Luis Felipe Lomelí crea una novela épica sobre la población indígena del norte del país - LJA Aguascalientes
20/01/2022

  • “Somos los que encienden la maquinaria, el país, los hornos que no se apagan. Somos los recios, los regios, los que a golpes nos abrimos paso en el desierto (…)”, se narra en Indio borrado

 

Ser indio y tatuarse es una invocación mágica para marcar un paso; un puente en tinta, o en la alteración de la topografía facial, conmemorar a los caídos. Uno que se convierte en otro y ese otro que aún tiene la fuerza para restaurarse, son las notas de la dualidad que tienta al hombre. Algo es cierto: cuando se despierta la pregunta, ser o no ser, la tragedia acecha. Va ya en esa tinta.

Para el Güero, personaje central de la novela Indio borrado, de Luis Felipe Lomelí, tatuarse es en principio un viaje en sentido inverso, de lo inmediato al origen ancestral en el que van a encontrarse todos los tiempos y las formas; en ese encuentro la tradición se iguala, tatuarse es convertirse en algo más. La transformación viene dada por la fórmula sapiencial: “Matamos”. El título es publicado por el Programa Nacional de Salas de Lectura de la Secretaría de Cultura del Gobierno Federal en coedición con Tusquets Editores.

No se han ido nunca, duermen bajo La Silla, el Topo Chico, la Sierra Ventana y la Sierra Madre: “son ejércitos que esperan bajo la tormenta, al indio rayo”, Monterrey está lleno de sus fantasmas que aún hablan transfigurados en luciérnagas. Voces a las que no es posible negarse porque advierten los destinos, lo que ha de cumplirse. Hay un pacto con esas voces que demanda cumplimiento: “Somos los que encienden la maquinaria, el país, los hornos que no se apagan. Somos los recios, los regios, los que a golpes nos abrimos paso en el desierto. Somos los hombres. Somos los Martínez, los Garza, los Treviño. Somos el concreto de todos los puentes, el vidrio de todos los cristales. Somos el orgullo. Somos Monterrey porque podemos. Y ésta es tierra de gigantes”.

El Sol que lo precede ha grabado en él todo esto, pero para ser un gigante el Güero sabe, no importa que sólo tenga trece años, que tiene que derribar a otros. Lo primero es ser un hombre y para serlo debe tener un trabajo. No carece de significado el que el suyo sea el de topo en una construcción, porque lo importante de un topo es “encontrar la fuerza indicada para sacar todo el mugrero”, que son los cables que viajan en la entraña de todo lo que se construye. Desatascar, desatorar, desenredar, es la labor, pero antes, hay que encontrar el lugar donde está la obstrucción.

Sin territorio, el hombre no puede edificar su casa, el Güero sólo tiene 13 años, pero ya tiene un territorio: la Revu. Hay arribas y abajos que deben ser atendidos, sin embargo los ojos deben estar en las esquinas permaneciendo irremediablemente conectados con el silbido, para avisar cuando crucen los Dragons, o los Calcos, o los Máfer o los Bóxer porque en la Revu mandan los Rats y ellos sí son sus amigos, ése sí es su barrio. Su territorio. Ahí está su casa con sus hermanos la Leidi, que ya casi nunca habla, que duerme en el sillón de la sala, porque faltan cuartos, con su bebé, el Cabrito; y está su madre.

Trece años tiene el Güero cuando al autobús en que viaja a su trabajo se sube Lina. Lina que baila, que es boxercita, que lo persigue con su mirada gatuna. Trece mientras día a día cuenta los números del boleto para ver si suman 21 y poder ganarse esa ingenua lotería de transporte público que da derecho a reclamar un beso de esa morra. La misma edad cuando le compra un osito de peluche “chirris”.

Trece al tiempo que inhala de una bolsa de papel y dispara porque con su amigo ese es el juego y se ríe con el Fede, porque “la risa es lo único que nos salva”.

Trece cuando el Deivid le pide que vigile su encuentro con los Máfer desde una azotea, y le pone en la mano una subametralladora: “hay que aguantarse/ hay que ganarse a la raza/ hay que saber ganar”. Trece cuando se detiene frente a su casa y le golpea el olor del padre, ese olor que “le quema los ojos. Lo ciega, levanta llamaradas. Y se atraganta”.

“Matamos al oso y al venado, a la serpiente matamos para proteger a nuestros hijos, matamos para no caer de hambre. Al que deja de ser hombre, matamos”, los fantasmas/luciérnagas a esa edad se le han metido en los oídos, para que aprenda que cada palabra que le susurren será la brújula; que ahí decidir es un mito rebasado por lo que sale al paso.

Hay quienes tienen el lujo de la fantasía de planear, quienes pueden jugar con esa extraña instancia que es el futuro, en Indio borrado, la realidad es destino…

Luis Felipe Lomelí nació en Etzatlán, México, en 1975. Es ingeniero físico, doctor en filosofía y ecólogo. Su trabajo ha sido publicado en varios países, parte de éste ha sido traducido al árabe, italiano, japonés, inglés, húngaro, chino, francés y portugués. Ha sido becario por la Organización de Estados Americanos, el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, la Fundación para las Letras Mexicanas y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología. En Tusquets Editores ha publicado los libros de cuentos: Todos santos de California, que obtuvo el Premio Nacional de Literatura de Bellas Artes San Luis Potosí; Ella sigue de viaje y la novela Cuaderno de flores. Recibió el Premio Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés por El cielo de Neuquén, publicado en Ella sigue de viaje, donde se incluye también El emigrante, considerado el cuento más breve en lengua española. Desde 2013 es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.


 

Con información de la Secretaría de Cultura


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