Huracán - LJA Aguascalientes
08/12/2022

 

V

En todo el mundo, los picos de actividad ciclónica tienen lugar hacia finales de verano, cuando la temperatura del agua es mayor. Sin embargo, cada región particular tiene su propio patrón de temporada. En una escala mundial, mayo es el mes menos activo, mientras que el más activo es septiembre. En la región norte del Índico, las tormentas son más comunes de abril a diciembre, con picos de intensidad en mayo y noviembre.



 

Tal vez de aquel viaje catártico había traído con ella nuevas fechas.

 

  1. VI. El deseo es siempre deseo

Jacques Lacan

De niño solía acostarme pronto y dormirme tarde. Con los ojos cerrados conjuraba los pensamientos que durante unas horas se convertían en mis sueños. Jamás tuve pesadillas. Jamás me desperté, sin saber por qué y a mitad de la noche, inquieto. Los cariñosos aunque violentos jalones de mi madre siempre coincidían con un momento casi alcanzado de gloria y felicidad. Ella interrumpió goles que valían un campeonato, las primeras pisadas en Marte o el premio, uno sin nombre pero importante, que estaban a punto de concederme. La vida siempre aparecía en el momento menos esperado. Así, ineludible y real, sonó la alarma del teléfono a la mañana siguiente apenas un par de horas después de haber caído rendido tras la caminata y los pensamientos que darían forma a mis ilusionados sueños.

El papel verde, junto a una colección de monedas desperdigadas por la mesita de noche, fue el segundo golpe de realidad al despertar. Todavía amodorrado me costó darme cuenta de que era una infracción vial. Recordar qué hacía en ese mueble me devolvió, como quien regresa a un lugar conocido pero poco frecuentado, la noche anterior. Mejor dicho, fragmentos sueltos de la noche anterior. Los poetas, el futbol, las canciones y algo sobre astronomía. La sombra que unía aquellos fragmentos, para desesperación de mi memoria, no tenía nombre.

Llegar a trabajar fue menos complicado que sentarme ante el escritorio en el que los papeles prometían una concentración que dejaría a mi subconsciente rebuscar el nombre que, suponía, en algún momento de la noche me habría dicho. ¿Se habían sentado sin más presentación? Las listas con rayas diagonales, alumnos a dar de baja desde hace dos días, esperaban y tal vez en aquella retahíla de nombres había algo que pudiera recordármelo. ¿Le había preguntado cómo se llamaba? Un correo electrónico de mi jefe reclamaba un trabajo aún más urgente que el que ya había caducado.


Ella me encontró primero. Una pequeña ventana en la esquina inferior izquierda de la borrosa pantalla me anunció una solicitud de amistad. Podía ser ella o no pero me lancé directamente al link que prometía. Dos o tres segundos después, la sombra tenía nombre, un nombre que tendría mil y una variantes en los meses que quedaban por delante. Una sombra y un nombre a los que no sabía qué decirle y, mucho menos, cómo.

Tras el instantáneo clic de aceptación, me costó encontrar la primera frase.

“¿Llegaste sana, salva y a tiempo?”. La palomita apareció a los pocos segundos. La respuesta aún tardó unos minutos en llegar. “Sana, salva, a tiempo y zombi”. La imaginé como en un espejo, una imagen que íbamos a repetir muchas veces, sentada frente a su computadora, en una oficina que no conocía, intentando arreglar sus trabajos, los atrasados y los urgentes, mientras luchaba por mantenerse despierta. Recordé que me dijo que no tomaba café. “¿Cómo le haces para mantenerte despierta?”. “No sé”.

Mi mañana transcurrió entre la supervivencia laboral y la esperanza de encontrar un nuevo mensaje en la pantalla. Un mensaje que nunca llegaba, que parecía nunca iba a llegar. Apareció la ventana que esperaba. “Entre tanto correr tengo la pregunta obligada. ¿Dónde paso por mi multa?”. Escribió mi multa y no nuestra multa. “Sólo puedo ir mañana”. El espíritu de mi padre se apoderó de mí sabiendo que tenía veinticuatro horas por delante. “No te preocupes. Salgo y paso a pagarla. Tengo un amigo en Tránsito que me puede conseguir un descuento”. No tenía ningún amigo ni en esa ni en ninguna dependencia ni dinero para pagar la multa. Aunque sí la intención.

