Opinión

Conocimiento, ciencia, tecnología, innovación y creatividad en la sociedad humana de los tiempos por venir

Durante las campañas político electorales, en esta primavera del 2016, se han anunciado acciones orientadas a consolidar la sociedad del conocimiento en el estado de Aguascalientes. Se trata de la propuesta de un posible gobierno estatal, que la incluiría en sus políticas públicas. La oferta se complementa con otras proposiciones: el desarrollo tecnológico, la innovación, la creatividad. Debo decir que en ocasiones anteriores ya me he ocupado de tales asuntos en estas páginas de La Jornada Aguascalientes y en otras publicaciones locales. Ahora quisiera compartir con mis eventuales lectores unas cuantas reflexiones, sobre esos mismos puntos, más ajustadas a los tiempos que corren.

Para empezar, habría que celebrar que esas cuestiones se traten en el ámbito político público. Hay innumerables razones para ello. Pero bastaría un somero y superficial repaso de algunos momentos de la historia de la humanidad. Proceder a esa tarea nos recordaría hechos notables asociados al conocimiento, a la ciencia, a la innovación, a la creatividad, a lo que hoy llamamos tecnología. Veamos.  

Construir hachuelas de piedra en tiempos de nuestros ancestros homínidos permitió destazar grandes animales producto de la caza colectiva. Así resultó posible transportar trozos de carne a lugares distantes; a sitios donde se asentaba la población de ancianos, mujeres y niños que no participaba en las tareas de los cazadores. Queda claro entonces, que concebir, fabricar e introducir esos instrumentos líticos cortantes en la vida cotidiana de nuestros antepasados homínidos, significó un paso decisivo en su camino hacia la hominización. Esto es, nos hemos hecho humanos gracias, en considerable medida, al pensamiento racional, a la tecnología, a la creatividad, a la innovación que subyacen a esta acción prehistórica.    

Domesticar a los animales y las plantas, iniciar la revolución industrial, emprender los grandes descubrimientos geográficos, establecer las medidas para favorecer la salud pública y la higiene, y desarrollar, en los tiempos presentes, la computación digital y las comunicaciones son otros asuntos ligados a la ciencia, a la tecnología, a la innovación, a la creatividad. Estos hitos en la historia humana no hubieran sido posibles sin un trasfondo de conocimientos y técnicas en diferentes dominios.

No hay que olvidar, por otra parte, que ciertas actividades propias de la ciencia han contribuido a una más racional inteligibilidad del mundo. Constituyen la defensa, elaborada por la razón, contra las creencias supersticiosas, las ideas animistas extra o sobrenaturales, los fanatismos y los fundamentalismos que tanto pueden dañar la vida social civilizada. En este contexto, pensar de modo racional ha permitido comprender ciertos aspectos del mundo y excluir, siquiera parcialmente, la arbitrariedad del pensamiento antinatural y mítico. Entender así el mundo ha conducido a que hoy no se queme a las brujas ni se crea en ellas. Tampoco se cree en las ninfas de los ríos, en los duendes de los bosques ni en otras manifestaciones animistas. Al menos así ocurre en los segmentos de la población bien educada que crece, por fortuna, año con año.

El profesor René Thom, connotado matemático y ensayista francés contemporáneo, entiende que el interés por conocer se desplaza sobre una línea con dos extremos que lo atraen: la acción en uno de ellos y la inteligibilidad racional del mundo en el otro. En efecto, hay conocimientos que hacen inteligible el universo en términos racionales. Por ejemplo, la teoría de la relatividad general, establecida por Einstein. Esta teoría, que explica la dinámica de los cuerpos celestes, con una precisión que asombra, se orientaría al extremo de la pura inteligibilidad, ajena a las preocupaciones de la vida práctica. El conocimiento biológico y sus aplicaciones médicas, a su vez, se orientaría más hacia el lado de la acción: al combate a la enfermedad, aunque no comprendiese en términos teóricos precisos cómo funcionan los medicamentos a nivel molecular, pongamos por caso.

Hay momentos en que convergen las dos atracciones. Un ejemplo ilustrativo es la obra de Pasteur. Pasteur contribuyó a una mayor precisión de la Química teórica. Al mismo tiempo se ocupó de asuntos como preservar la leche de la descomposición por el paso del tiempo o de mejorar la producción de cerveza (cosa que se le agradece hasta hoy) o de la vacuna contra la hidrofobia que tantas vidas ha salvado desde entonces.

Las relaciones entre estos dos extremos que atraen al pensar racional son, al parecer, impredecibles. A veces, conceptos que se han creído desligados de cualquier aplicación práctica resultan útiles en la vida social cotidiana. Puede ocurrir así después de muchísimos años de haber sido estudiados y comprendidos. Es el caso, por citar el primero que recuerdo, de la teoría de números y de sus teoremas sobre los números primos. Pareciera que este tema sólo interesaría, como decía el ilustre matemático alemán Jacobi, a quienes se preocuparan “por la dignidad del espíritu humano”. No obstante, hoy en día, factorizar números primos desempeña un papel de primer orden en la seguridad de las transacciones económicas por Internet. Y los ejemplos podrían multiplicarse sin gran dificultad. Confío en que haya quedado claro, en este episodio, que la abstracción matemática precedió, por muchos años, a su aplicación en la vida cotidiana.

