Toros y Homofobia / Economía de Palabras - LJA Aguascalientes
17/07/2024

En esta columna se hace un intento semanal de apelar al sentido común. De hacer relevantes los problemas más graves a los ojos de quien escribe. Lamentablemente en cuanto más relevante, grave o pertinente es el problema estos suelen ser cada vez más técnicos. Para muestra un botón. Esta semana la (posible) negligencia/intransigencia del INEGI para cambiar las formas de levantar uno de los módulos de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares debería dominar la discusión pública. Este asunto es importante. Los datos que INEGI genera nos permiten medir el desempeño de nuestros gobernantes, sirven para diseñar y evaluar políticas públicas, son el único testimonio de nuestros éxitos y de nuestros errores. Algunos medios internacionales han señalado sarcásticamente cómo México ha eliminado la pobreza cambiando la forma en la que medimos el ingreso. No obstante, los medios nacionales nos entregan nota tras nota sobre Pokémon Go o del atentado terrorista en turno.

La política y la economía son la arena de una discusión que nos debe interesar a todos. Lamentablemente parece ser que de lo único de lo que se quiere hablar, discutir, son nimiedades. Es aquí donde entran los toros y la homofobia. Y de antemano disculpe, amable lector, si el título no hace justicia al texto. Disculpe las molestias que este ejercicio democrático le pueda generar. Y finalmente le pido, disculpe la ausencia de una discusión estéril que pueda brindar una sensación de autoridad sobre un asunto que domina con una multitud de argumentos pedestres o con unos pocos tan elegantes como el oro de la curia o la genética de la distinguida autoridad de la plaza.

Esta no es una columna más sobre el torero muerto o del “matrimonio natural” lo que sea que eso signifique. En esta columna no se va a discutir el estúpido relativismo moral sobre la muerte de un fulano ni se revivirán discusiones bizantinas sobre las buenas malditas costumbres. En un apego anticuado y anacrónico a mis principios éticos, seguiré siendo un pregonero de la desigualdad. Si esta no se discute, no se mide, no se muestra tan cruda como es, entonces será casi imposible solucionarla. Aceptar tácitamente la desigualdad por omisión es tan ignorante como señalar que quienes la sufren, los pobres lo son porque quieren.

Espero este claro que para asegurar tal cosa, que la pobreza es una elección, se requiere un nivel de estupidez digna de un monumento. Es falaz. Una mentira que se repite ad nauseam y una representación tan burda de la realidad como las mentes que creen con vehemencia en esta máxima del Mirreynato. La criminalización de la pobreza y el intento por envilecer a los pobres deberían ser sancionados. Lamentablemente es una difamación que siempre queda impune.

Me permito aclarar un par de hechos antes de continuar. La pobreza, cierto es, es el resultado natural de la escasez. No obstante la miseria causada por la desigualdad y la falta de acceso a las oportunidades que facilitan la movilidad son un acto de violencia económica. Es un hecho que la desigualdad tiene una carga moral implícita, citando a Darwin, me permito decir que si la miseria de los pobres no es causada por las leyes de la naturaleza, sino por nuestras instituciones, entonces, qué grande es nuestra culpa (pecado).

Está claro entonces que la desigualdad es el problema. Permítame explicarme. La pobreza es inaceptable y por ello me resulta casi imposible pensar que exista quien pueda afirmar lo contrario. La pobreza es un problema indeseable y se debe hacer todo lo posible para erradicarla. No obstante con la desigualdad no sucede lo mismo. Hay quién cree que la desigualdad no representa problema alguno. Inclusive hay quienes hacen una apología a la desigualdad y señalan que es el resultado natural de la distribución del talento y una forma de diferenciar el esfuerzo.

Lo que estos últimos ignoran selectivamente es que parten de un supuesto inverosímil. Piensan que todos tienen las mismas oportunidades. Que la cancha es la misma y que en el transcurso del juego les aplican, siempre, las mismas reglas a todos. Si se lee con detenimiento esto último resulta cómico pensar que alguien pueda asegurar tal cosa.

Si pudiéramos pensar por un segundo en la pobreza, como una consecuencia de la desigualdad, quitándole la tragedia y los tintes dramáticos que la acompañan, nos encontramos con una realidad igualmente terrible. Piense por un segundo en las comodidades a las que la gente más pobre no puede acceder. Parecería que en comparación unos vivimos en el futuro. Contamos con un dispositivo portátil que puede brindarnos cualquier dato, informarnos sobre cualquier suceso y comunicarnos con millones de personas a miles de kilómetros sin la necesidad de movernos de nuestras sillas. Consumimos miles de megabytes de información diaria y participamos en una cantidad casi enfermiza de interacciones a distancia con otras personas. Todo ello nos brinda un capital social (relaciones personales) y de un capital de conocimiento que nos facilita introducirnos a distintos mercados laborales. Hay a nuestra disposición diferentes medios de transporte, podemos realizar compras y transacciones respaldadas únicamente con nuestra palabra, podemos pagar por hacer filas más cortas, para mejorar nuestros servicios o simplemente podemos acceder a bienes fuera de la imaginación de los más pobres. Máquinas para hacer margaritas o elegantes artefactos para hacer café. El uso adecuado de estas comodidades aumenta la productividad y mejora nuestra calidad de vida. Otras simplemente le dan sentido a nuestra vanidad.

Pensemos en otro hecho innegable. Otro que deja al relieve las consecuencias de la desigualdad. En la pobreza se vive menos y la vida es cruda. Si pudiéramos caracterizar la pobreza a través de las consecuencias de una enfermedad sus implicaciones serían alarmantes. Disminuye la esperanza de vida, aumenta alarmantemente la mortalidad infantil y magnifica los efectos de enfermedades menores como el cólera al grado de causar la muerte en algunos casos. Tiene efectos de largo plazo sumamente horrendos. Disminuye las capacidades cognitivas, genera desordenes alimenticios tan graves que llevan a la desnutrición aguda y en algunos casos está acompañado de manera irónica de un problema de obesidad. Genera problemas educativos profundos y está acompañada de eventos adversos, algunos crónicos, que agravan los síntomas. Embarazos juveniles, impide el ahorro y la acumulación de capital. Para empeorar aún más la situación, quienes padecen las consecuencias de la desigualdad son víctimas de discriminación, es prácticamente imposible que accedan a un trabajo digno con las prestaciones de ley y para rematar pagan un impuesto a la pobreza ya que el acceso a bienes básicos les resulta más caro por no poder comprar en grandes cantidades.


Aun cuando estos hechos son claros, es lamentable observar el cinismo de algunos privilegiados ampones y parásitos que los señalan de huevones y de torpes cuando no de ambas. Estos lerdos son más parecidos a la caricatura orwelliana del cerdo que usa sábanas para dormir que a un personaje de Ayn Rand. Todos somos iguales, pero unos somos más iguales que otros. Sería irresponsable hacer una caracterización de la realidad señalando a buenos y malos. Pero en este caso basta con señalar lo grotesco y aplaudir a quienes hacen algo para combatir el problema más grave de nuestro siglo.

Por último a esta gente que cree que la riqueza es inequívocamente un resultado ineludible del trabajo duro y un premio para lo mejor de la especie le tengo algunas palabras a manera de contra ejemplo. Donald Trump, Paris Hilton, Kim Kardashian, y por no dejar, la Gaviota.

 

@JOSE_S1ERRA


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