Gerald Basil Edwards / Hombres (y mujeres) que no tuvieron monumento - LJA Aguascalientes
16/01/2022

 

Escribir un libro es difícil. Escribir un libro es más difícil. Escribir un solo libro y que resulte ser una obra maestra, es tarea casi imposible. Excepto para, quizá, Gerald Basil Edwards con su The Book of Ebenezer Le Page publicado en 1981. Un libro que tuvo como autor de la introducción a John Fowles. Un libro que recibió una primera reseña elogiosísima de William Golding. Un libro que desató un más que entusiasta comentario del siempre exquisito Guy Davenport. Un libro que Harold Bloom incluyó como una de las lecturas de El Canon Occidental. Un libro que, para algunos críticos, es “una de las novelas más grandes del siglo veinte”. Un libro que Penguin, extrañamente, dejó de tener en su fondo y que tuvo que ser reeditado en la colección de clásicos de la New York Review of Books.

Pocos personajes más tiernamente encantadores en la novela del siglo veinte que, a pesar de su extraño aunque acertado nombre, Ebenezer Le Page. Un viejo cascarrabias, cabezón hasta la insoportabilidad, pero tierno, que ha pasado los ochenta años de su vida en la diminuta isla de Guernsey en el Canal de la Mancha. Una isla que actualmente es un paraíso fiscal. Una isla entre Inglaterra y Francia que permanece aislada de ambos. Ebenezer sabe que se le está acabando la vida pero no quiere que se pierda nada de lo que ha vivido. A pesar del aislamiento lógico de la isla, en las memorias de Ebenezer tienen cabida no sólo su propia historia y la de todos aquellos que conoció, sino las dos guerras mundiales, no sólo las amistades, tanto las conservadas como las perdidas, sino los secretos familiares y las disputas que duran generaciones y generaciones entre familias. Y un final, nostálgico y desesperanzado, cuando Ebenezer se da cuenta de la imparable irrupción del comercio y el turismo moderno en la isla.

Al igual que Dublín funciona como microcosmos perfecto para el Ulises de Joyce, el Vale funciona como una representación, a la vez minúscula y universal, del mundo. Ahí es donde Ebenezer ha pasado toda su vida con la excepción de un cortísimo viaje a Jersey del que no regresa muy convencido de que el mundo exterior valga la pena. Fiel a sí mismo, Ebenezer no se casa, aunque no descuida tener algunos quereres con jovencitas y un tormentoso romance con Liza Queripel. Campesino y pescador, Ebenezer sirvió en el regimiento norte de la milicia real de Guernsey, que no salió de la isla en la guerra y al final de sus días trabaja en la administración de la isla mientras escribe su autobiografía, el mismo libro que lee el lector, que entrega al artista y motero Neville Falla.

Al igual que su protagonista, Gerald Basil Edwards le entrega hacia el final de sus días una copia mecanografiada de The Book of Ebenezer Le Page a su amigo artista Edward Chaney en agosto del 1974. Edwards lo había mandado a distintas editoriales que lo habían rechazado. Tras la muerte de Edwards, Chaney seguiría intentándolo hasta que al fin, gracias a la mediación de Hamish Hamilton, se publicó en 1981 en Penguin.

Durante los años veinte y treinta, Gerald Basil Edwards era considerado una de las grandes promesas de la literatura inglesa. Sus colaboraciones, narrativas breves, que aparecían en la elitista pero acertada revista Adelphi, editada por el exquisito Middleton Murry, parecían augurarle el mejor de los futuros en el mundo literario londinense, pero nunca llegó a completar un texto de largo aliento. Algunos de sus mentores llegaban a compararle con D. H. Lawrence considerándolo un sucesor de él. Tanto que, incluso, la editorial Cape le encargó la biografía de éste, una biografía que nunca llegó a terminar. Sin embargo, en 1933, tras una crisis nerviosa, abandona repentinamente a su mujer y sus hijos y comienza una vida recluida, pero al mismo tiempo errante, entre clases de teatro, en instituciones que abandona tras un año o dos de docencia, el servicio civil y la escritura de su obra maestra.

En los últimos años de su vida se recluyó aún más como leñador en una cabaña cerca del pueblo más que perdido de Weymouth. Allí es donde, por un accidente que ningún lector debe cansarse de agradecer, lo encontró el estudiante de artes plásticas Edward Chaney. Él sería el que, habiendo leído algunos capítulos de la todavía incompleta novela, le alentaría a terminarla. El agradecimiento de Edwards a Chaney fue tal que le dedicó el libro terminado a él y a su esposa, cediéndole, además, los derechos de autor del libro. Chaney sería también el encargado de develar la primera placa azul del English Heritage colocada en la isla de Guernsey, dedicada a Edwards, y que fue colocada en la casa del padre de éste.

The Book of Ebenezer Le Page debía ser la primera parte de una trilogía cuyos otros dos volúmenes serían Le Boud’lo: the Book of Philip Le Moigne y La Gran’-mère du Chimquière: the Book of Jean le Féniant. Nada sabemos de ellos, salvo que un borrador bastante temprano del segundo libro fue destruido por Edwards apenas unos días antes de una muerte que ya presentía.

“Puede que haya habido publicaciones recientes más interesantes que este libro que estás a punto de leer, pero lo dudo”, cierra Fowles su introducción a The Book of Ebenezer Le Page. Un libro “que se lee no como si se leyera sino como si se viviera”, escribió Golding, “porque los adjetivos son siempre acertados y en su individualismo hay una estatura épica”. La épica de una vida cotidiana en la que todos acaban reconociéndose.


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