Se da también la situación inversa. Se emprenden trabajos tecnológicos que después conducen a un conocimiento teórico. Algo de eso ocurrió en la Revolución Industrial: las primeras máquinas de vapor se construyeron antes de que el joven ingeniero francés Sadi-Carnot creara la Termodinámica teórica. En este asunto, la habilidad manual y mecánica y la experiencia práctica antecedieron e incentivaron a la teoría. Por supuesto, en un buen número de otros momentos, ciencia teórica y tecnología se han retroalimentado mutuamente y el desarrollo de una ha favorecido a la otra.

Consideremos ahora algunos conceptos sobre la innovación y la creatividad. En el caso de la innovación, un punto sugerente es el de la continuidad en el proceso de innovar. Piénsese en el avión Air Bus A380, que ya vuela hoy en día y que transporta 800 pasajeros con amplia autonomía. Concebir esta aeronave hubiera sido imposible sin atender a una larga evolución. Sin la sistemática y persistente cadena de innovaciones a partir de las primitivas “máquinas voladoras” construidas por los hermanos Wright, (quienes, por cierto, no eran más que hábiles fabricantes de bicicletas), es muy probable que el A380 no existiera hoy.

En relación con la creatividad puede decirse que su esencia reside en la aptitud de identificar semejanzas entre conceptos distintos. Examinemos un caso clásico. Apreciar la equivalencia entre el volumen de agua que se desborda de un recipiente lleno hasta el borde, cuando se sumerge un cuerpo en el líquido, y el volumen mismo de ese cuerpo, inspiró a Arquímedes. Usó esa idea creativa para resolver un problema que, en principio, se antojaba intratable.

Cuenta la historia (o la leyenda, que para el caso es lo mismo) que Hierón, rey de Siracusa, en lo que hoy es Sicilia, le pidió al matemático e ingeniero griego que le dijese si una corona que la habían regalado era de oro puro o no.

Arquímedes tomó la corona y decidió, como persona sensata que era, darse un relajante baño de tina mientras pensaba cómo responder a la pregunta que se le había formulado. De pronto saltó de la tina y salió a la calle corriendo desnudo, para sorpresa de sus conciudadanos. Mientras corría gritaba: eureka, eureka, que en lengua griega quiere decir lo encontré, lo encontré. Fue tal el entusiasmo de su descubrimiento, que se olvidó de su desnudez para desconcierto de sus prójimos.

Es claro que Arquímedes había comprendido que el volumen del agua derramada de su tina llena hasta el borde, era igual al volumen de su cuerpo sumergido en ella. Y el volumen de agua que se derrama de un recipiente lleno hasta el borde puede medirse si se recoge en otro recipiente apropiado. Por el contrario, calcular el volumen de una corona, o de otro cuerpo irregular, por métodos directos, no es fácil. Ahora bien, una vez conocido el volumen de la corona puede compararse mediante el uso de una balanza. En uno de los platillos se pone la corona y en el otro un cuerpo regular, del mismo volumen, hecho de oro puro. Si la balanza queda en equilibrio o se inclina para algún lado indicará la solución. La corona sería de oro puro en el primer caso y no lo sería en el segundo. Esta experiencia, resultado de comprender una semejanza no evidente, le permitió a Arquímedes resolver el enigma que, al inicio de su investigación, le parecía insoluble. Y, desde mi punto de vista, es un ejemplo notable de creatividad. (Quien tenga interés en este tema podría leer mi ensayo Sobre Poesía Ciencia y Computadoras publicado por el ICA en su Antología de Ensayos El Contorno del Viento).

¿Qué enseñanzas podemos desprender de las consideraciones precedentes? Una primera lección es que no sabemos a priori qué conocimientos serán útiles para la vida social cotidiana y cuáles no. Tampoco podemos saber si las innovaciones fecundas provendrán de profundizar en las materias teóricas o de practicar el desarrollo tecnológico concreto. Por lo tanto, una actitud sensata podría ser fomentar el desarrollo del conocimiento científico y la práctica tecnológica sin constreñirlo con dogmatismos ideológicos. Ello, sin perder de vista que estos procesos deberían ser auto dirigidos por la coherencia respecto a su propia evolución.

Por lo que hace a la novedad, en actividades que corresponden al dominio del conocimiento, hay que decir que tiene su origen en los resultados previos. Surge de la crítica, de la generalización, incluso de la modificación radical del conocimiento ya existente, pero no debe ignorarlo. Es evidente, por su propia definición, que no es posible innovar a partir de la nada.

Otra observación es que especializarse en extremo no favorece, desde mi perspectiva, a la creatividad. Especializarse en cierto grado es, claro está, indispensable. Pero, si como se ha dicho, una buena parte de la acción creativa reside en la aptitud de identificar semejanzas entre cosas distintas, conviene saber de materias diversas.

Sé que pontificar rinde malas cuentas. La realidad nos desmiente en numerosas ocasiones. No obstante, corro el riesgo de ser refutado y sostengo que, si algún futuro viable tiene la humanidad, éste dependerá, en buena medida, del pensamiento racional; de su contribución a una más objetiva comprensión del mundo y de sus aplicaciones al bienestar colectivo. Con toda franqueza, declaro que soy incapaz de imaginar otro escenario mejor avenido a la idea de una sociedad buena y justa que nos ha legado la más generosa tradición cultural de Occidente.

The Author

Néstor Duch-Gary

Néstor Duch-Gary

No Comment

¡Participa!