Me mandó su canción favorita. Yo le mandé la mía. Las dos eran lo suficientemente ambiguas como para decir todo sin decir nada. Una hablaba de deseo, la otra de cuidar y ser cuidado. Las dos estaban en español. Las dos eran, realmente, nuestras canciones favoritas. Y peligrosamente genéricas, coordenadas en un mapa de una tierra conocida pero no bien cartografiada.

Contuve, todavía, las ganas de hablarle a mis amigos de ella. A cambio, mejoró mi trabajo, preocupado además por dejar la mesa mucho más despejada de como la había encontrado. Por responsabilidad y por si acaso.

El primer mensaje de la mañana siguiente era directo. “Buen día. Si fuera tan amable deme sus coordenadas para pasar por mi multa. Debo ser una ciudadana ‘responsable’”. Esas comillas que encerraban la palabra responsable impedían todo intento de respuesta. Al menos por el lado de la contradicción entre ser multada por conducir ebria y el adjetivo que se adjudicaba.

“Ya está pagada”. Y donde yo esperaba una respuesta de agradecimiento llegó un mensaje que podía complicar el día. “Perfecto. Pasó a buscarla esta tarde”. La promesa de volver a la verla se superponía a la imperiosa necesidad de encontrar una excusa que sustituyera al monto de la infracción. Hora de cambiar de tema. “Sobreviví al día. ¿Y tú?”. “Se me había olvidado que tenía un evento en la noche. De la Universidad. Tuve que ir”. La multa había desaparecido de la conversación. “Lo malo es que cuando se va a algo de moda si te ven guapa, te invitan a sentarte en las primeras filas”. “Algún día también estarás en las primeras filas de las lecturas”, le prometí. Un emoticono respondió por ella. En lugar de intentar revivir una conversación medio muerta me dediqué a googlearla. Esa misma tarde supe que ella había hecho lo mismo.

El mensaje llegó casi al final de la jornada laboral. “A las siete estoy libre. Mi multa, por favor”. “Ya está pagada. No te preocupes”. “Quiero tenerla. Es la primera que me ponen. Quiero conservarla”.

Me citó en una cafetería-bar del centro de la ciudad, cerca de mi oficina y no tan lejos de su casa. En ese mismo lugar, ella presentaría un año y unos meses más tarde un libro colectivo. Como me enteré después había elegido el sitio para sorprenderme como cliente habitual, uno de esos que no necesitan pedir porque el mesero familiarizado ya sabe que llevar. Yo había aceptado encantado porque pensaba usar el mismo truco. Llegué antes y decidí aguardarla hasta que apareciera. La esperé en las mesas de la calle.

“Yo te escucho perfectamente. ¿Tú me escuchas bien?”. El exagerado volumen de alguien que hablaba por su teléfono celular como si no necesitara que quien quisiera que estuviese al otro lado le oyera acompañó su llegada bamboleante. Quizá los tacones quizá la resaca, pensé.

Me levanté, aparte la silla. Ella me besó en la mejilla.

En contra de lo habitual en el local, la mesera llegó casi al instante.

–Déjenme adivinar. -Sonrió-. Una copa de vino blanco y una ámbar. No sabía que se conocían. Nunca los había visto juntos. Bienvenidos. -Estábamos empate a uno.

Esa coincidencia de lugares nos llevó a la constatación de conocidos comunes y a los genéricos y eficaces “me suena”, “amiga de un amigo”, “sí, hemos coincidido”. No me atreví a deslizar ningún nombre falso para asegurar la sinceridad de sus respuestas. Ella sí lo hizo.

Decidí adelantarme.

