Mitos geniales: el mundo global - LJA Aguascalientes
01/12/2021

Con la llegada del internet también llegó la promesa de un mundo sin fronteras, un mundo en el que podría fluir la información sin ningún tipo de restricción. El internet cobijaba la promesa de que así como las barreras virtuales desaparecerían también lo harían las barreras físicas: el comercio y la inversión no tendrían obstáculos para ir de un punto a otro, por lo que se erigirían acuerdos comerciales ciertamente menos restrictivos y las inversiones irían de un lado a otro favoreciendo el crecimiento global. Los acuerdos comerciales regionales sólo serían el preámbulo de un mundo más integrado para favorecer las ventajas “comparativas” y “competitivas”. Éste era el sentido de lo global: un mundo sin fronteras y también sin un ente de gobierno que lo regulara ya que de acuerdo con los principios de la economía liberal, el mercado se regula solo.

México ingresó a la era de la globalización abriendo sus fronteras comerciales para convertirse de uno de los países con esquemas de protección comercial más cerrados a uno de los más abiertos; también a finales de los ochenta y principios de los noventa inició un proceso de firma de tratados comerciales que, aparte del TLC norteamericano, no han tenido repercusión alguna. Pero en lugar de un comercio abierto y competitivo, lo único que se logró fue abrir las puertas a productos provenientes de otros países, especialmente de China, en condiciones de precios tales que literalmente borraron a sectores completos de la industria mexicana. Ya que la apertura comercial se hizo sobre las rodillas no se consideró la eventualidad de que las prácticas desleales adquirieran una dimensión tan grande y ante la carencia de mecanismos de protección -que no de proteccionismo- el saldo actual es el de un mercado inundado de basura a precios dumping.

Pese a la existencia de la Organización Mundial de Comercio, lo cierto es que ese organismo, como su antecesor el GATT y como el resto de los organismos multilaterales, no tiene la capacidad de regular la maraña de prácticas anticompetitivas, ni de poner fin al proteccionismo que llevan a cabo los países promotores del “libre comercio”. En el mundo imaginario de la globalización se consideraba que podrían existir mecanismos supranacionales que evitarían las guerras comerciales, pero tampoco la promesa se cumplió. Lo que sí sucedió fue la aparición de grandes bloques de comercio e inversión donde prevalece el proteccionismo a ultranza en el caso del primero y de una total ausencia de restricciones en el caso del segundo.

La posibilidad de un mundo sin fronteras en el comercio, la inversión y la información llevaba consigo la promesa de un mundo laboral con semejantes características; de hecho en la Unión Europea la movilidad de la fuerza de trabajo es uno de los objetivos principales, en el papel. El magro crecimiento mundial ocasiona que la movilidad laboral sea sólo un propósito ya que para cada país lo importante es proteger a sus propios ciudadanos, lo que no reduce la presión sobre el nivel del empleo. Ante el riesgo de perder sus empleos algunos trabajadores europeos, por ejemplo, han aceptado condiciones como la reducción de las horas de trabajo, con la consiguiente disminución del salario, e inclusive en muchos de los países desarrollados hay una pérdida en los salarios reales, tan importante que pueden explicar el efecto Trump, merolico que es candidato al gobierno del país más fuerte del mundo sobre la estrategia de atribuir la afectación salarial a los migrantes y no al propio sistema económico que genera desempleo y desigualdad.

El mundo global también significó la reorientación de los procesos productivos: los procesos tradicionales se van a los países permisivos con la contaminación y los bajos salarios, en tanto que la tecnología y otros servicios de valor agregado se quedan en las economías avanzadas. Países como China y México compiten con salarios de hambre para atraer inversiones para generar empleos que las empresas locales no son capaces de ofrecer, pero que tienen el efecto de mantener salarios en niveles inaceptables. Nada mejor para una “estrategia” de reducción de la inflación que tener el salario congelado.

Pero el mundo global tampoco tuvo en el internet y en la libertad de la información a uno de sus principales aliados. Las redes sociales se han convertido en uno de los instrumentos más importantes precisamente para la desinformación e inclusive para la despersonalización de sus usuarios. Las empresas como Facebook controlan la información de sus usuarios con su consentimiento y en el internet sólo circula la información que se quiere dar a conocer. Los que osan utilizar el potencial de la Red se encuentran recluidos en las embajadas, condenados a ser perseguidos por los aliados de quienes fueron denunciados por inmiscuirse en los asuntos internos de otros países: en lugar de acusar a quienes hacen labores de espionaje acusan a quienes los exhiben.

El poder de las redes sociales se ha exagerado hasta el cansancio. Todos tienen algo que decir cuando se trata de tirar a los tiranos. La experiencia de la caída de los dictadores árabes es elocuente, pero después de haber logrado tirar a regímenes indeseables qué pasó: nada. Las redes sociales no están hechas para construir, ni para edificar. Hoy los resultados de los movimientos sociales en países donde las redes han tenido una presencia importante arrojan saldos rojos para la población. Los cientos o miles de millones de usuarios de la redes y de internet preocupados por un like y desvinculados de su realidad política y económica son una desafortunada muestra de que la globalización llegó para quedarse.

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