La homofobia y el derecho a vivir sin temor / Extravíos - LJA Aguascalientes
28/05/2022

 

Una pasión por la pureza moral ha vuelto a muchos hombres duros y despiadados

Michael Oakeshott

 

La estupidez armada

El asesinato de 49 personas en Orlando es un ominoso y tristísimo ejemplo de cuán letal puede ser la convergencia entre la estupidez personal (la homofobia), el fanatismo colectivo (el islamismo radical) y la permisibilidad armamentística (el libre mercado de armas).

Ninguna de las víctimas -entre ellas, por cierto, cuatro mexicanos- podría haber imaginado que su vida concluiría en una noche de diversión y mucho menos por el odio que les profesaba un homofóbico confeso.

No debemos, sin embargo, sorprendernos tanto. La homofobia es más que una mera aversión: es el odio en armas, el fanatismo en activo. Sea en el púlpito o en las campañas políticas, en las cámaras legislativas o en los tribunales judiciales, en los medios de comunicación o las escuelas y, desde luego, en el ámbito privado y la plaza pública, los y las homofóbicas pretenden erigirse, a partir de muy peculiar entendimiento de la pureza moral, como autoridad para definir no sólo cómo ha de conducirse la vida de cada quien, sino también para definir quién o quiénes han de tener acceso a determinados derechos -por ejemplo, al matrimonio, la adopción- y, en sus momentos más nefastos y extremos, en quienes deben vivir o no. La nueva inquisición no se dirige a los herejes sino a quienes, en las memorables palabras del clero mexicano, violentan la ley natural.

En México no necesitamos que ocurran masacres similares a la de Orlando para constatar la perniciosa fuerza de la homofobia armada. De acuerdo al más reciente reporte del colectivo S, Crímenes de Odio por Homofobia, entre 1995 y 2015 se registraron en el país 1,310 casos de homicidios por homofobia, esto es 131 homicidios por año, lo que indica que en los últimos diez años cada tres días fue asesinado algún integrante de la comunidad lésbica, gay, bisexual o mujer transgénero (LGBT).


Del total de casos reportados por el colectivo S, 16 tuvieron lugar en Aguascalientes, es decir el 1.2 por ciento, un nivel bajo pero, no debemos olvidar que es semejante al que representa el total de la población de la entidad en relación al total de la población nacional.

Sería del todo imprudente, entonces, olvidar o subestimar el hecho de que en nuestro país los homicidios homofóbicos son frecuentes y que, como no, muy pocas veces llegas a ser castigados en parte por la conocida incompetencia en la procuración de justicia que padece el país y en parte porque, aún ahí, es decir en la investigación de dichos asesinatos, impera también la discriminación y minimización de las víctimas homosexuales.

 

Más allá de la tolerancia: el reconocimiento de los derechos

[Igualdad significa:] Que todos podamos ser diferentes sin temor.

Odo Marquard

 

Para combatir de manera efectiva la homofobia, se ha procurado promover la tolerancia. Hoy es claro que con ser justa y necesaria, la demanda de tolerancia no es suficiente. Dado de que así como amar al prójimo -ese mandamiento tan menospreciado en los dichos y hechos por nuestros cristianos y católicos y sus iglesias- no pueden ser una norma de conducta impuesta por ley, la tolerancia tampoco puede ser obligatoria ni su ausencia punible y deja, entonces, el ámbito de su ejercicio al voluntarismo, la resignación o el cinismo.

La definición misma de tolerancia implica ya una suerte de concesión involuntaria ante algo que no termina de comprenderse y de aceptarse y no hace sino conducir a la sutil trampa de lo que Herbert Marcuse llamó hace años la “tolerancia represiva”, forma de tolerancia que, entre otras cosas, implica ocultar o acicalar el insidioso rostro de la represión que muchas veces se encubre en el discurso de la tolerancia.

