Enrique Peña y el daño a la investidura presidencial / De política, una opinión - LJA Aguascalientes
28/05/2022

 

Ante la alta cantidad de eventos que vienen sucediendo en la Administración del presidente Enrique Peña, la velocidad con que se están presentando -pasando de uno a otro sin el suficiente conocimiento y explicación-, y los cuestionamientos de inconformidad que de manera inmediata están generando, la crítica política de la sociedad entra en un proceso delicado. El riesgo latente de la crítica consiste en, de plano, observar que el país no va bien, y el gobierno no acierta a resolver los graves problemas que están mermando la vida de la sociedad día con día; es decir, ¿será que los ojos con que vemos la vida de México -cuestionamos-, se nos han vuelto tan negativos que ya no tomamos en cuenta las buenas cosas que suceden?

Para algunos ciudadanos y grupos, la respuesta a la cuestión es sencilla e inmediata: debemos evitar ser negativos, para entender los esfuerzos que hacen los gobernantes para hacer un buen gobierno, por lo que es necesario apoyarlos y no dejarnos llevar por una crítica política malsana, ya que siempre hay y habrá problemas.

Cierto, es útil ensayar esta vía “dando por su lado” a muchos que aplauden las acciones del Gobierno de la República, concediéndole “el beneficio de la duda”, hasta -después de recorrer un trecho por este camino- comprobar a dónde se llega con esta complacencia. Sin embargo, vuelven a surgir eventos que hacen que nos pongamos en alerta -como ciudadanos-, que nos llevan a preguntarnos, nuevamente, qué debemos entender por esto o por aquello.

Por ejemplo, nos asombra que un presidente triunfalista, como gusta presentarse Enrique Peña, pida perdón por un error que cometió cuando se difundió, en noviembre de 2014, la información de la llamada Casa Blanca. Fue una información, nos dice, que causó gran indignación en el país, debido a que generó entre los ciudadanos la percepción de que el presidente había violado la ley por conflictos de interés y por actos de corrupción. El presidente se consideró responsable de que la sociedad lo haya percibido de esa manera ya que, sigue diciendo, se condujo conforme a derecho y con total integridad en esa circunstancia (Discurso de promulgación del Sistema Nacional Anticorrupción, en la red).

El error cometido por el presidente fue que los mexicanos hayamos “percibido” como corrupción y conflictos de interés, la adquisición que hizo su familia de la Casa Blanca. El error, por lo tanto, no fue la mera adquisición del bien inmueble en la forma como lo hizo -ya que, según él, todo fue legal y legítimo-, sino el hecho de que se haya conocido públicamente; en otras palabras, el problema no fue la compra de la casa, sino que se conoció tal compra, generando una percepción equivocada entre los ciudadanos.

La conclusión, según el contexto planteado por el presidente Peña, fue que la adquisición de la Casa Blanca no tuvo ningún problema. El problema fue que se hizo público; si no se hubiera dado a conocer, no hubiera habido ninguna percepción de corrupción o de conflicto de interés del presidente. “No obstante, que me conduje conforme a la ley, este error afectó a mi familia, lastimó la investidura presidencial y dañó la confianza en el Gobierno”.

¿Cómo salir del enredo de las palabras? Tomemos un punto clave, dice Peña: “Somos responsables de la percepción que generamos con lo que hacemos”. Considero que este es el punto medular, dejando de lado la circunstancia no clara de la Casa Blanca, que, seguramente, seguirá en la atención de la sociedad.

La pregunta ahora es si, efectivamente, la investidura presidencial está dañada, y por qué. La primera respuesta, tomando en serio al presidente, es que la investidura presidencial sí está dañada; la dimensión del daño no se reduce a como lo entiende el presidente: “En carne propia sentí la irritación de los mexicanos. La entiendo perfectamente, por eso, con toda humildad, les pido perdón”.


Hoy la investidura presidencial se ha convertido en objeto de sátira (“discurso o dicho agudo, picante y mordaz, dirigido a censurar o ridiculizar”, RAE), que está permeando tanto en caricaturas de periódicos, como redes sociales y discursos de líderes opositores. El punto más significativo, recientemente, fue cuando el presidente Peña participó en la reunión con el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, y el Primer Ministro de Canadá, Justin Trudeau. En ocasiones distintas los dos gobernantes tuvieron que hacer precisiones sobre el discurso de Peña en las conferencias de prensa conjuntas; primero, Trudeau precisó su concepto de los maestros, añadiendo que él se considera tal. Después Obama precisa su concepto sobre el populismo, añadiendo también, que él se consideraba tal. Fue en la despedida, a cielo abierto, donde Peña, prácticamente, fue hecho a un lado, pasando a ser este incidente motivo de acre crítica entre los mexicanos (de manera rápida, el presidente mexicano tuvo que realizar una visita al estadunidense el viernes pasado, tal vez para limar asperezas de imagen).

Si la investidura presidencial está dañada, el único responsable de ello es el mismo presidente Peña. El deterioro abierto comenzó en la Feria Internacional del Libro en la ciudad de Guadalajara, motivo por el que Carlos Fuentes, de feliz memoria, expresó que México no merecería que lo gobernara una persona ignorante. Ya como presidente recordamos los muchos tropiezos, no solo verbales, sino de ideas, por los que ha pasado, cambiando nombres de capitales y estados de la república, o solicitando a los familiares de los 43 estudiantes de Ayotzinapa que “ya lo superen”, o teniendo que hacer ejercicios de pronunciación para mover con amplitud la boca y pronunciar con claridad las palabras del discurso, etcétera.

De ahí que, si bien Peña muestra una gran fuerza y decisión para tomar determinadas decisiones, como pedir perdón y asegurar que impulsará el combate a la corrupción, la imagen que tenemos de la figura presidencial no permite considerarlo con credibilidad.


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