El Éxodo, primera entrega: La Sala de los Menesteres / Crónicas de la ciudad invisible - LJA Aguascalientes
24/05/2024

 

Éxodo es una palabra que trae a la cabeza conceptos relacionados con escapar, la Real Academia de la Lengua Española lo define como “emigración de un pueblo o muchedumbre de personas” y sin dudas a casi todos nos recuerda al éxodo de los judíos que narra el viejo testamento.

Digo a casi todos porque en Aguascalientes existe un selecto grupo de individuos que tenemos la suerte de conocer lo que hasta el momento ha sido el sitio más decadente que he conocido en mi vida, El Éxodo, un after hours ilegal donde venden caguamas a 50 pesos y tienes que orinar en un bote de pintura.

Empecemos. En los primeros días del mes de abril uno de mis mejores amigos nos había invitado a mí y a otros party animals a los 15 años de una de sus numerosas sobrinas, aclaro, yo tengo 26 años así que no es nada del otro mundo que vaya a esos lugares donde puedo pasar totalmente desapercibido como un adolescente.

Vestidos de etiqueta, mis seis amigos y yo compramos dos promociones del Oxxo, léase: dos botellas del peor whisky que hay; nos dirigimos, dentro del peor Uber que he tomado, a la fiesta que se organizó en el elegante hotel Andrea Alameda; al llegar nos sentamos con una familia con la que comimos y bebimos toda la noche a pesar de su obvio disgusto.

La noche se pasó volando y el whisky también voló, así que como los seres despreciables que somos nos dirigimos a donde estaban regalando tequila, bebida que si no fuera gratis jamás tomaríamos por nuestra cuenta; bailamos un poco y se dieron las dos de la mañana, así que elegantemente nos retiramos.

Nuestro plan era meternos a algún bar de Carranza, de nuevo pedimos un Uber en el que nos metimos todos y llegamos a la famosa calle conocida por su fascinante vida nocturna que se acaba a las dos de la mañana.

Como vendedores de biblias fuimos tocando puertas por todos los bares de la calle buscando que nos dejaran entrar pero lo único que obtuvimos fue integrar otras personas que como nosotros, aún no saciaban su sed de fiesta; se nos unió mi amigo el barbón que trabaja en un bar, además de otro amigo que, en su borrachera, se la pasó hablando en portugués.

Caminando por la banqueta nos topamos con el Penpi, el amigo de un amigo que estaba metido en su carro, le preguntamos “¿Tienes after?” y contestó que no, pero que se iba a ir al Éxodo a seguirla, nos invitó y dijimos que sí.


Anteriormente yo ya había escuchado del lugar, me habían hablado lo peor de ahí, mi desconfianza era patente pero mi curiosidad era mayor, otros amigos no tenían idea de qué era y otros más experimentados ya habían ido, así que nos dispusimos a dirigirnos como fuera al misterioso sitio.

Si supiera dónde queda El Éxodo no lo escribiría en esta crónica, pero lo cierto es que no tengo idea dónde se encuentre actualmente; trataré de ser claro, el bar es como la Sala de los Menesteres de los libros de Harry Potter, “la sala que va y viene”, es decir, el lugar cambia constantemente de residencia para que Reglamentos no lo encuentre; puede que les diga que está en calle La Mora y la próxima semana esté frente al Muro del Beso, es simplemente un misterio.

Existen varias teorías de cómo es que uno puede encontrar la localización del Éxodo, unos dicen que hay un grupo secreto en Facebook donde publican dónde se va a poner el próximo fin de semana, otros dicen que siempre está en el mismo lugar pero tiene diferentes puertas que dan a la calle y por último, hay quienes aseguran que siempre está en el mismo lugar, sólo que lo abren en determinados días.

Lo cierto es que ese día Penpi sabía dónde estaba y nos dio indicaciones de cómo llegar porque no todos cabíamos en su carro, el grupo se dividió en dos, unos, los que cupieran, se fueron con el amigo de mi amigo, mientras que otros nos fuimos caminando; sabrá dios qué harían durante su viaje los demás pero en mi grupo nos la pasamos escuchando a mi borracho amigo decir “tou bem gostoza” y “uma caipirinha, muito obrigado”.

Cuando por fin llegamos a las puertas metálicas del Éxodo nos asomamos y sólo vimos una cochera común con un carro viejo estacionado y una puerta de madera al fondo por donde se colaba música y de donde salió un tipo de unos 40 años sin un cabello en la cabeza que nos preguntó “¿Cuántos son?” a lo que respondimos once.

El tipo salió de la casa, abrió la puerta y nos dijo “por favor, no se queden en la cochera, pasen rápido”, orden a la que respondimos de inmediato; de repente estábamos mezclados entre toda clase de personas con predominancia de rockeros, hippies y treintones disfrutando de la espantosa Célula que Explota de Caifanes que sonaba de fondo.

Estábamos parados viéndonos los unos a los otros en medio de una sala de tres metros por seis, vestidos de etiqueta en un lugar ilegal, iluminados por una luz tenue y rodeados de una decoración hecha con basura; uno de mis amigos y su pareja no pudieron más, se salieron sin que nadie se diera cuenta y tomaron el primer taxi que encontraron, huyeron despavoridos mientras que los demás seguíamos inspeccionando el lugar con comprensible miedo pero con curiosidad.


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