Autoestima Colectiva / El Foro – LJA Aguascalientes
30/09/2020


 

En el programa Algo que decir de La Jornada Aguascalientes, en colaboración con Radio Universidad, del 4 de Agosto, Edilberto Aldán, Alan Santacruz y Alex Vázquez Zúñiga se hicieron una pregunta que, sin que a primera vista se note, pone el dedo en una de las grandes llagas del país: “¿por qué en México no podemos tener un presidente como Obama?”.

En la transmisión se habla de cómo el estilo particular de Obama y la estrategia de comunicación política de la Casa Blanca han cautivado al mundo entero: su irreverencia, su naturalidad y su autenticidad que lo hacen poder cantar Amazing Grace a medio discurso, hacer chistes en plena Convención Demócrata, tener una esposa que puede aparecer en un video cantando volviéndose asombrosamente viral o tener una hija que trabaja de mesera en un restaurante de mariscos en vacaciones. En otras palabras, se habla de cómo uno de los hombres más poderosos del mundo ha logrado generar la empatía de las masas a través de la cercanía con la gente común, mostrándose como uno de ellos.

La estrategia de comunicación es excelente, pero tampoco es algo del otro mundo. De hecho es algo que puede ser fácilmente replicable. Pero no en nuestro país, por desfortuna.

Imagina lector, por un segundo, al presidente Enrique Peña Nieto cantando una improvisación de jazz en cualquier Night Show de México, o a Angélica Rivera haciendo un Carpool Karaoke cantando “Ay, Gaviota”. Las mismas redes mexicanas que adoraron a Obama con su improvisación en el show de Jimmy Fallon y que hicieron viral el video de Michelle Obama cantando Single Ladies con James Corden, encumbrándolos como los políticos modelo, destrozarían a Enrique Peña Nieto y a Angélica Rivera. Los dejarían verdaderamente hechos polvo, no importando que tan buena fuera la estrategia de comunicación de los Pinos.

¿Por qué? Te preguntarás. Porque los mexicanos no nos queremos, respondo yo. Me explico.

El primer argumento de quienes encumbran a Obama pero denostan al gobierno mexicano es el típico “es que no compares a Obama con Peña Nieto”; pero si le preguntamos a las redes sociales o al mexicano promedio cinco logros de la administración Obama que la hagan incomparable con la administración Peña Nieto no tendríamos respuesta alguna. O contrario sensu, el millenial promedio se buscaría justificar en que “Peña Nieto viene de un partido político corrupto hasta las entrañas”, olvidando el reciente escándalo del Partido Demócrata (el partido de Obama) donde se comprobó a través de correos filtrados que las elecciones primarias estuvieron marcadas por la más aberrante corrupción buscando beneficiar a Hillary Clinton y detener a toda costa al monstruo en que se convertía Bernie Sanders, operado todo desde la máxima autoridad del partido y desde la oficina oval del rock star Barack.

Lo anterior no es más que un ejemplo de la baja autoestima colectiva mexicana. El dogma de que todo lo que aquí pasa y sucede es malo respecto de lo que pasa y sucede en cualquier otro lugar del mundo. Y cuando las cosas buenas pasan, a nadie le importa. Como aquella ocasión en la que los matrimonios entre personas del mismo sexo fueron avalados por la Suprema Corte de Justicia de la Nación de nuestro país y nadie dijo nada, pero una semana después fue aprobada por Estados Unidos y todo Facebook se llenó de banderas de colores celebrando el gran logro de nuestro vecino del norte.

No se trata de simple malinchismo o de los efectos de la globalización. El tema es duro. Ejemplos sobran.

La semana pasada, el presidente municipal de Guadalajara, Enrique Alfaro Ramírez, presentó la llamada Marca Ciudad, que es un proyecto de comunicación (excelente, dicho sea de paso) que busca recuperar el sentido de pertenencia de los habitantes de la Ciudad de las rosas que estaba completamente perdido. El objetivo es bastante noble: que la gente se sienta orgullosa de vivir en Guadalajara, de decir que nació ahí, de pertenecer a un lugar que de alguna u otra manera le provoque emociones positivas, que eleve el autoestima colectiva de sus habitantes. Incluso se hizo un clip musical con una excelente producción con una versión muy fresca de la famosa canción Guadalajara, Guadalajara en el que participaron artistas como La Rumorosa, Jaguares, Panteón Rococó, Celso Piña, Telefunka y el Mariachi Viva Xalisco y que fue grabado en lugares representativos de dicha ciudad. Un verdadero homenaje a la ciudad y a sus habitantes. ¿Cómo lo recibieron los tapatíos? Ha sido duramente criticado por los pseudo expertos audiovisuales, opinólogos y una larga listas de acomplejados de redes sociales (los mismos que le dicen a Chumel Torres que nunca llegará a ser Stephen Colbert sólo por salir en HBO -básicamente porque es mexicano-) que no soportan ver algo bello en México.

Hay renegados en todos los lugares del mundo, pero esto va más allá. Aun así, creo que es posible cambiarlo.

La transmisión de Algo que decir cierra con una frase que en lo personal me preocupa: “somos un pueblo de tlatoanis” es decir, un pueblo de príncipes, de caudillos. Nos queremos tan poco que buscamos afanosamente un mesías que sea perfecto, que nos redima de nuestros pecados. Yo me resisto a estar de acuerdo con esa visión. Nos acercamos, de a poco quizá, al momento en el que le damos más valor a lo colectivo que a las personalidades y a las personalidades que encumbramos hoy en día son aquellas justamente que dejaron de decir “yo” para decir “nosotros”.

Es posible lograr restarle valor al “él” para darle más valor al “nosotros”. Claro que es posible sostener que “aquí” es mejor que “allá”. Querer al país es algo que podemos hacer a diario, eliminando nuestros propios complejos, desterrando para siempre el derrotismo barato, reconociendo que podemos influir en nuestra sociedad para devolverle valor al lugar en el que vivimos. Qué bueno sería empezar a ver nuestras virtudes por encima de nuestros defectos. Que maravilloso será el día en el que impulsemos a los nacionales y nos sintamos orgullosos de ello.

Ese día, no mereceremos un presidente como Obama, mereceremos (y existirá) uno mejor.

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