Opinión

Esa varita mágica llamada batuta / El banquete de los pordioseros 

Hace algunos meses una buena amiga me comentó que había visto el concierto de año nuevo que tradicionalmente ofrece la Orquesta Filarmónica de Viena, una de las más bellas e importantes tradiciones en la gran música de concierto en su impresionante Sala Dorada, la Musikverein, una de las más bellas y con mejor acústica en el mundo, digna de la entidad musical que alberga en su seno.

Pues bien, sucede que me quedé reflexionando sobre el comentario que me hizo mi amiga y desde hace algunas semanas tenía la intención de escribir algo al respecto, pero no había tenido oportunidad, ya sea por alguna fecha que ameritaba un banquete o bien, por algún acontecimiento que también me distraía y me llevaba hacia otros rumbos, pero en esta ocasión que no hay pendientes, he decidido compartir contigo algunas reflexiones acerca del trabajo del director de orquesta.

Bien amigo invitado a la mesa para degustar de este Banquete, permíteme compartirte algo, en alguna ocasión, charlando con el maestro Enrique Barrios que dirigió la Sinfónica de Aguascalientes del año 2000 hasta agosto de 2004, me comentaba que dirigir una orquesta se parece a conducir un auto, puedes soltar el volante si el carro está bien alineado y tienes enfrente una prolongada recta, claro, teniendo cuidado de cualquier eventualidad que pudieran hacer que el volante se torciera involuntariamente, pero si llegas a una zona de curvas o a un lugar lleno de baches, de esos que casi no hay en Aguascalientes, este comentario es mío, no del maestro Barrios, entonces tendrás que tomar el volante con las dos manos y conducir el auto con mucho cuidado, sin despegar la vista del asfalto y respetando los límites de velocidad. Así, burdamente y más o menos, y sin entrar en detalles técnicos, es dirigir una orquesta, ya sea sinfónica o de cámara, hay momentos en que puedes aflojar un poco y permitir ciertas libertades a los músicos, más si es una obra que han tocado varias veces y la tienen perfectamente dominada, habrá momentos, sin embargo y sin importar qué tan dominada esté la partitura en cuestión, en donde el director tendrá que imponer su autoridad basada en su sapiencia musical y llevar a la orquesta por donde a él le parezca mejor.

Dentro de la dirección orquestal hay, como lo hay entre los pianistas, violinistas, chelistas o cualquier solista, grandes y verdaderas leyendas, en este momento puedo recordar, por ejemplo al Doctor Wilhelm Furthwängler, a Georg Solti, a Sergiu Celibidache, muy conocido en México, Leonard Bernstein, Herbert von Karajan, Arturo Toscanini, Riccardo Muti, Claudio Abado, Sir Simon Rattle, Zubin Metha, más recientemente Gustavo Dudamel, director venezolano muy joven y que de una calidad inobjetable.

Hay directores que lo son después de haber sido grandes concertistas o cantantes, recuerdo en este momento a Daniel Barenboim, por ejemplo, pianista virtuoso que poco a poco se fue interesando por la dirección orquestal en donde tuvo tanto éxito, sobre todo con la Orquesta de París, que actualmente dudamos si es mejor director que pianista. O Plácido Domingo, que de ser uno de los cantantes de ópera más destacados, se convirtió en uno de los más importantes directores de orquesta, fundamentalmente, y por razones obvias, orientado hacia el repertorio operístico. El maestro Plácido Domingo dirigió la Bohemia de Puccini en el Met, nombre con el que familiarmente se identifica al Metropolitan Opera House de Nueva York en donde se consagró el tenor mexicano Alfredo Portilla, que justamente después de su rotundo éxito en el Met, cantó en Aguascalientes esa misma ópera de Puccini, La Bohemia, con un elenco que seguramente era el mejor de México en su momento: las sopranos Silvia Rizo y Lourdes Ambriz, el barítono Jesús Suaste, el bajo Rosendo Flores y el tenor, ya lo mencioné, Alfredo Portilla con la batuta del maestro Enrique Barrios.

También hay directores que surgen como tales desde la trinchera de la composición, y esto es una cuestión histórica, sabemos, por ejemplo, que Beethoven dirigió muchas de sus propias obras, o el clásico ejemplo de Gustav Mahler, autor de 9 impresionante sinfonías completas y una décima inconclusa, además de algunos lied de una belleza y un valor musical incuestionable. Mahler, además de dirigir sus obras, fue director de la legendaria Filarmónica de Nueva York y de la ópera de Viena, pero también hay directores que son grandes instrumentistas y además compositores, hay varios, te menciono a uno, el maestro Revueltas, actual director de la Sinfónica de Aguascalientes, gran violinista y compositor.

Lo verdaderamente fascinante de la gran música de concierto es que no hay versiones definitivas, de esa manera podemos hablar, por ejemplo, del Beethoven que nos presenta Karajan, sin duda muy diferente al que nos ofrece Nikolaus Harnoncourt, o al de Bernstein, o podemos decir también que sin duda, el mejor intérprete del sinfonismo de Bruckner, es Eugene Jochum, así me lo parece, pero probablemente tú tendrás una opinión diferente e igualmente válida. O bien que hay directores especializados en algún tipo de repertorio o lenguaje, se me ocurre mencionar a John Elliot Gardiner como un experto en música sacra o a Jordi Savall como el más purista de los directores o a Pïerre Boulez como un revolucionario e innovador sin par en la historia de la música.

En fin, el tema es inagotable, finalmente hablamos de directores de orquesta y su particular visión que cada uno de ellos tiene de cómo debe hacerse la música o de cómo se debe abrodar un repertorio determinado, como te comenté, eso es lo apasionante de la música, que no hay versiones definitivas.

rodolfo_popoca@hotmail.com

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Rodolfo Popoca Perches

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