Continuidad vs. Cambio vs. Desarrollo (Manual para dejar de empoderar imbéciles) / El Foro – LJA Aguascalientes
27/09/2020


 

Pocas son las voces que no han hablado del tema de moda en esta semana: la elección presidencial de los Estados Unidos del 8 de noviembre. Quisiera aclarar que las siguientes líneas no son una colección de críticas en contra del presidente electo más ridículo de la historia reciente de los Estados Unidos, sino un intento (y repito, un intento) de analizar el error que cometió deliberadamente el pueblo norteamericano al elegir a un xenófobo, machista, misógino, racista e incompetente como su presidente para los próximos 4 años.

¿El tema va más allá de sostener que el grueso de la población norteamericana piensa como Trump y esa es la causa de su victoria? Considero que sí.

El problema central estriba en la confusión que ha existido siempre respecto de los significados de dos palabras que recién leí en una columna que hablaba de la Universidad Autónoma de Aguascalientes: Continuidad y Cambio.

La palabra Continuidad (la traducción más cercana que encuentro del término establishment) hace alusión al statu quo; en un sistema político, se refiere a que las cosas sigan exactamente igual a como han estado hasta el momento. Que todo aquello que se ha hecho mal, se siga haciendo de la misma forma.

Por otro lado, la palabra Cambio (cuyo antónimo es estancamiento, no continuidad) hacer referencia a términos como sustitución, mudanza y modificación. Sin embargo, en términos de campañas políticas, se suele utilizar la palabra Cambio como antónimo de Continuidad: “si quieres cambio, vota por el candidato B, el candidato A significa continuidad”. Y en ese ejemplo, es probable que el candidato B efectivamente signifique cambio. Pero ¿quién dijo que el Cambio es estrictamente bueno?

Donald Trump utilizó esa estrategia: “La secretaria Clinton representa continuidad, más de lo mismo; yo represento el Cambio”. Y en efecto, representa el cambio pero ¿para bien? Por supuesto que no, en este caso el candidato B, el candidato del cambio, representa lo peor que le pudo pasar al país de las barras y las estrellas. Y no lo digo yo, lo dicen todos los expertos en economía y relaciones internacionales en el mundo. Cualquier persona con un poco de luz en la frente puede darse cuenta de que una persona como Trump, el candidato B, al frente de un país o una institución significan un desastre.

Efectivamente, Estados Unidos logró el cambio. Cambiaron a Barack Obama por Donald Trump, a Michelle Obama por Melania “Plagia Discursos” Trump. A Joe Biden por Mike “odio a los maricas” Pence. El Cambio no es necesariamente bueno, cuando alguien promete Cambio, no está mintiendo: no está prometiendo bienestar.

Pero que el lector no se confunda, tampoco se sostiene que la continuidad sea la mejor opción ante este tipo de encrucijadas. Lo que se pretende exponer es que existe también una diferencia entre las palabras Continuidad y Desarrollo. El Desarrollo se define como el efecto de hacer que una cosa o persona pase por una serie de estados sucesivos de manera que crezca, aumente o progrese. Los votantes norteamericanos el 8 de noviembre confundieron Desarrollo con Continuidad y Cambio con Desarrollo.

No vivimos en una época de cambios, vivimos en un cambio de época. Las ideologías conservadoras se están reagrupando en el ámbito mundial, el pensamiento de aquellos que defendían ideologías hoy inconcebibles parece que están teniendo nuevamente quien los represente.

Hoy alguien puede violar la ley, ofender a las mujeres, a los homosexuales, a los musulmanes, a los negros y convertirse en candidato a la presidencia de (hasta ahora) la nación más poderosa del mundo. Un hombre puede ser evasor de impuestos, violador, racista y xenófobo y convertirse en presidente.

El panorama parece desolador, pero para evitar ser pesimistas y encontrar la manera de detener la decadencia debemos preguntarnos ¿Cómo dejar de empoderar a los imbéciles? Desde Enrique Peña Nieto hasta Donald Trump han desfilado en nuestra época cantidad de personajes que nos han hecho tomar las peores decisiones de la historia y parece ser que los liberales nos quedamos inertes.

La respuesta a la pregunta anterior es sencilla: hay que involucrarnos. Hay que involucrarnos en serio. Para dejar de empoderar a los imbéciles hay que empoderar a quienes no lo son. Hay un Donald Trump en cada casa, en cada comunidad, en cada municipio, en cada Universidad, en cada estado de la República. Y la solución para que no lleguen a los más mínimos espacios de poder es involucrarnos y apoyar a quienes busquen Desarrollo, no simplemente Cambio.

Para dejar de empoderar a los imbéciles hay que empoderar a los buenos. De esos siempre hay y no hay que hacer mucho para identificarlos. Basta con identificar a aquellos con materia gris en la cabeza. A aquellos que respeten la ley. Aquellos con un grado mínimo de principios. Que tengan capacidad independientemente de su popularidad.

Con Trump la humanidad debe aprender algo: la lógica del candidato showman, bonachón, popular, atractivo, populacho, demagogo y mediático debe terminar. Por el bien del mundo, el sistema de gobierno representativo (y ojo, no digo democracia porque no vivimos en una democracia) debe repensarse y cambiar (para bien, es decir, evolucionar).

Es obligación de todos evolucionar si no queremos terminar sentados en nuestras casas, haciendo memes de nuestras desgracias políticas por los siglos de los siglos.

La próxima vez que acuda a una urna, vote en una asamblea o tome una decisión pregúntese ¿estoy empoderando a un imbécil más? Tenga cuidado, puede ser más peligroso de lo que piensa.

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