No es, entonces, la piadosa tolerancia que se esté dispuesto a conceder, ni un baño de buenas intenciones políticamente correctas lo que detendrá la homofobia. Hay que ir más allá: lo único aceptable es el reconocimiento pleno de los derechos civiles y humanos de los y las homosexuales. Es desde el derecho, esto es desde la dignidad que aporta una ciudadanía plena, como se protegerá debidamente a  la comunidad LGBT ante las amenazas reales y latentes que enfrenta día a día.

Aunque ellos paguen las consecuencias, el problema de la tolerancia no es un problema de los homosexuales. Es un problema de la belicosa comunidad de homofóbicos y homofóbicas a la que corresponde combatir, controlar y atemperar la irracionalidad implícita y visceral que da forma a sus fobias y miedos. Lo que sí es tarea de todos es promover no sólo los derechos de los homosexuales, sino en un sentido más general, un modus vivendi, un acuerdo cívico basado en principios básicos como son la libertad e igualdad.

De ahí que para dar vitalidad y solidez a este acuerdo debemos apoyarnos siempre en un lenguaje ciudadano, esto es en un lenguaje secular que apele a los derechos, obligaciones y responsabilidades de todos y no al lenguaje de la teología política, de los dogmas, las orientaciones confesionales o las creencias metafísicas.

Ello, por cierto, no supone necesariamente dejar en casa las convicciones íntimas, pero si la explícita y contundente renuncia a la pretensión totalitaria de que estas convicciones han de tener un valor universal y que, por tanto, es “natural” que las leyes y derechos civiles deben subordinarse a ellas.

En una democracia esto no es tolerable: así como el lenguaje ciudadano es el lenguaje de derechos, y no el de las revelaciones divinas, el lugar para legislar en una república es el congreso, no el púlpito o el confesionario.

Se trata, en fin, de fortalecer un tipo de acuerdo civil donde sea posible que las personas tengan la posibilidad de vivir, sin temor de sufrir vejaciones, discriminaciones o agresiones, el tipo de vida que para cada uno representa una vida lograda.

Bajo este tipo de acuerdo, el salir del closet, para usar esa chocante expresión, es un acto de afirmación personal, pero también un acto de afirmación cívica, un acto que requiere valor, pero también una clara noción de ciudadanía que se está dispuesto a ejercer y defender.

 

Posdata local

“¡Puto¡”

Voz utilizada en estadio de futbol Victoria, sede del Necaxa, dirigida para amedrentar al portero del equipo visitante cada vez que hace un despeje.

 

El agosto de 2000 el entonces presidente municipal de Aguascalientes, Luis Armando Reynoso Femat, declaró, inquirido por la prensa local por el cartel instalado en la entrada del balneario Ojocaliente que prohibía la entrada a “perros y homosexuales”, que “su administración será tolerante con los homosexuales, pero no les permitirá que practiquen el libertinaje”, y añadió, quizá para tranquilizar algunas buenas conciencias, que en su equipo de trabajo se encontraban “las mejores personas de Aguascalientes. No me importa de que partido sean, no me importa de que religión sean, pero no vamos a invitar putos.” Inquirir

Para no ser menos el gobernador del estado, Felipe González, afirmó pocos después que “a mí me podrán acusar de todo, menos de ratero, rajón y joto”. ¿Qué tal de homofóbico?

Hoy, en 2016, no deja de ser preocupante escuchar al gobernador electo, panista como Reynoso y González, explicar y celebrar su victoria en función de los prejuicios, temores y aversiones homofóbicas que despertó entre algunos de los electores que votaron por él, la propuesta de Peña Nieto en relación al matrimonio igualitario.

Con ello Marín Orozco no sólo parece estar diciendo que no fue tanto su oferta de gobierno o la confianza que podría haber despertado entre la ciudadanía lo que lo llevó a la victoria, como el efecto de dichas aversiones y prejuicios. Al celebrarlo, además, hace algo más que respaldar estas mismas aversiones: acaso está anticipando su poca o nula predisposición a promover y reconocer íntegramente los derechos civiles de aquellos ciudadanos de su propia comunidad y que son objeto de dichos prejuicios.

¿Es necesario recordar que es justamente con este tipo de actitudes que se pavimentan los caminos de la barbarie?


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