varias humillaciones y múltiples derrotas infringidas por el PAN en tiempos del sexenio lozanista, que nunca supo procesar las decisiones de candidatos altamente competitivos.

El recorrido se prolongaba, tanto o más, que aquellos brazos que se extendían para tocarla. Abrazarla. Besarla. Decirle algo al oído. Tomarse la socorrida selfie de la renacida ilusión. Entregarle al niño para la foto del recuerdo partidista. O la cachucha para el autógrafo estampado con la tinta negra.

La abogada egresada de la UAA regresaba a los olvidados tiempos de la desdoblada sencillez. La empatía. El dejarse querer. La humildad. La sonrisa franca. La cercanía saludable. El acompáñame como manera de hacer camino al andar.

Atrás quedaban los años municipales. En el ropero de la abuela Cuca guardaba a los estorbosos guaruras. La altivez mundana. El secuestro de los muy cercanos. La distancia insana. El abandono a los leales que se la jugaron en 2010. La arrogancia cultivada por los reconocimientos “universales” recibidos en la Luna, por el cráter de plata; o en Venus por la escoba oro; o en el Sol, por el foco de platino.

Mientras la exalcaldesa capitalina hacía cariñosa pasarela, el gobernador recibía algunos abrazos de quienes lo acompañaban en el entarimado. La escena recordaba aquellas muestras de afecto que recibe el doliente en la elegante funeraria.

La Familia Real en turno ocupaba la quinta fila de la zona VIP, cuando hace seis años estaba ubicada en la primera, obvio. Y el boletín 39, enviado desde la oficina de prensa de la candidata, de plano fingía amnesia al omitir la presencia del jefe priista estatal, Carlos Lozano de la Torre, en algunas de sus sesenta y nueve líneas.


¡Muerto el rey, viva el rey!, acuñaron los franceses en 1422.

Una hora después de su arribo, LM rindió la protesta estatutaria. Se paró frente al atril. Acomodó las once cuartillas de su texto. Se dirigió a la militancia durante 17 minutos y 43 segundos. Expresó su sentir con mil 521 palabras. Y se declaró lista “para encabezar un programa político centrado en proyectos no en promesas, en planes de acción y no en ocurrencias”, que permitiría obtener “resultados inmediatos y también a mediano y largo plazo”.  

Pero antes, el 1 de febrero, en el encuentro de precandidatos con delegados estatales, hizo un “compromiso” para fortalecer al PRI, sin tener que ofrendar a sus militantes: “sin tener que sacrificar a quienes han trabajado tanto para poder llegar una oportunidad”, como ocurrió hace seis años, cuando los soldados -con las heridas de la batalla tatuadas en la piel- fueron ignorados. Se quedaron en la orfandad. Sin trabajo. Sin salario que llevar a sus familias por el esfuerzo desplegado en la campaña.

La elección se ganará con votos, no con músculo, se le recordaba al apreciado estratega lorenista que se ufanaba de la presencia de las seis mil almas en la Convención, aunque también se reconocía la ayuda que presta ese tipo de motivaciones; más, mucho más, que un libro de Carlos Cuauhtémoc Sánchez.

Los enfiestados se retiraron del evento tricolor citando las palabras de Frank Underwood en la nueva temporada, la cuarta, de House of Cards (Netflix): “La política ya no es sólo teatro, es una industria del espectáculo”.

Porque alguien tiene que escribirlo: A 24 horas de haber rendido protesta como candidato del PRI la alcaldía de la capital, Jesús Ríos Alba se puso encima de la camisa roja el chaleco de publicista para promocionar en su muro de Face a las “deliciosas y famosas chaskas de ‘¡El sí haaay!’. El verdadero sabor de las chaskas en Aguascalientes…”.

Como candidato seguramente resultará un extraordinario vendedor de anuncios. Mucho cuidado deberá tener el tricolor con este descubrimiento mundial, porque Liverpool o Walmart seguramente se lo llevarán a trabajar a su departamento de mercadotecnia.

El monumental dislate tiene las huellas dactilares del impresentable Carlos Penna Charolet, remedo de jefe de prensa, héroe de todas las recientes derrotas priistas y gurú del lozanista Ríos Alba, a quien habrá de explicársele que una cosa es la publicidad y otra la propaganda.

IlustraciónValealParaiso

Aviso: Vale al Paraíso dejará de publicarse en Semana Santa. Pásenla bien.

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