Opinión

Un momento de crítica / La escuela de los opiliones

Continúo la lectura del best-seller tristón y decepcionante porque, bueno, soy necio para esas cosas. Una vez que empiezo algo, soy de esos nefastos que deben verlo hasta el final, sobre todo los libros. Pienso que ya no es un halago, mucho menos en estos tiempos donde diversificar, economizar y tratar los tiempos como un muñeco con déficit de atención es muy necesario, incluso deseable, la norma. Eso no quiere decir que mi necedad está presente en otros aspectos de la vida. Cuento las veces que yo, o mis amigos, toman el celular y manosean su pantalla, como agua de vida, para evitar que una conversación siga un curso estable, de inicio a fin. Quizás por eso las juntas, en una oficina, son cada vez más tortuosas; el único contacto humano que nos es permitido, y sin interrupciones, es con algunos colegas mientras todos esas actualizaciones jugosas de datos nos están esperando en el bolsillo. Qué joda vivir hoy. Pero supongo es preferible a enfermar y eventualmente morir de plaga, de tuberculosis o de patriotismo y revolución. En algún lado de la pantalla, la brevedad de una noticia nos consolará de la rutina.

Una de las bondades del libro, sin embargo (Hombre rico, hombre pobre), es su hechura: parece escrito para complacer a los amantes del desarrollo y la estructura. Es decir, si yo fuera profesor de literatura, y si fueran los cincuenta, y si fuera gringo (bueno, claro, incluso hoy el libro serviría de algo pero es tan anticuado en algunas cosas), este libro bien podría servir para explicarle a alguien que no sabe nada de crítica literaria, donde están ciertos elementos básicos y para qué sirve picarlos con una vara. La primera juventud de la crítica literaria, pues, ese bonito monstruo que antes de degenerar en el name dropping, la política y las tradiciones, empieza con la búsqueda de la estructura, las preguntas y la respuesta a esas preguntas.

La estructura del libro es muy sencilla: el desarrollo y la edad de tres personajes en tres décadas distintas. Podemos soltar una palabrota que hace temblar las piernas de algunos: es un bildungsroman. Quihubo. Las preguntas, las primeras, bien sencillas: ¿quién es el hombre pobre, quién es el hombre rico, quién es el tercer personaje y cuándo intercambian papeles? (a veces parece mentira, pero los títulos hablan del libro que uno está leyendo). Cuando son dos o tres personajes, es bien fácil meterse en dos elementos importantes de la crítica que sirven para desmenuzar el libro: los contrastes y los dobles (otro par de palabras provocativas: el desdoblamiento, los sosias, el döppelganger). En lo más básico, la crítica literaria es una especie de ejercicio cuya utilidad es crear la historia alrededor del libro (claro, historia que depende del tono del crítico) y sus probables imágenes, matices, símbolos. Un libro puede vivir sin los reseñistas pero un libro sin crítico es como un árbol miserable, tristón, sin esperanzas de seguir extendiendo una influencia, o un mensaje.



Ya después viene afinar el mensaje, maleducarse con marcos y propuestas teóricas, pero el espíritu de la crítica son las preguntas y eso también es preguntarse de dónde viene uno y a dónde va, también es preguntarse cómo un carajo de nuestra especie tuvo el arrojo de escribir eso que escribió y por qué diablos nadie lo detuvo. O mejor aún, cuando ese alguien lo tuvo todo en su contra. En un best-seller, o en cualquier libro de la mesa de novedades, quizás esa pregunta se desvirtúa un poco porque el mercado siempre está buscando que escribamos de él para ganarse más adeptos, pero también sirven para ejercitar un poco la cabeza y darse cuenta de las estructuras más simplonas, menos arriesgadas y obviamente complacientes; los libros malos nos enseñan la maravilla de los libros buenos. Al final, todos los libros miserables, los libros que no importan y siempre estuvieron destinados a matar árboles en vez de engendrar una semilla, serán reemplazados por momentos más brillantes, más luminosos. Eso también, quizás algunos sean tímidos en decirlo, son los buenos deseos de cualquier crítico literario, por más pervertido que pretenda estar.

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Agustin Fest

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