–Dejé la multa en la oficina. Otro día te la paso. -Brindamos-. ¿Sabías que en Hungría es de mala educación entrechocar las copas? -Le conté una enmarañada historia sobre el origen de la costumbre. Me di cuenta de que yo no tenía una. Me dirigí a la mesera. ¿Podrías traer una botella de ese vino que está bebiendo ella y una copa para mí?

Un inusitado pragmatismo pareció habitarla. Inusitado y generoso.

–Si tú pagaste la multa, déjame invitarte.

Suspiré y ya que yo no iba a pagar pedí otra cerveza.

Hablamos de las canciones que nos habíamos enviado. Aunque se supone que estábamos al principio de algo, o de nada, intenté captar su atención contándole la historia de Go your own way.

–Me preocuparía que alguien me mandara esa canción. Lindsey Buckingham el guitarrista del grupo y exnovio de una de las cantantes escribe una canción mandando a su amor a volar porque se acostó con mil tipos. Y el cabrón, además, le hace cantar los coros. Supongo que cada vez que la tocaran en directo el estaría pensando que “Te haré sufrir por haberme dejado”. Iba a preguntarle por su ruptura cuando me interrumpió.

–Como mandarle a alguien “Too drunk to fuck” para quejarse por la noche anterior, ¿no?

Descubrimos que hablábamos el mismo idioma y que la botella se había acabado. Miré el reloj de mi desvencijado celular.

–A las ocho tengo -dije tengo inventándome una obligación que no tenía- tengo que estar en una conferencia de Hugo Ornelas. ¿Quieres venir?

–Perfecto. Yo a las ocho quedé con una amiga aquí cerca. Dejé de sonreír.

Pidió la cuenta, la pagó y dejó una propina bastante generosa por un problema que tenía con los porcentajes que nunca había aprendido a sacar. Volví a retirar la silla para ayudarla a levantarse.

–Te acompaño. No pasa nada si llego tarde. Quiero conocer a tu amiga.

–No, no quieres conocerla -advirtió-, ella sí te conoce a ti.

Fueron apenas cinco minutos hasta el lugar de su segunda cita. También de moda, también lleno de conocidos. Cuando llegamos a la mesa de la segunda planta ni siquiera pudo presentarnos.

–¿No te acuerdas de mí? -El mundo que la rodeaba parecía empeñado en convertir las afirmaciones en preguntas. No la recordaba de nada hasta que me ayudó-. Nos conocimos en el after de un poeta gay cuando vino a presentar su último libro. En esta misma terraza. Y te voy a decir una cosa. -Su voz sonaba amenazante sin ensayar lo que la hacía más peligrosa-. Si haces con mi amiga lo que haces con todas, enamorarlas y dejarlas, te juro que te busco y te mato.

–Eso es una leyenda. Son ellas siempre las que me dejan.

–Leyenda, mis polainas. Si le haces algo, te mato.

–Acabo mi cerveza y me voy.

Debería haberle hecho caso. La acabé y bajé trastabillando por el alcohol y el nerviosismo, las escaleras que llevaban a la planta baja y de ahí a la calle. En la puerta del bar encontré a una vieja amiga, novia de un exalumno al que seguía frecuentando. Debió notar algo en mi cara.

–¿Estás bien?

–Sí. No. No sé. -Estaría contagiándome su manera de hablar, sus expresiones, esos detalles que la convivencia convierte, poco a poco, en compartidos, me preguntaba. –Si subes conmigo a la terraza te invito unas cervezas. Lo único que te pido a cambio es que nos sentemos lo más juntos posible-. Aceptó. Si la gente piensa algo de alguien lo menos que se puede hacer es dárselo.

Nos sentamos en la mesa más cercana a la que había abandonado hacía unos minutos. Nos sentamos a una distancia que no sugería ni amistad ni noviazgo sino algo a mitad de camino. Hablamos de conocidos y de su tesis sobre algo de arte contemporáneo, de su novio y del negocio que nunca había fructificado aunque yo no la escuchaba con mucha más atención que a la música de fondo mientras las únicas palabras que se repetían en mi cabeza eran “te mato, te mato”. La primera pero no la última amenaza del año.

 


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