Opinión

Bob Dylan: ¿rockero o juglar contemporáneo?

Debo a Amalia Brown algunas de las ideas contenidas en este texto

 

La concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan ha producido un cúmulo de opiniones, en su mayoría desfavorables. La Academia sueca, responsable de esa decisión, ha sido criticada con severidad y en algunos casos sus integrantes han sido insultados con inesperada ferocidad. Pareciera, a los ojos de muchos comentaristas, que se ha cometido una suerte de sacrilegio imperdonable. Algunos de los amigos y amigas cercanos y bien estimados se han afiliado al grupo de los detractores. En principio, no estoy de acuerdo con ellos. Por ese motivo me pareció pertinente exponer explícitamente las razones de mi discrepancia.

El primer argumento que he escuchado por parte de los descontentos me parece que comporta un vicio lógico. Se critica el hecho de que el premio se concede a un músico y no a un literato. Este modo de razonar padece una limitante que se parece a la que se denomina argumento ad hominem. Es decir, en este caso se juzga la profesión del hombre no su obra. Ninguna (o casi ninguna) de las críticas que han llegado hasta mí se refiere a los textos o a la música de Dylan: alegan que se trata de un músico o autor de canciones y que por ello no debe recibir un premio destinado a los escritores. A este respecto no hay que olvidar que la división del conocimiento o de las actividades artísticas es en buena medida convencional. En dónde pondríamos la ópera: ¿es música, literatura o canto?, podríamos preguntarnos.

Otro de los argumentos críticos que me ha llamado la atención es el que hace notar que existían muchos otros autores, ellos si literatos, con mayores méritos para recibir el premio. Aquí se incurre nuevamente en una falacia que se llama la opción virtual. Siempre hay una amplia gama de opciones entre las que sólo se puede elegir una o unas pocas. Por consiguiente, habrá opciones no elegidas sobre las que se aleguen méritos que debían hacerlas merecedoras de elección. Recuerdo el caso de la esposa que le regala al marido una corbata roja y otra azul, que se cita como ejemplo de este artilugio retórico. El marido se pone la corbata roja. La esposa le hace notar con gesto adusto: sabía que detestarías la corbata azul. Esto es, siempre habrá otras opciones; podemos recordar escritores brillantes que nunca recibieron el Nobel a pesar de sus evidentes merecimientos. Mi entrañable profesor en la preparatoria en Mérida, Don Carlos Canto López, en su clase de literatura se quejaba del Nobel a Churchill y del olvido de Ortega y Gasset, quien le parecía un merecedor indiscutible de esa distinción. Un amigo francés me dice que para sus paisanos es más meritorio ser publicados por La Pléyade que recibir el multicitado Nobel. En verdad La legítima literatura es ajena a premios y distinciones; las generaciones de hombres y mujeres identificaran y retendrán las obras que resulten genuinamente valiosas con independencia de si han sido o no reconocidas oficialmente como tales.

Un tercer argumento sostiene que el Nobel concedido a Dylan desmerece a la literatura. En este sentido ofrezco dos reflexiones. La primera es nuestra predisposición biológica a resistir el cambio. Dicen los que saben de esto que nuestro proceso filogenético determina, una vez que aprendemos algo y nos resulta familiar, que nos resulte extremadamente difícil, por razones de supervivencia, aceptar el cambio. Por ejemplo, La Consagración de la Primavera de Stravinski fue recibida con un rechazo casi unánime. Hoy se considera una de las obras maestras de la música Occidental.

Quisiera considerar un tema que fue parte de las lecciones que recibí en la educación secundaria. Mi también entrañable maestra Doña Candita Fernández, por sus clases de literatura española me hizo saber que en un momento de su historia existía el mester de juglaría y el mester de clerecía. El mester de juglaría incluía a quienes tocaban su música y cantaban sus poemas para el esparcimiento del público. En ese entonces no se dudaba de que los juglares fuesen auténticos poetas y por consiguiente literatos. No hay que olvidar el papel del juego y la diversión en la creación de la cultura. Sobre este tema les recomiendo, a los que tengan interés, la obra del historiador holandés Johan Huizinga, Homo Ludens, en la que define al hombre que juega como precursor del Homo Sapiens (el hombre que piensa) en cuanto a creación de cultura.

En suma: espero los argumentos fundados en la obra de Dylan y no en su profesión o actividad para sustentar mi propia opinión al respecto. Los argumentos que he conocido hasta ahora, en los términos comentados, me parecen poco convincentes. Y en un cierto sentido me declaro a favor de las nuevas experiencias y exploraciones artísticas, aunque resulten, al final, fallidas.

Termino con otra observación de otro de mis entrañables maestros. El doctor Arturo Fregoso Urbina, en una de sus memorables clases de matemáticas, nos dijo: el rigor está bien, siempre y cuando no sea rigor mortis.

The Author

Néstor Duch-Gary

Néstor Duch-Gary

1 Comment

  1. ADB
    22/03/2018 at 14:30 — Responder

    ¡Muy interesante artículo! ¡Dá que pensar!

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