André y Dorine / Botella al mar - LJA Aguascalientes
29/06/2022

Cuando Isadora Duncan daba clases de baile a las niñas de su barrio les decía que movieran los brazos como si fuesen olas del mar y afirmaba también que los movimientos eran igual de elocuentes que las palabras. En esa lucha por conectar los ritmos del cuerpo humano con los ritmos de la naturaleza, Duncan intentaba humanizar los esquemas acartonados del ballet clásico sin que, por esto, su propuesta careciera de disciplina, rigor, belleza o emoción profunda, características todas de las grandes obras artísticas.

La idea del movimiento como la condición de la vida, como un ciclo infinito de transformaciones, se relaciona con la idea de evolución que mantiene con vida a la obra de arte. Las obras u objetos artísticos que provocan una conmoción estética en el espectador suelen sobrevivir a los siglos y a los ciclos culturales precisamente porque se comunican de una manera profunda, íntima y a veces inconsciente con el ser humano, sin que el contexto social, cultural o histórico sea determinante para esa conexión.

Hace algunos meses, quizá un año, me ocurrió con una obra de teatro, André y Dorine, de la compañía vasca Kulunka Teatro. Fue la primera y hasta ahora la única vez en la que, dentro de un teatro, pasé de la risa y la ternura al llanto incontenible, infantil (aquel que te conduce a un nivel casi primitivo de las emociones) y a llorar sin ningún tipo de reserva mientras le robaba sus kleenex a mi vecina de butaca.

A nivel anecdótico, la obra muestra a una pareja de ancianos que se enfrenta a la enfermedad degenerativa de ella, posiblemente Alzheimer. El público observa dos narraciones: la juventud de los protagonistas y su vejez; es decir, el espectador conoce los recuerdos que la mujer está olvidando y es testigo de los hechos presentes que ella ya no será capaz de recordar.

Durante poco más de una hora, los espectadores recibimos una historia perfectamente narrada: desde el primer momento, a través de las notas del violonchelo y los sonidos de la máquina de escribir, la sintaxis precisa de las acciones engancha al público y provoca el pacto de ficción del que el espectador no se puede liberar en lo sucesivo. El ritmo narrativo tiene la perfección de los ritmos en la naturaleza: es regular, constante, pero no por eso monótono o maquinal. Los hilos con los que se teje la narración no aparentan complejidad (el escenario es el mismo, aunque a través de luces o planos muy bien marcados se creen otros espacios y tiempos; excepto por las analepsis hacia la juventud, la historia mantiene un orden cronológico lineal; las acciones de los personajes son claras y las relaciones entre ellas evidentes); sin embargo, la maestría de André y Dorine radica justo ahí: en contar una historia cotidiana, aparentemente simple, a través de una mirada sensible y sugerente que permite conmoverse ante la complejidad emotiva de la historia. La riqueza de esta obra radica en ser capaz de expresar y provocar una diversidad de emociones profundas en el público, a pesar de no emitir palabras (ninguno de los personajes habla) o gestos (todos los personajes llevan máscara) y a través de una organización perfecta de todos los elementos escénicos.

Por eso, poco importa tener en nuestro bagaje la historia de algún familiar o amigo cercano con Alzheimer para reconocer el dolor, para reconocerse en el dolor, para enfrentarse con el miedo a dejar de ser cuando se deja de recordar. Los movimientos sin palabras de André y Dorine provocan esa reconexión con los ritmos de la naturaleza de la que hablaba Duncan. Como obra artística que transforma al ser humano (a través de la turbación que provoca la belleza), André y Dorine merece todos los escenarios del mundo en los que se ha representado desde hace cuatro años: al crear su propia versión de un lenguaje universal, no existe ninguna frontera de idioma o cultura.

Ojalá en esta Feria Nacional de San Marcos 2016 recibiésemos menos pan y menos circo y más obras de larga vida en la memoria y en el corazón, como este bellísimo montaje de Kulunka Teatro. El arte (la sensibilidad artística, la producción artística, el juicio crítico -a cualquier nivel, pero fundamentado-) que nos enfrenta con nosotros mismos y nos permite reencontrarnos con el Otro constituye mi profesión de fe para conseguir cambios sociales. Porque aunque no sea mimético o realista, el arte también es política y confío plenamente en su capacidad para transformar la “realidad”.


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